27 de enero de 2022
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“Crónicas de vida en tiempos de guerra”

26 de noviembre de 2021
26 de noviembre de 2021

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Palabras de presentación de mi nuevo libro -“Crónicas de vida en tiempos de guerra”- ante la Academia Colombiana de la Lengua en sesión virtual realizada el pasado lunes en Bogotá. 

“Nuevas huellas en Academia de la Lengua”

Crónicas de vida en tiempos de guerra es el más reciente libro de mi autoría en Amazon, donde se vienen publicando mis Obras Escogidas, ambicioso proyecto que se inició precisamente hace tres años con un primer tomo –Huellas en la Academia- para celebrar mi ingreso, como miembro correspondiente, a la Academia Colombia de la Lengua en octubre de 2016, hace ya un lustro.

Por cierto, el anterior volumen de la colección -¡Número once!- fue Nuevas huellas en Academia de la Lengua, continuación de aquel texto primigenio, pero ahora conmemorativo del sesquicentenario de fundación, en 1871, de ésta, nuestra casa, un festejo histórico al que se suma la nueva obra, igual que meses antes lo hice con Tres Grandes Académicos de la Lengua, donde reuní sendas biografías de notables personalidades que recorrieron acá, en la Academia, el camino que ahora siguen nuestros pasos: don Jaime Posada, El poder de las ideas; don Jaime Sanín Echeverri, Un humanista integral, y don José Consuegra Higgins, El maestro, a quienes tanto recordamos con cariño y nostalgia.

Comienzo, pues, por decir que este libro es el tercero de mi autoría en homenaje a la Academia Colombiana de la Lengua en sus 150 años de vida, tras el cual vendrán otros dos de estricto carácter literario, que están haciendo fila para su publicación en el sesquicentenario: un segundo volumen de crónicas y el primero de ensayos, concluyendo así las antologías correspondientes en ambos géneros que lo son, a su vez, del periodismo, según veremos a continuación.

El género de la crónica

Como es sabido, la crónica es un género literario, desarrollado, desde la antigüedad, por múltiples culturas, siendo ésta una forma de perpetuar su historia a través de relatos, leyendas y narraciones que suelen tener su origen en la tradición oral. Por ejemplo, Homero y Cervantes fueron cronistas, mientras en la literatura colombiana se encuentran crónicas antológicas de Isaacs en María, de Rivera en La Vorágine y de García Márquez en Cien años de soledad, así como en muchos otros escritores de ayer, hoy y mañana, por más que en estos días se pretenda dar entierro de pobre a la literatura.

Numerosos pasajes de casi todos los cuentos y novelas son, en definitiva, crónicas breves o extensas, como es fácil demostrarlo.

Pero, la crónica es también un género periodístico. Tampoco ella ha muerto, por fortuna. Incluso puede ser tabla de salvación para la prensa escrita, en periódicos y revistas, frente al avance incontenible de internet y las redes sociales, donde tienden a imponerse la frivolidad y las mentiras -noticias falsas, que llaman- y el mal uso de un idioma al que tanto le debemos.

Recordemos, en tal sentido, a nuestros mejores cronistas de la prensa nacional: Luis Tejada, de obligada consulta; otra vez Gabo, único; Luis Yagarí, mi mentor en la adolescencia; Germán Castro Caycedo, a quien hace poco despedimos, y Juan Gossaín, ilustre miembro de esta Academia, en una lista interminable de nombres que saltan, aquí y allá, en las diferentes regiones del país.

En mi caso, como periodista siempre he sido un cronista, según consta en mi presentación de la contraportada del libro Crónicas de vida en tiempos de guerra. Permítanme leerla.

Presentación en Amazon

“Como escritor, Jorge Emilio Sierra Montoya es, sobre todo, un periodista, quien está celebrando, con la publicación de sus Obras Escogidas en Amazon, cincuenta años de actividad laboral en los medios de prensa.

