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La novela «Risaralda», ¿un canto a la raza?

26 de noviembre de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
26 de noviembre de 2021
Bernardo Arias Trujillo, autor de la novela Risaralda

INTRODUCCION

Por considerarlo un ensayo que por su contenido literario merece mayor difusión, Eje 21 publica este texto del escritor José Miguel Alzate que aparece en su libro Nombres en las letras de Caldas

Debo confesar que llegué tarde a la lectura de la novela «Risaralda», de Bernardo Arias Trujillo, la obra más representativa que en este género se ha escrito en el departamento de Caldas. Todo porque pensaba que era una obra un poco arcaica, escrita en un lenguaje que no me seducía, ajena a la novelística moderna, sin técnicas literarias innovadoras, con una narrativa poco convincente. Las veces que tomé en mis manos el libro no me interesé en leerlo hasta su última página. Simplemente lo hojeaba. De pronto no encontraba allí un narrador fornido, que me invitara a pasar de sus primeras páginas. Me parecía además una novela lineal, sin aportes novedosos en su estructura, pletórica de lirismo. En consecuencia, muchas veces aplacé su lectura para internarme más bien en autores latinoamericanos que venían explorando en nuevas formas de novelar, que le estaban dando un nuevo aire al lenguaje literario, que estaban haciendo aportes válidos a la literatura de este continente. Así las cosas, la primera lectura de «Risaralda» la hice hace veinte años. Entonces no me entusiasmó mucho. Pero después de leer el libro «Bernardo Arias Trujillo, el escritor», de Roberto Vélez Correa, me interesé en esta novela que, justo es decirlo, debe ser revaluada por la crítica…

EL PAISAJE COMO ELEMENTO

 Lo primero que el lector encuentra en «Risaralda» es la incorporación del paisaje como creación literaria. Arias Trujillo pinta con la paleta de las palabras ese elemento natural que circunda al poblado. Sopinga es un valle bucólico arrullado por las aguas del río Cauca. Pero el espacio geográfico de la novela se extiende más allá de sus contornos para ofrecer una postal de un paisaje que en la prosa de Arias Trujillo adquiere tonalidades artísticas. Las descripciones que el escritor hace de su vegetación son pinceladas bien logradas de una naturaleza exuberante. Tal parece que el autor se emociona ante el espectáculo que le brinda una región rica en recursos naturales, donde la mañana despliega «sus plumas de colores  en arcos luminosos». Arboles frondosos, verdes praderas, colinas lejanas, pájaros que cantan en la mañana, montañas que se divisan en lontananza, písamos que florecen en los caminos, aguas que corren silenciosas por las quebradas, vientos que soplan en las tardes soleadas son todos elementos naturales que le dan a la novela una identidad propia, llenándola de un aire paisajístico que le imprime autenticidad. La hacienda Portobelo es un complemento de ese paisaje que en la prosa de Arias Trujillo se hace poesía.

LOS PERSONAJES

Cuatro son los personajes que trascienden en las páginas de «Risaralda»: Pacha Durán, Francisco Jaramillo Ochoa, Juan Manuel Vallejo y Carmelita Durán. Ellos son la columna vertebral de la novela. A su alrededor giran todas las historias que el escritor narra. Pacha Durán es una negra portentosa que establece en Sopinga una fonda donde los negros rumbean cada semana. Con el ánimo de casar a su hija con un blanco, la mantiene alejada de las actividades de su negocio. Francisco Jaramillo Ochoa es el gran patriarca que llega de Manizales para someter a los negros en su tarea de colonización. Es el fundador del pueblo. Juan Manuel Vallejo, por su parte, es el aventurero «echao pa’ lante» que huyendo de un castigo de su padre se dedica a recorrer el país hasta que, deseoso de regresar a su tierra, llega a Sopinga en busca de trabajo. Es un vaquero pretensioso que deja en cada pueblo una mujer enamorada. Carmelita Durán, de otro lado, es la hija de Pacha Durán que todos los negros quieren enamorar. Es una mujer hermosa. Pero la madre solo quiere que se fije en un blanco. Al final termina prendada de Juan Manuel Vallejo quien, en una tarde de pasión, la deja embarazada.  A través de estos cuatro personajes principales se narra la historia de un pueblo que termina arrasado por un vendaval que se desata en una tarde de invierno.

UN CANTO A LA RAZA

«Risaralda» es un canto emocionado a la raza. Las costumbres que identifican a los pueblos de estirpe antioqueña tienen en esta novela una expresión artística. El hombre valiente que desafía a quien «le pisa el poncho», el cuatrero que hace de su vida una verdadera leyenda, el juego de dados sobre una ruana extendida en cualquier manga, el tiple que desgrana tonadas campesinas en una noche llena de luceros, el aguardiente que se prepara en rústicos alambiques son elementos que muestran la autenticidad de una raza. Bernardo Arias Trujillo construyó su novela con los temas de su tierra nutricia. Nada falta aquí que identifique a una raza emprendedora que derrumbó montañas para levantar pueblos. La fundación misma de Sopinga por el patriarca Francisco Jaramillo Ochoa es aquí una evocación auténtica de ese carácter emprendedor que caracteriza a la raza antioqueña. Las églogas inspiradas que el autor escribe sobre el bambuco, la guitarra, la ruana, el aguardiente, el machete, el poncho son la descripción exacta de lo que significan esos elementos que identifican a toda la región de la antigua Antioquia grande. Los sucesos mismos que narra la novela, como la vida del vaquero, una corrida de toros, los encuentros amorosos, la pasión por el trabajo, el gusto por el aguardiente, tienen aquí un sentido de pertenencia. Es decir, son la expresión de unas tradiciones que tienen carácter regional.

