4 de diciembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Reflexiones de un principiante

24 de noviembre de 2021
Por Tomás Nieto
Por Tomás Nieto
24 de noviembre de 2021

Ni siquiera sé si hay una manera correcta de empezar este escrito. La libertad que se le da al autor con una hoja en blanco, un monitor con el bloc de notas abierto, un lápiz con la punta afilada o un teclado al frente de él. Es extraño tener ese poder de expresar cualquier idea que se te venga a la cabeza, pero lo más probable es que nunca sepas si realmente contribuiste a algo o alguien con tu opinión. Quiero decir, ¿quien te asegura que le estallaste a la cabeza a alguien con tu impecable elección de palabras y tu estelar punto de vista o, por otro lado, que tu perspectiva es una total y completa basura y que el simple hecho de que tengas el privilegio de escribir es un tormento para cualquier persona que tuvo el infortunio de leerte? La escritura, como muchas de las espectaculares creaciones del ser humano, es un arte, y el arte, es subjetivo. Es una de las cosas que me hace retorcerme, por una razón que mi cerebro no puede ni tener la esperanza de comprender, el tener una idea en mi cabeza tan clara como el día, pero no tener la capacidad de transmitirla… No, transmitirla no, materializarla, porque, por bueno o malo que sea, los seres humanos jamás valoraremos el proceso, solo valoraremos el trabajo, y un trabajo bien hecho, porque solemos ser exigentes con los demás por naturaleza. No con nosotros mismo, eso si no. Son extraños sentimientos, los que estoy intentando describir aquí. Algo tan patético e irreal como intentar explicar con palabras lo que esta demasiado al fondo de nuestro corazón como para esperar que exista la capacidad de expresarlo. Siempre me ha gustado el ejemplo del desasosiego existencial que ocurre en los momentos más inoportunos pero al mismo tiempos tan romanticamente maravillosos. Se puede estar en el baño, mirándose al espejo, intentando escudriñar que es lo que hay mal con nosotros mismos, buscándolo desesperadamente en nuestro rostro, en nuestro cabello, en nuestros ojos, en nuestros labios, y nos damos cuenta que lo que está mal no es lo de afuera, si no lo de adentro, y las lágrimas comienzan a derramarse. O cuando estamos recostado a las 3:45 AM escuchando una canción, y de pronto llega una parte que se conecta de manera tan bella con una de nuestras memorias más ocultas y reprimidas, que solamente abre el grifo que se presenta en nuestros ojos. O, un último ejemplo, cuando recostamos nuestros brazos en la ventana para ver un precioso paisaje, ya sea montañoso, urbano, plano, campesino, y recordamos lo espléndido que es el mundo a nuestro alrededor, pero lo jodidos que estamos a pesar de ello, y esa pequeña parte de nuestro cerebro a la cual no le he podido poner un nombre nos hace echarnos a llorar como si se acercara el fin del mundo. Y es irónico, porque para muchos de nosotros, así se siente. Por lo erróneo y quebrado que es el ser humano intrínsecamente, nunca nadie nos podrá prometer felicidad, o paz, ni siquiera nosotros mismos. Lo único que queda es mirar al infinito y apreciar el delicado, doloroso, estupendo, radiante caos, que llamamos vida.