Pero, como tal ha sido principalmente un cronista, representante del llamado periodismo literario, según lo ratifican, en primer lugar, sus diversas biografías -incluida la propia: Una vida en olor de imprenta– de personajes significativos en la literatura y la filosofía, la economía y las empresas, la política y el arte, la historia y, en general, la cultura, concebida en el marco de las ciencias humanas y sociales o, mejor, las humanidades, con la visión humanista que le caracteriza.

Jorge Emilio Sierra

De ahí la presente selección de crónicas, a modo de antología, donde tales aspectos se expresan en un lenguaje amable, sencillo, natural, narrativo de principio a fin, con el estilo y la estructura propios del periodismo escrito, el cual se manifiesta en sus distintos géneros, desde la noticia y la entrevista hasta el reportaje o los artículos de opinión y ensayos, campos que él ha explorado ampliamente a lo largo de su vida, dedicada, desde la juventud, al oficio más bello del mundo.

La crónica misma es considerada un género literario, por lo que esta obra se inscribe también, de manera oportuna, en la celebración del sesquicentenario de fundación de la Academia Colombiana de la Lengua, institución en la que Sierra Montoya es miembro correspondiente. De hecho, la presente colección bibliográfica seguirá no sólo con un segundo volumen de crónicas sino con su antología de ensayos, cuya dimensión literaria es evidente.

Crónicas de vida en tiempos de guerra, libro con el que se abren las antologías respectivas, son la voz del cronista que hace eco a nombres y hechos históricos de la mayor trascendencia, revelando las profundas contradicciones que hay en nuestra sociedad, cuya crítica situación se resume en el símbolo universal del Yin y el Yang.

Así, en su primera parte aparecen crónicas de vida, cuyos protagonistas son seres humanos ejemplares: escritores, académicos, artistas, pensadores, economistas, científicos…, mientras en la segunda hay crónicas de guerra, desde la Guerra de los Mil Días y La Violencia de los años cincuenta, hasta los flagelos de la guerrilla y el narcotráfico, para cerrarse con los mensajes de fe, esperanza y amor del Papa Francisco en su viaje pastoral a Colombia”.

Hasta aquí, la citada nota de presentación en Amazon. Y pasemos a un rápido bosquejo de la obra, enunciado con un sentido didáctico e introductorio.

Crónicas de vida

La sección Crónicas de vida, que cubre la mitad del título de la obra –Crónicas de vida en tiempos de guerra-, corresponde al capítulo inicial, donde hay tres temas centrales: Maestros de la palabra, Maestros del arte y Otros maestros de la cultura.

Allí se exalta -valga la insistencia- a un grupo selecto de importantes personajes nacionales y mundiales, dignos del mayor reconocimiento, cuyas historias (por lo general, contadas por ellos en largas entrevistas personales) se transformaron en crónicas, siempre con su dimensión literaria aún en temas tan complejos como la economía, la ciencia y la filosofía.

Entre los artistas, destacamos a Fernando Botero, recorriendo el Viacrucis, una de sus famosas series pictóricas que en buena hora se conserva en Colombia; a Rodrigo Arenas Betancourt, cuyo museo no ha dejado de ser sueño o utopía, y a Omar Rayo, cuyos encuentros con la muerte él veía al final con temor, cegado por la angustia, en su casa de Roldanillo.

Maestros de la cultura, por su lado, son Edgar Morin y Hans Küng, dos de los máximos pensadores contemporáneos que nos honraron con sus visitas a nuestro país, presidiendo actos académicos de primer orden; Lauchlin Currie, economista de talla mundial; el inolvidable Mario Laserna, fundador de la Universidad de los Andes, y Jorge Reynolds, nuestro compatriota que se dio el lujo de inventar el marcapasos.

Y Maestros de la Palabra son, claro está, los académicos que ahí nos representan: Gloria Serpa, en busca del poeta Julio Flórez, su tío-abuelo; Germán Arciniegas, que nunca pensó en ser escritor; Otto Morales Benítez, por los caminos de su infancia; Jaime Posada, a la sombra del poder; José Consuegra Higgins en su último adiós, y Juan Bautista Jaramillo Meza, unido hasta la muerte a su amada esposa, la poetisa Blanca Isaza.