EL LENGUAJE LITERARIO

En «Risaralda» la construcción de las frases presenta unos arquetipos especiales. A veces el sujeto está primero que el sustantivo. Además, en ocasiones los párrafos son demasiado cortos, quitándole ritmo a la narración. Aunque el estilo de la novela es demasiado grecolatino su lenguaje es regional.  Como bien lo anota Silvio Villegas, en su obra Bernardo Arias Trujillo rinde culto a las expresiones costumbristas de la zona donde transcurre la historia novelada. Sin embargo, la influencia del movimiento grecocaldense se presiente no solo en el estilo grandilocuente de determinados párrafos sino en los mismos símiles que utiliza con frecuencia en el texto. No obstante imperar en los diálogos el habla popular de la región, con su propia jerga, con sus dichos, con sus coplas campesinas, el libro tiene segmentos que permiten una valoración artística del lenguaje narrativo. Veamos, como ejemplo, estas líneas: «Pachita Durán, mujerona negra, diosa invicta de maduras carnes atardecidas ya por el labrantío de los años, fuente inagotable y abierta de amor libre». O esta frase, refiriéndose a La Canchelo: «Morena eres porque el sol te besó, y codiciable como fruta en sazón, pues que tus carnes dan miel de caña y olor de trapiche criollo, y toda tú tienes el perfume afrodisíaco de las leonas del desierto». Este es un lenguaje que ya poco se utiliza en la novela moderna. Es un idioma sutil para cantar la belleza de la mujer. Arias Trujillo alcanza en determinados pasajes momentos de gran fuerza expresiva.

 EL NARRADOR

 En las dos citas anteriores queda demostrado que Arias Trujillo manejaba un estilo literario que con el tiempo recibió el calificativo de grecocaldense. Es decir, tiene líneas impregnadas de poesía. En esos párrafos se advierte que la estructura de la novela tiene una leve influencia de «La Vorágine», de José Eustasio Rivera.  Sin embargo, es necesario analizar el lenguaje que alimenta toda la novela para encontrar sus potencialidades narrativas. Veamos estos ejemplos: «Asestó un machetazo perfecto, matemático, preciso, sobre el pescuezo del adversario. Le rebanó la cabezota con la sabiduría de una guillotina». Y este otro: «Amaba la vida vagabunda, las mujeres frescas, las negras de bronce, el anís puro, los tiples bien sonoros y las noches de luna. Dábase airecillos de conquistador, y atribuía sus triunfos al mechón negro que le caía sobre la frente y a su sonrisa fotogénica donde relampagueaba un casquete de oro». Hay aquí un narrador maduro, que relata las escenas con patetismo, sin caer en excesos verbales. La plasticidad que logra en sus descripciones le permite a Arias Trujillo hacer malabarismos con la magia de las palabras. En síntesis, maneja un lenguaje plano, despojado de adjetivos, donde el narrador muestra sus excelencias literarias. En los segmentos puramente narrativos despoja su estilo de los alambiques literarios que adornan su prosa poética.

EL ARGUMENTO

 La capacidad imaginativa de Arias Trujillo se advierte en el argumento de «Risaralda». No obstante que los primeros capítulos no contienen mucha creación en este sentido, es más cierto todavía que en sus capítulos finales aparece la garra de un novelista maduro que juega con el argumento, logrando entretener al lector. La forma cómo el escritor narra el desespero de Juan Manuel Vallejo por conocer a La Canchelo, el enfrentamiento con Víctor Malo, su muerte atrapado por un árbol, muestran a un autor que sabe manejar el suspenso. Desde páginas anteriores el lector se imagina que los hechos posteriormente narrados van a suceder. El escritor lo va conduciendo paso a paso, deliberadamente, por los antecedentes. Es lo que sucede cuando comienza a narrar la empresa que acomete el comisario Pedro Juan Ramírez para lograr la captura de Víctor Malo. Aquí la gran ironía de la novela es que éste es asesinado por el bandolero sin tener tiempo para defenderse. Lo que sí parece inusitado en «Risaralda» es el diluvio que arrasa con Sopinga. La lucha de los negros por salvar sus pertenencias, de los animales por ponerse a salvo de la avalancha, de los patronos por no ser arrastrados por la corriente de lodo, deja en el lector la sensación de que fue un truco de último momento utilizado por el novelista para darle un remate cinematográfico a la obra.

VALORACION LITERARIA

 La primera edición de «Risaralda» fue realizada por la editorial Zapata de Manizales en 1935. Cuando se publicó, Bernardo Arias Trujillo contaba apenas con 32 años de edad. Del cotejo de estas fechas se desprende que en el escritor nacido en el municipio de Manzanares el 19 de noviembre de 1903 había un talento literario innato. El alborozo con que en su tiempo fue recibida la novela por la crítica comprueba además que se estaba frente a un autor que a temprana edad lograba una obra de trascendencia literaria. Incluso, una carta fechada en Medellín el 14 de agosto de 1936, firmada por Tomás Carrasquilla, aplaude la aparición del libro. Fallecido a causa de una sobredosis de barbitúricos el 3 de marzo de 1938, Bernardo Arias Trujillo legó a la posteridad una obra que hoy, 83 años después de su publicación, tiene vigencia literaria. Su nombre seguirá siendo una referencia obligada cuando se hable de literatura colombiana. Porque en «Risaralda» afloran los provincialismos propios de regiones como Antioquia y el Valle del Cauca, además del habla popular de los negros. La estética de los modernistas influyó en su obra con la misma fuerza con que la vida de Oscar Wilde influyó en su comportamiento personal. Por algo realizó una de las mejores traducciones de «La balada de la cárcel de Reading», del escritor irlandés.