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Crónicas y semblanzas/ Por Jorge Emilio Sierra M. Yagarí: Un pereirano que llegó a ser el mejor cronista del país

7 de noviembre de 2021
7 de noviembre de 2021
Luis Yagarí

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Gonzalo Uribe Mejía (1903-1985), más conocido como Luis Yagarí, fue considerado en su época “el mejor cronista del país”, título validado con creces en su columna Jornadas del diario “La Patria” de Manizales, donde se publicó, en 1979, esta semblanza incluida en la serie periodística “Historias Contadas”, de la cual fue rescatada para incluirla en mi próximo libro de Amazon: “Crónicas de vida en tiempos de guerra”, conmemorativo también del sesquicentenario de la Academia Colombiana de la Lengua (1871-2021).

“Un verdadero emperador”

Su egolatría es de fama. Y él, Gonzalo Uribe Mejía –Luis Yagarí, mejor dicho-, ni siquiera lo niega. Al contrario, se ufana de ello, haciéndose propaganda a cada momento. Así, no hay charla en que deje de considerarse gran escritor e incluirse entre las personalidades más sobresalientes en toda la historia del Viejo Caldas.

Fernando Londoño Londoño

 

Es “un verdadero emperador”, según dijo Hernando Giraldo en entrevista que le hizo para El Espectador, donde proclamó, sin rodeos, que también era el mejor cronista del país, nada menos.

Pero, debemos admitir que los hechos parecen darle la razón: lleva medio siglo de escribir en La Patria, donde es cronista estrella (sólo comparable a Tomás Calderón –Mauricio-), y pertenece a un selecto grupo de alto peso intelectual, con nombres de primer orden: Gilberto Alzate Avendaño, Aquilino Villegas, Fernando Londoño Londoño, Silvio Villegas y Antonio Álvarez Restrepo, destacados tanto en la política y la economía como en las letras, por lo cual suelen ser identificados, debido a su vasta cultura clásica, como grecocaldenses o, de manera despectiva y burlesca, grecoquimbayas.

¡Cualquiera, en su caso, dejaría la modestia a un lado!

La tragedia del cronista

No obstante, cabe anotar que en sus charlas habla poco de sí mismo. Los datos sobre su propia vida son mínimos, apenas suficientes para elaborar una breve nota periodística, de no ser por la ayuda de su esposa Helena, ayudante inseparable en asuntos de memoria, y por la entrega respectiva de un ejemplar de su libro Jornadas, publicado en la Imprenta Departamental de Caldas.

En esta obra, una antología del cronista, hay ligeras alusiones autobiográficas, a modo de retrato: “Escribo siempre en yo mayor” o “Ellas (sus crónicas) están llenas de mí; las ocupo yo en masa”.

Por lo general, su citado egoísmo no aparece. De hecho, el protagonista de sus crónicas nunca es él, mientras su presencia, que se insinúa en la mayor parte de las páginas, es desplazada por los demás personajes o por las situaciones descritas.

¿Por qué? Porque a ese destino trágico están condenados los cronistas: su visión personal, aunque se impone en apariencia, sólo permite que el escritor fantasee, haga poesía, humor y se burle en cierta forma de la objetividad periodística, pero paga por ello el tributo de desaparecer él mismo para resaltar otras vidas.

El cronista, en fin, padece un terrible anonimato ante sus lectores, aunque escriba, como lo hace Yagarí, “en yo mayor”.

Colonizadores de Sonsón

Fue el grito clamoroso de los exploradores. Estaban buscando una serie de valles escondidos en lo más alto de la cordillera.

“Suban a lo más alto del monte y digan si son o no”, les habían ordenado.

De allá dieron el aviso con inmensa alegría: “¡Son! ¡Son!”

Así cuenta Yagarí, en sus Jornadas, el nacimiento de Sonsón, municipio antioqueño donde nacieron sus padres, cuya historia repasa a vuelo de pájaro.