No podían faltar, además, cronistas estelares como Luis Yagarí, oriundo de nuestra querida tierra cafetera, donde igualmente sobresalen Ovidio Rincón, pionero del periodismo económico; el sonetista Fabio Giraldo Vélez, poco antes de dar el salto a la vida eterna, y Leonidas López, el poeta que hace un siglo se hundió en las aguas turbulentas del río Cauca, cuando escapaba con su amante de Marsella, rumbo a Belalcázar.

Sí, son crónicas de vida, pero con la muerte encima, que nunca falta.

En tiempos de guerra

El segundo capítulo: Crónicas de guerra alude, a su vez, a la parte final del título del libro: Crónicas de vida en tiempos de guerra. En tiempos de guerra, sí, descritos también en crónicas, que abarcan un amplio período de la historia de Colombia y, en particular, de su terrible violencia, desde la Guerra de los Mil Días hasta hoy, pasando por El Bogotazo y la violencia política de los años cincuenta, cerrándose -¡si bien no se ha cerrado todavía!- con los flagelos del narcotráfico y la guerrilla, de los que todos, sin excepción, somos víctimas.

Empezamos, pues, entre los siglos XIX y XX, cuando la más prolongada guerra civil de aquella época se desató en nuestro país. Pero, no la vemos reflejada en sus principales jefes militares, como Rafael Uribe Uribe, sino en algunos de sus subalternos, especialmente el general Eliseo Villa, oriundo de Antioquia, pariente de monseñor Builes y liberal hasta los tuétanos, caído al ser derrotado en una de sus tantas batallas.

Casi medio siglo después, en 1948, vino el magnicidio del caudillo Jorge Eliécer Gaitán en el centro de Bogotá, desatando una ola de terror tanto en nuestra capital –El Bogotazo, recordemos- como en el resto del país y en ciudades como Manizales, donde el entonces jefe liberal de Caldas, Otto Morales Benítez, enfrentó la crítica situación y pudo llevarla, con los graves riesgos del caso, a su feliz término.

Pero, la violencia no dio su brazo a torcer, ni mucho menos. Al contrario, el territorio nacional se convirtió en una hoguera, dejando muertos a granel, sin Dios ni ley, período que no tardó en ser conocido con ese nombre apropiado y aterrador de La Violencia, una sangrienta guerra civil bipartidista, entre liberales y conservadores, que identificó aquellos momentos escabrosos a mediados del siglo pasado.

Sin embargo, el escenario descrito no está en los encumbrados círculos sociales y políticos, sino en el sencillo y modesto del pueblo que veía, con dolor, a los niños huérfanos por el asesinato de sus padres y el de sus propios hijos, las masacres que empezaron a volverse pan de cada día, los duelos a muerte reflejados en películas mexicanas o del oeste, historias de terror que se convirtieron en leyendas y hasta pasajes picarescos, como si el humor fuera un bálsamo ante esta realidad insoportable, donde en ocasiones era preferible ser sacrificado a conservar la vida.

Por último, y para rematar, el flagelo del narcotráfico con capos como Pablo Escobar y Carlos Lehder, culpables, de crímenes tan atroces como los de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla y Enrique Low Murtra o el suicidio obligado de William Bedoya (triste episodio que aún enluta al periodismo caldense), sin olvidar su influencia nefasta en las altas esferas del Estado.

O el flagelo de la guerrilla, que esta vez se remonta al referendo o plebiscito nacional para dar luz verde a los acuerdos de paz promovidos por el gobierno anterior, ante los cuales se asumieron actitudes críticas, de oposición, que todavía reclaman justicia y reparación, con base en experiencias personales o familiares y análisis posteriores a los resultados en las urnas, cuyos criterios permanecen vigentes.

