29 de noviembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Armando Rodríguez Jaramillo La quindianidad y la metáfora del coro.

9 de noviembre de 2021
9 de noviembre de 2021

Con frecuencia nos preguntamos sobre lo que es ser quindiano o lo que no debería ser y alcanzamos a ser. Sin embargo, más allá que arroparnos bajo esa identidad, a menudo lo deploramos como si nos defraudara, como si fuera un error de alguien o de algo.

El territorio que habitamos existió antes de la llegada de los Quimbaya, antes que a alguien se le ocurriera llamarlo Quindío pues este es un nombre como cualquiera para un territorio como cualquiera. De igual manera, la historia es una narración incompleta y subjetiva en función de quien la escriba con relatos que a veces lindan con lo mítico. Tal vez de esta forma fue que se hicieron las leyendas de la colonización antioqueña y las migraciones de otras partes, de la apertura de selvas para hacer mejoras, de la epopeya de la fundación de pueblos, de los escabrosos caminos de herradura y de la arriería, de las crónicas sobre la caficultura, de la odas a la familia y la religión, de las adversidades superadas y de la pujanza de una raza (como si fuéramos eso), además de otras cosas que ayudaron a formar una cultura en un territorio que durante el siglo XIX perteneció al Cauca y en la primera mitad del siglo pasado, y un poquito más, a Caldas.

Pero hubo un tiempo para un propósito colectivo, tal vez el único que tuvimos, propósito que nos unió para separarnos de Caldas en rechazo al centralismo ejercido desde Manizales y a la poca atención que este territorio le merecía. La creación del departamento del Quindío (1966) generó una gran efervescencia cívica que se prolongó por cerca de tres décadas insuflando la quindianidad, palabra que significó valores, tradiciones, símbolos y modos de comportamiento que dieron cohesión social y fortaleza institucional.

El centralismo quindiano

Sin embargo, como la historia es caprichosa, nadie sospechó que luego de ir contra el centralismo caldense, se terminaría adoptando un modelo similar para convertir a Armenia en el centro del poder político, administrativo y económico, y de paso originar una brecha con los otros municipios en medio de una política que hizo del diálogo y la concertación casi una utopía. Esto contribuyó a que los mandatarios de Quindío y Armenia fueran cada uno por su lado situación que se volvió recurrente a partir de la elección por voto popular de alcaldes (1988) y gobernadores (1992). Estas disputas políticas, de las que no escaparon otros burgomaestres de otros municipios, dificultó, y de qué forma, dialogar y pactar sobre asuntos fundamentales para el desarrollo como lo son el manejo de cuencas hidrográficas compartidas, acueducto regional, descontaminación de aguas residuales, aprovechamiento y disposición final de residuos sólidos, transporte intermunicipal, prestación de servicios de salud y educación (concentrados en Armenia) y dinámicas económicas entre otros. En fin, parece que la política no dejó ver que los límites socioeconómicos y ambientales no suelen coincidir con los límites municipales como sucede con ese continuo urbano que hay entre Armenia y los municipios cercanos (en el Quindío todo es cercano).

Y aunque la realidad presente es multicausal, el modelo centralista de administración del territorio causó un daño enorme porque nos puso a competir entre nosotros, nos limitó para llegar a acuerdos y consensos, nos volvió individualistas y desconfiados y restringió los propósitos colectivos. Pero, ante todo, al final del día, la realidad dice que carecemos de una narrativa y de una agenda de futuro, agenda que no puede ser reemplazada por planes de desarrollo a cuatro años ni desactualizados planes de ordenamiento territorial. Parece que se nos olvidó pensar en colectivo y soñar en grandes proyectos de desarrollo.

En suma, se debilitó la quindianidad y nos invadió cierta sensación de que estamos en crisis, que no avanzamos, que otros nos cogieron ventaja. Esta desesperanza hay que pararla. Es necesario volver a creer en lo nuestro, en las capacidades de los quindianos, y sin desconocer que atravesamos por momentos críticos de nuestra historia, estamos lejos de ser una sociedad inviable o fracasada. En definitiva, poco importa lo que fuimos. Es más relevante lo que somos y qué lugar ocupamos (el partidor) y lo que deseamos ser y adónde queremos llegar (la meta).

La metáfora del coro

Pensemos por un instante en la metáfora del coro conformado por un grupo de cantantes que poseen voces distintas que se organizan en función de su tesitura: sopranos y contraltos (voces femeninas), tenores y barítonos y bajos (voces masculinas). Estas voces actúan bajo las directrices del director que selecciona el repertorio de canciones, lleva el ritmo y la velocidad de interpretación para que las distintas voces terminen por formar una voz. En general se acepta que un coro es bueno si tiene un buen director, pero por bueno que este sea, no podrá tener éxito si no cuenta con buenas voces.

La metáfora del coro sirve para darnos cuenta de que, a pesar de las diferencias, y sin dejar de lado que la realidad siempre es más compleja de lo que parece, podemos y debemos encontrar puntos de encuentro.  Preguntarnos qué es quindianidad podrá parecer una pregunta tonta, pero hasta las preguntas tontas merecen respeto, porque cuando se llega a ellas es que se empiezan a encontrar respuestas.

[email protected]   /  @ArmandoQuindio