21 de mayo de 2022
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Día mundial del payaso: El circo del sol de los pobres

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
6 de noviembre de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
6 de noviembre de 2021

Entre la alegría y la tristeza no hay más distancia que una lágrima. Para demostrar esta verdad sin puños se inventaron los payasos que este viernes cinco de noviembre celebraron su Día Internacional.

Antes de la pandemia,  celebraron un cónclave mundial de la carcajada en Southport, Inglaterra, la tierra de Chaplin para quien un día sin humor era un día perdido. Chaplin, quien hizo una bella película sobre el circo, era “todos los domingos del año”.

Como el hombre se columpia entre la alegría y la tristeza, nada más práctico que colocar en la cara todos los músculos que reflejan esos sentimientos antagónicos que nos sacan de la rutina. Por eso los humanos somos físicamente como somos «y a veces peores», dicen que decía don Quijote.

Cuando el mono desnudo desea exteriorizar sentimientos festivos, no tiene más que darle una segunda oportunidad sobre la cara a los músculos encargados de dibujar sonrisas. Si hay que dejar escurrir una lágrima para lamentar alguna contrariedad, las glándulas lacrimales, con el apoyo táctico del ojo convertido en medio de comunicación, le darán la mano.

Hace unos años, coincidieron en Medellín el circo más rico y el más pobre del mundo. Los unía el cordón umbilical de la carcajada. Los separan los rendimiento$ económico&.

El primero es el famoso “Circo del sol”, canadiense. Su antípoda colombiano, pobre pero honrado a la hora de arrancar sonrisas, es el circo “Picardía”, de Medellín, que ojalá haya sobrevivido a la pandemia.

Al circo primermundista le va tan bien que su dueño, Guy Laliberté, no se inmutó y pagó 24 millones de euros por un fugaz viaje alrededor de la tierra, desde donde contempló este circo que integramos más de siete mil bípedos como primerísimos actores. Los mismos hacemos las veces de conejillos de indias para ensayar la vacunas que esperamos saquen corriendo a su antipática majestad el coronavirus.

Pedro Antonio López, el payaso Picardía, es el fundador, gerente,  jefe de relaciones públicas, coach transaccional, creativo y afines de una multinacional del humor proletario que opera en los barrios populares de Medellín.

Un completo  informe de Teleantioquia nos datió en su momento sobre la vida y milagros del que puede ser el circo más pequeño y seguramente el más pobre en infraestructura.

Eso sí, a la hora de arrancar sonrisas y asombros a  la aristocracia de gallinero, nada tiene que envidiarle a su encopetada competencia.

Este pequeño gigante paisa del entretenimiento, requiere mínimo personal: papá, mamá e hijo, la santísima trinidad de la diversión.

Picardía opera sobre la base de que la carcajada no tiene estrato social. Ríen el de arriba y el de abajo. La risa nos nivela por lo alto.

Pedro Antonio (en la foto tomada de Teleantioquia) ha hecho disfrutar a tanta gente que ya perdió casi toda la dentadura superior.

No importa: él aporta sus profesiones de payaso, mago, prestidigitador, tragador de cuchillos, trapecista, contorsionista, escapista, domador. Su público, afiliado al Sisbén, se encarga de pelar los dientes de felicidad.

Es un circo sin animales… salvo los zancudos  y pulgas que hacen su agosto entre el proletariado que lo frecuenta.

Elkin Antonio, el hijo y clon, heredó  la magia del circo. Ahora, lo que no hacen padre e hijo, lo hace la mamá que también posó con su timidez para Teleantioquia que trató al Picardía como si fuera el Circo del Sol. ¡Buena esa, colegas!

Puede que el Picardía no tenga carpa monumental, ni payasos sofisticados, ni magos que sacan a Dios de un sombrero o conviertan palomas en arco iris, ni despectivos tigres, ni paquidérmicos elefantes, ni trapecistas anoréxicos que ejecutan el salto mortal. Y enciman el venial. No importa.

Pedro Antonio y su séquito hacen olvidar esos lujos. La supervivencia de su pequeña empresa es el mejor truco.

Tiene ganas y necesidad de hacer reír. Y punto. De la publicidad, megáfono en mano, se encarga también la familia López. ¿Quién más?

La humilde tropilla trabaja por un salario en risas. Como no solo de risas vive el hombre, de pagar los escuetos honorarios del Picardías se encarga alguna junta de acción comunal.

La divisa del Picardía es: completa satisfacción o la devolución de su tiempo, de las sonrisas o de los aplausos. Como el terceto se entrega con pasión, nunca han tenido que devolver nada.

En algunas funciones les toca hacer las veces de espectadores porque los niños no tuvieron con qué pagar la entrada gratuita. Eso así, de tirar la toalla nadie habla cuando fueron entrevistados para la televisón paisa. Ni un paso atrás ni pa empujar una sonrisa.

El empresario Pedro Antonio, Bill Gates de la carcajada popular, sólo es rico en teléfonos. Tiene tres. No alcancé a apuntar ninguno. Contrátenlo. El arte de los López lo espera. (Nota publicada en El Colombiano)