Su madre, Pastora Mejía Gutiérrez, era una niña, con apenas quince años de edad, cuando se casó con Laureano Uribe Martínez (su padre, claro), un apuesto caballero con 25 abriles, quien la había conquistado tras intensos esfuerzos, venciendo en franca lid a otros pretendientes que cortejaban a la bella jovencita.

Luego llegaron los viajes y, sobre todo, la colonización antioqueña del Viejo Caldas, a la cual se sumaron hasta llegar a tierras del Quindío, donde se asentaron para levantar a su familia.

Hagamos, pues, una rápida descripción de sus personajes: Laureano era fuerte, musculoso, tanto que hacía gala en público de levantar “pesos increíbles” con enorme facilidad, siendo, además, experto en el manejo del hacha, condición que obviamente fue perdiendo con el peso de los años. Trabajaba hasta el cansancio, como buen paisa.

Pastora, por su parte, era la típica matrona antioqueña, hermosa y sencilla, piadosa y hogareña, a quien Yagarí describe en una de sus crónicas, al recordarla en los últimos días de su vida e incluso en su agonía, como una gran conversadora, quien hablaba con cariño, en el hogar, de sus tiempos juveniles, del tiempo que pasaron en Pereira (ciudad en la que él nació) y de las penurias que soportaron en Calarcá, adonde fueron a parar cuando a Gonzalo le nombraron allá maestro de escuela.

Yagarí asegura, con nostalgia, que de ella heredó el don de conversar y narrar los sucesos, con su voz de locutor profesional, como si estuviera actuando en un teatro, para que los mudos espectadores, quienes en ningún caso pueden interrumpirle, vivan cuanto le sale del alma, de su desbordante imaginación.

“Mis crónicas fueron escritas para oírlas y leerlas en voz alta”, sentencia.

De Pereira a Calarcá

“De los pereiranos -afirma, con ironía-, soy el único que sabe leer y escribir”. Con esto se cierra la polémica: Yagarí es oriundo de Pereira y no, como aseguran muchos amigos suyos, de Calarcá (Quindío).

2018-12-12. CATEDRAL NUESTRA SENORA DE LA POBREZA.

Sí, nació en La Perla del Otún a comienzos del siglo pasado, en 1903, cuando los Marulanda, fundadores del pueblo -“Pueblito no fue nunca”, aclara-, aún se paseaban por sus calles con toda tranquilidad.

Lo de Calarcá -insiste-, vino después, cuando fue trasladado en el magisterio a la que llama su segunda patria chica, su nueva tierra natal, que entonces “era una Atenas en pequeño”. Desde un principio se sintió allí como en su casa, como si por fin hubiera hallado sus raíces, la memoria de sus ancestros.

Se sentía confiado y seguro de sí, en verdad. Al fin y al cabo, en Pereira aprendió -confiesa- que en la vida hay que luchar, sin temor, para salir adelante, al tiempo que en Ibagué, donde estudió varios años en el Colegio San Simón, fundó y dirigió un periódico escolar a la edad de diez años, temprana edad en que obtuvo medalla de oro en un concurso para escoger al mejor lector.

A Calarcá llegó, pues, con su amor al trabajo, la elegancia al vestir y su buen porte, además de algunos escritos y sus dones naturales de buen conversador y orador. Al poco tiempo gozaba de prestigio, figurando en los círculos sociales como un talentoso joven intelectual.

Ahí se terminó enamorando de una bella calarqueña: María Helena Palacio Echeverri, con quien se casó en medio de una pobreza aterradora, tanto que no tenía con qué pagar la ceremonia nupcial en la iglesia.

“No tenía -recuerda- los veinte pesos que costaba el casorio; si mucho, unas cuantas monedas que no alcanzaban para pagarle un saludo al cura…”

“Con ella, ¡lo caso gratis!”

Por fortuna, el padre Naranjo, que estaba al frente de la parroquia en aquel tiempo, no se dio por enterado cuando él le reveló, compungido, sus limitaciones económicas para contraer nupcias.

“Casándose usted con esa muchacha -le dijo el cura, señalando a Helenita-, ¡lo caso gratis!”. Así las cosas, Gonzalo Uribe Mejía no pudo menos que guardar sus denarios, pero prometiendo ante Dios que algún día, ojalá no lejano, saldaría su deuda.

La oportunidad tan esperada al fin se presentó, aunque en condiciones muy distintas: Yagarí, con su fama a cuestas como periodista de La Patria, había comprado una pequeña finca, situada por los lados del barrio La Francia, donde celebraría sus bodas de plata matrimoniales.

Para tan solemne ocasión, estaban presentes -según sus palabras- “todos los capitanes godos de Manizales, vestidos de azul”: Alzate Avendaño, Londoño Londoño, Silvio Villegas…

La fiesta estaba en su furor; Fernando Londoño le dio su bautizo poético a la casita campestre -“El sombrero de plumas del paisaje”, la llamó-, y los invitados desfilaban, uno tras otro, para felicitar a los felices esposos, soltando “Vivas” al partido conservador, al mejor cronista del país, al diario La Patria y a la literatura caldense.

De pronto, Yagarí pidió silencio. Se acercó al padre Naranjo, que estaba en primera fila; le dio un fuerte abrazo, se metió la mano al bolsillo, ante la mirada sorprendida del público, y le entregó un billete de veinte pesos, diciendo en voz alta, para que todos le oyeran: “¡Aquí tiene, padre, la plata que le debo!”.

De nuevo, por segunda vez, el sacerdote se salió con la suya. “¡Guárdeselos, hombre, que ahora es cuando más los necesita!”, fue su respuesta, seguida por las estruendosas carcajadas de los asistentes.

Desde entonces -comenta don Gonzalo-, esa sería una de sus máximas en la vida: tener siempre un billete de veinte pesos en el bolsillo, lejos de la pobreza franciscana, absoluta, de su juventud.

“Y aquí lo tengo”, agrega, con prueba en mano. “Este es el billete que me hizo falta para pagar el matrimonio”, aclara.

Intendente del Chamí

En la vida de don Gonzalo se mezclan Calarcá, en Quindío, y el pueblo indígena Chamí, en Risaralda, al que se trasladó para ejercer como intendente durante cuatro largos años, gracias especialmente a Bernardo Arias Trujillo, poeta y novelista consagrado, quien lo llamaba El indio, apodo con el que todos sus amigos le identificaban en Manizales porque él mismo se ha considerado siempre un auténtico indígena.

De Calarcá, ni se diga: así se llamaba un legendario cacique Quimbaya, cuya comunidad primitiva aún es exaltada por la óptima calidad artística de su orfebrería. “Fueron los mejores orfebres de América en la era prehispánica”, suelen afirmar expertos en el tema.

De los chamíes, a su vez, baste anotar que su popular seudónimo lo tomó de Yagarí (nombre que significa “Flechero”), uno de los jefes de la tribu.

Su indigenismo, en consecuencia, le viene por punta y punta. De ahí que en sus escritos se escuchen gritos de guerra y cantos que animan danzas extrañas o actos de brujería, con flechas y selva alrededor.

No todo fue color de rosa, sin embargo. Tan pronto asumió el cargo, los problemas surgieron, especialmente de orden político, como cuando líderes partidistas se le aparecieron en su despacho para reclamarle que destituyera al alcalde de Pueblo Rico por ser el padre de Eliseo Arango, a quién él admiraba como hombre público y escritor.

Para sorpresa de los ilustres visitantes, les ordenó salir de su oficina y, de inmediato, le organizó un cálido homenaje al acusado, no sólo para exaltar, ante la comunidad entera, a tan honorable progenitor, orgullo de Colombia, sino también para ratificarlo en la alcaldía, contra la voluntad de sus fuertes opositores, transformados, ipso facto, en sus feroces enemigos.

“El mejor cronista del país”

Don Gonzalo estaba de paso en Pereira, siendo aún intendente del Chamí. Alguien le vio y regó el cuento en Manizales de su presencia en La Perla del Otún.

Fue entonces cuando Aquilino Villegas, quien le conocía de tiempo atrás, sugirió su nombre en La Patria para que lo nombraran cronista, pues llenaba -según dijo- todos los requisitos: conservador aguerrido, escritor castizo y buen orador.

Tal propuesta fue bienvenida en el periódico y así se lo hicieron saber. Él, sin pensarlo dos veces, aceptó el ofrecimiento, básicamente por motivos políticos, pues ahí veía la posibilidad de destacarse en su partido, más aún cuando éste era orientado en Caldas por amigos suyos (como Aquilino, por ejemplo) que lideraban la oposición a la República Liberal instaurada en 1930.

Desde sus primeros artículos, nacidos sobre todo de animadas tertulias en cafés tradicionales de la capital caldense, el incipiente cronista recibió enorme acogida entre los lectores, lejos de ser opacado por colegas como Mauricio, con su Minuto, y Luis Donoso, con sus charlas populares en verso, cuyo humor nada tiene que envidiar a las mejores páginas de Luis Carlos –El tuerto– López.

Desde entonces se empezó a proclamar que era el mejor cronista del país, título al que se refería con el siguiente comentario, nada modesto: “Solo sé que antes de mí hubo uno: Luis Tejada”.

De inmediato, se hizo también célebre su espíritu vanidoso, prepotente, al tiempo que las víctimas de ataques o burlas le temían a su pluma demoledora, a su fina ironía, a su capacidad de ponerlas en ridículo mientras hacía reír, aparentando incluso que sus palabras eran inofensivas.

Grecocaldense en acción

De aquella época -“Gloriosa”, en su concepto-, Yagarí dejó un amplio testimonio disperso en sus crónicas, donde el lector participa de intensas luchas políticas, viajes a caballo por los municipios de Caldas o Antioquia y recorridos a pie, de día y de noche, por las calles de la ciudad, donde se topaba con dirigentes políticos, escritores y artistas, locos y bobos, reinas de belleza y matronas, burócratas a granel…

Las suyas, en realidad, son historias escritas con naturalidad y humor, sencillas pero líricas y aún conmovedoras, donde la escuela grecocaldense está presente sin rebuscamientos y con un academicismo bajo control, nada trascendente.

Estuvo en la Asamblea departamental, que presidió en dos ocasiones; en la Cámara de Representantes, donde ejerció la presidencia; militó en el Nacionalismo de El Mariscal Gilberto Alzate Avendaño (grupo del que salieron derrotados, con el orgullo digno de haber vencido, pues “los mejores y más capaces -asegura- nunca son elegidos”), y, cuando menos pensó, fungía de ministro consejero ante el rey Balduino, en Bélgica, donde permaneció cuatro años que le permitieron pasearse a sus anchas por Europa, recorriendo museos.

Luego fue embajador en México, cargo al que renunció por petición de su familia -“Todos querían regresar al país”, afirma con nostalgia-, si bien el presidente Guillermo León Valencia, su amigo “de muchos años”, se declaró dispuesto a darle el puesto diplomático que quisiera.

Colofón

Éste fue el Luis Yagarí que yo conocí, no el que, casi una década después de haberse convertido en mi padre putativo como periodista en plena adolescencia, volví a ver en Manizales, arrastrando los pies y con la memoria perdida, encontrada a pedazos con la ayuda de su amada esposa, doña Helenita.

El que yo conocí era todo un guerrero, de quien nunca imaginé que fuera a perder su batalla por la vida en mayo de 1985.

(*) Ex director del periódico “La República” y miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.