La voz del Papa

La tercera y última parte del libro, mucho más corta que las dos anteriores, es un epílogo titulado “La voz del Papa”, donde repasamos la visita pastoral de Francisco, máximo jerarca de la Iglesia Católica, a nuestro país en 2017, teniendo como telón de fondo la negociación de los mencionados Acuerdos de Paz entre el gobierno nacional y la guerrilla de las Farc.

En este caso, seguimos paso a paso su gira por cuatro ciudades colombianas: Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena, si bien su presencia se sintió en todo nuestro territorio, gracias a las transmisiones por televisión e internet y el amplio despliegue informativo que mereció.

Por ello, vimos y escuchamos en directo sus intervenciones, pudimos abordarlas con cuidado e hicimos sus versiones respectivas en lenguaje periodístico, con las debidas notas de opinión, cuyos informes fueron publicados por el diario El Espectador y ahora son recogidos para esta obra, a la que damos así su puntada final.

En esa forma, el sumo pontífice nos hizo un llamado para conservar, a pesar de todo, la alegría y la esperanza, al tiempo que nos urgía volver la mirada hacia los pobres, para atender cabalmente a sus necesidades.

Cuestionó, con energía, la violencia reinante en nuestro suelo, entre otras cosas porque ella siempre engendra más violencia; atacó la corrupción, confiado en que los corruptos se vuelvan, arrepentidos, hacia Dios cuando Él les llama, y, para despedirse, condenó en nuestra bella ciudad amurallada, adonde siglos atrás llegaban barcos repletos de negros africanos para vender al mejor postor, las modernas formas de esclavitud que hay en el mundo, a las que tampoco acá somos ajenos.

En tales circunstancias, el Papa Francisco terció por la reconciliación nacional, el diálogo entre hermanos y, por consiguiente, la paz que tanto nos pide Jesús en sus mensajes, aportando al intenso debate interno, signado por la polarización, los valores morales que han sido el gran fundamento de la cultura occidental y, sobre todo, la dimensión espiritual necesaria para no perdernos en la deshumanización y la barbarie traídas por el materialismo absoluto y el individualismo rampante.

En síntesis, la voz del Papa nos hizo repetidos y fuertes llamados por la paz de Colombia, invocando la justicia, encabezada por la justicia social, según mandatos evangélicos. De todo esto quedó constancia en mis breves crónicas, dignas de leerse con atención por la actualidad que poseen.

Del Yin y el Yang

Para terminar, señalemos que, en el diseño gráfico del libro, Crónicas de vida en tiempos de guerra está representado por la imagen del Yin y el Yang, símbolo de la ley de contrarios que rige al universo: día y noche, luz y sombra, alto y bajo, grande y pequeño, verdad y mentira, bien y mal…

Así, como ya vimos, la primera parte –Crónicas de vida– está dedicada por entero a la vida, a personas que son de veras modelos ejemplares por sus invaluables aportes a la cultura en las letras, el periodismo, el arte, la filosofía, la ciencia, la educación, la política, la economía y, en definitiva, la historia que es -al decir de Carlyle en Los Héroes– “la biografía de los grandes hombres”.

En realidad, mi obra literaria ha mantenido esta visión humanista, centrada en la persona humana, en hombres y mujeres de excepción, con quienes tuve la gracia de revivir, en mis entrevistas y crónicas, sus recuerdos o memorias, librando así una recia lucha, acaso perdida por el inexorable paso del tiempo, contra el olvido.

Al fin y al cabo -según la popular sentencia aplicada a los pueblos latinoamericanos, entre muchos otros-, cuando fallece un anciano, ¡se incendia una biblioteca! De ahí mis escritos (biografías, en primer término) basados en la tradición oral y en testimonios de algunos protagonistas de la economía, la política, la sociedad, la literatura y la cultura en su conjunto, cuando no de personas comunes y corrientes, salidas del pueblo raso, en respuesta a lo que nos reclama el Gran Otto al pedir que la microhistoria sea “fuente nutricia de la grandeza de Colombia”, preguntándose, con razón: “¿Cuándo la historia no elitista levantará los nombres de los seres humildes para que se recuerde siempre su ejemplo?”.

Pero, la otra cara de la realidad no puede desconocerse, ni dejar de abordarse con la objetividad que el periodismo nos exige y la imparcialidad que por momentos debemos dejar a un lado para sentar posiciones en defensa del bien común, la dignidad humana, la ética, la responsabilidad social y, en último término, la espiritualidad que no puedo menos de confesar, fundado en principios cristianos.

Es lo que explica, a todas luces, la segunda parte del libro –Crónicas de guerra-, donde son antagonistas -no ya protagonistas- la muerte violenta, el crimen fratricida y la barbarie en su máxima expresión, desde la casi interminable Guerra de los Mil Días hasta La Violencia de los años cincuenta y las acciones criminales de narcotraficantes y guerrilleros, hechos sombríos, oscuros, que todavía padecemos, por desgracia.

Por fortuna, vislumbramos la luz al final del túnel. Es la voz del Papa Francisco, de la Iglesia, de la doctrina cristiana, del espíritu divino en medio del mundo, que nos orienta, debe orientarnos, en este camino tortuoso, donde sólo con la fe y la esperanza podremos salir adelante.

Llamado a la Academia

Nuestra misión apenas comienza, aunque parece que termina. ¿Cuál?, se preguntará. Insistamos: la del cronista que narra hechos memorables o dignos de serlo para perpetuarlos, si fuera posible, en la palabra escrita, en letras regadas sobre blancas páginas, en la Lengua o el lenguaje que nos une, en el idioma que es -como decía Guzmán Esponda- “parte integrante de la nacionalidad y prodigioso elemento de cohesión espiritual y material entre las gentes”.

Hemos hecho algo al respecto, es cierto. Ahí están, como pruebas, las historias contadas de algunos de nuestros académicos y otros representantes de la cultura nacional y mundial, mostrados como modelos de vida, cuyas sabias enseñanzas debemos prolongar, en honor a su memoria. No al olvido, en verdad. Ignorarlos hoy y en el futuro sería imperdonable e injusto. El deber nos exige hacer eco a sus voces.

Pero, nos falta mucho todavía. Por eso digo que nuestra labor está apenas comenzando. Faltan ustedes, por ejemplo. O, al menos, algunos que mantienen cierto anonimato, guardando silencio, a pesar de sus obras que les han merecido la exaltación académica, a la que no dudo en considerar un honor supremo en la vida. Debemos, pues, dejar constancia de su paso por el mundo, más aún cuando somos atraídos y guiados por la luz del espíritu, de las bellas letras, del maravilloso mundo literario.

No obstante, nuestra responsabilidad como escritores nos obliga a mostrar la cara oculta de la realidad, o sea, la que nos avergüenza, la de quienes han degradado su condición humana por la violencia o la corrupción, actuando en contra de la sociedad, de sí mismos y de los demás. Debemos, en fin, ejercer a cabalidad nuestro sagrado derecho a la libertad de expresión, aquella que encarnó Emile Zola, quien se atrevió a lanzar graves denuncias, en la prensa de su época, con su inmortal Yo acuso. No podemos, por tanto, ser indiferentes frente a la maldad, ni mucho menos sus cómplices.

Admitamos, no obstante, que el mal está presente entre los buenos, como la bondad tampoco es ajena por completo a los malos, según nos enseña el Pensamiento Complejo de Morin, inspirado acaso en la misericordia y el perdón de Jesús ante el pecado, ante los pecadores, que somos todos. Fue esto precisamente lo que vino a decirnos, en su visita pastoral de 2017, el Papa Francisco, si queremos alcanzar la paz y, por qué no, la felicidad soñada por los seres humanos, sin excepción.

La Academia Colombiana de la Lengua, desde sus orígenes, encarna tan nobles ideales. Y ahora, con su autoridad intelectual que destaca siempre los más altos valores del espíritu (como son, en grado superlativo, las obras literarias), celebra su sesquicentenario de vida, haciendo gala de ser una sólida institución, clave del desarrollo nacional.

Muchas gracias, apreciados colegas y amigos.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua