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Crónicas y semblanzas/ Por Jorge Emilio Sierra Montoya El eterno retorno de Edgar Morin

1 de noviembre de 2021
1 de noviembre de 2021


Por: Jorge Emilio Sierra Montoya
(*)

 Edgar Morin, uno de los más influyentes pensadores contemporáneos, cumplió en días pasados su centenario de vida, hecho que tuvo amplia resonancia en los medios periodísticos intelectuales del mundo entero, donde su Teoría sobre el Pensamiento Complejo ha tenido enorme influencia, sobre todo en el sector educativo y, de manera particular, en las universidades.

Sobre él escribí el libro “Tras las huellas de Morin”, donde registro en detalle su visita a Colombia en 2009, que fue publicado en 2010 por la Asociación Colombiana de Universidades -ASCUN- e incluido en reciente volumen de mis Obras Escogidas en Amazon, titulado ”De Descartes a Morin”.

El pasaje final de ese libro, reproducido a continuación, formará parte de mi próximo libro: “Crónicas de vida en tiempos de guerra”.

En la Fundación Santillana

Al concluir su discurso en la Fundación Santillana de Bogotá, donde hubo un aplauso prolongado con la mayoría de los asistentes de pie como si acabaran de escuchar un bello concierto musical, Edgar Morin recibió la Cruz de Boyacá por parte del ministro Gabriel Silva, quien fue uno de los ponentes del Seminario cuyo cierre estaba previsto hacia el mediodía.

Edgar Morin y Belisario Betancur

Llegó el tiempo del intermedio, para un breve receso. Muchos le rodearon para felicitarlo, como muestra de solidaridad en el homenaje brindado durante un acto académico presidido por dos ex jefes de Estado: Belisario Betancur y Ernesto Samper Pizano; entretanto, él sonreía, firmaba una que otra dedicatoria en algún libro que lograba abrirse paso a empujones, y se disponía a encontrar la puerta de salida, como para tomar un respiro.

Se le notaba el cansancio, generado por las intensas jornadas académicas que lo llevaron desde la orilla del mar, en la Costa Atlántica, hasta las empinadas alturas de la Sabana de Bogotá, pasando por las montañas antioqueñas, aquí y allá animado por el cariño de su esposa inseparable, quien no tardó en conseguir un taxi apenas su marido terminó de dar declaraciones a un noticiero de televisión, donde sabrá Dios cómo hicieron para preocuparse por asuntos relacionados con el Pensamiento Complejo.

Subió al carro, dijo adiós con la mano a quienes pudieron acompañarle para despedirlo, y se perdió, con su cara sonriente, entre una larga fila de vehículos que lo envolvían en esta gran ciudad, identificada en otra época como La Atenas Suramericana por su amor a la cultura, las bellas letras, el arte y la poesía, condición que parecía haberse revivido por un instante, sólo por un instante.

Rumbo a París

No estuvo en la siguiente sesión del Seminario, donde participaron tres de los más eminentes científicos colombianos: Manuel Elkin Patarroyo, Jorge Reynolds y Paolo Lugari, invitados a hablar sobre ética y ciencia en sus intrincadas relaciones, seguidos por reconocidas autoridades públicas, como los ministros de Defensa y Medioambiente, Silva y Gabriel Costa Posada, quienes abordaron el espinoso tema de las cuestiones éticas en el manejo del Estado, con el desarrollo sostenible como telón de fondo.

Nunca supimos si Morin aprovechó su visita a Colombia para recorrer el Museo del Oro, donde sería seducido por la creatividad de nuestros pueblos indígenas y su magia, sus leyendas, sus mitos; si se paseó por la carrera séptima, antigua Calle Real en tiempos del colonialismo español, para desembocar en el barrio La Candelaria, la Quinta de Bolívar o el Museo Nacional, más al Norte de la ciudad, o si finalmente confirmó, como Borges, que Bogotá es un acto de fe, frase de la que nadie sabe todavía qué significa.

Luego, un día después, partiría rumbo a París, a su Mediterráneo del alma, a la cuna de tantos pensadores que, como él, han orientado la cultura occidental desde sus orígenes, sobre todo desde el nacimiento de la democracia moderna que se formó entre los estallidos de la Revolución Francesa.

El viejo y querido profesor seguía haciendo camino al andar, como en el poema de Antonio Machado.

Al final del viaje

Terminaba así nuestro recorrido, al lado suyo, que nos trasladó desde Barranquilla hasta Bogotá, con Cartagena y Medellín a lo lejos, siguiendo sus huellas, caminando con él y auscultando en las páginas de sus libros para aclarar conceptos, precisar ideas, interpretar sus mensajes y transmitir, en lo posible, una imagen acertada de su mundo, de su vasto universo intelectual.

Al final del viaje, teníamos mayor claridad acerca del Pensamiento Complejo, su significado e importancia para conocer la realidad de nuestros tiempos; de la revolución copernicana que representa, y de su trascendencia en la filosofía, la política, la economía y la ciencia en general, e incluso en el arte, la literatura y la historia, según coinciden en sostener los expertos en su obra.

La educación, en especial, ha recibido su marcada influencia, especialmente en los círculos universitarios que aún debaten si avanzan por el estrecho sendero de las especializaciones o incursionan más todavía, como él propone, en la inter-transdisciplinariedad que se fundamenta en la unidad del conocimiento y, en último término, del ser humano, unidad que es igualmente múltiple, compleja, contradictoria, como el universo mismo.

Y educar sobre la vida, la forma de actuar o la ética, dentro de un auténtico humanismo que hace honor a la tradición del pensamiento francés, desde Descartes hasta Rousseau, desde Montaigne hasta Maritain y Sartre, si bien a la sombra de la poesía, el arte y la música, con nombres estelares como Rimbaud, Rodin y Debussy, para citar unos pocos entre los muchos que abundan en la nación donde surgió el imperio napoleónico.

Ética y ecología

Una educación, por último, que nos abra los ojos ante las amenazas de hoy sobre nuestro planeta, sea por la fuerza incontrolable del desarrollo tecnológico, por el cambio climático o por los riesgos que trae consigo la globalización en marcha, problemas que están ahora en el primer plano de la agenda pública mundial porque hasta los máximos gobernantes, con lamentables excepciones, ya se han convencido del peligro que corre la humanidad por su culpa, por su gravísima culpa.

Ante tan sombrío panorama, Morin invoca una ecología de la acción, una ética en sentido estricto que se funda en principios como la solidaridad en contraposición al egoísmo egocéntrico del que advierte, en tono profético, que puede conducirnos al desastre total, tras el cual, como en el Macondo de García Márquez, no habrá una segunda oportunidad sobre la tierra.

Él es optimista, sin embargo. No pierde la esperanza. Quizás porque ve, con satisfacción, que los jóvenes universitarios son sus nuevos discípulos, quienes le escuchan con atención, se solidarizan con sus palabras y le aplauden con entusiasmo, sabiéndose interpretados en sus sentimientos de temor e incertidumbre, pero también de confianza en su capacidad de transformar el mundo para hacerlo a la medida de sus sueños.

¿Esto demuestra -cabe preguntar- la plena vigencia de su obra, de su Pensamiento Complejo, de su ética universal que comparten miles de personas alrededor del planeta? El tiempo nos dará la respuesta.

Un recuerdo imborrable

De esta visita de Morin a Colombia, nos quedamos con sus recuerdos que podemos reconstruir a pedazos, tejer como él lo hace en su método sobre el Pensamiento Complejo, y convertir el pasado en presente para vivir de nuevo aquellos gratos momentos que estuvimos a su lado o lo sentimos cerca, muy cerca, como simples espectadores de sus sabias enseñanzas.

Nos dejó su imagen informal, tanto que en alguna oportunidad se apareció en el escenario con el típico sombrero vueltiao y sandalias; su sonrisa permanente, que veíamos como el reflejo de su tranquilidad de espíritu, y su contacto familiar con el público, con todos aquellos que se acercaban para pedirle un autógrafo o tomarse una foto con él para sentirse, durante pocos segundos, parte de la historia.

Nos dejó su sencillez para exponer sus ideas, haciéndolas comprensibles hasta para los niños y jóvenes a quienes trataba como un abuelo, así como la solidez de su Pensamiento Complejo, sustentado en la densa formación filosófica, intelectual y científica, en diversos campos del saber, como si ninguno de estos pudiera ser ajeno a su espíritu humanista.

Dejó, además, mensajes de optimismo a pesar de la incertidumbre que nos acosa, al igual que el llamado a desarrollar en América Latina un pensamiento propio pero universal, acaso por su confianza en que acá, en nuestros pueblos recién llegados a la cultura occidental, se encuentra la salvación del mundo.

Y lo recordaremos por su alegría contagiosa que se desbordó, al ritmo del mapalé y la cumbia, en La Cueva; que entonaba con orgullo La Marsellesa, el famoso himno nacional de su país, y que cantaba, mientras agitaba sus brazos para llevar el ritmo, el poema de Machado, en la voz de Serrat:

Caminante: No hay camino. / Se hace camino al andar… 

(*) Filósofo de la Universidad de Caldas. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua