20 de octubre de 2021
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Crónicas y semblanzas/ Por Jorge Emilio Sierra Recorriendo El Viacrucis de Fernando Botero

10 de octubre de 2021
10 de octubre de 2021

 Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

En 2013, Pereira celebró el sesquicentenario de su fundación con diversos actos culturales, cuyo principal atractivo fue la serie “El Viacrucis” del pintor Fernando Botero en el Museo de Arte Moderno.

Escrita entonces, esta crónica hace un recorrido detallado por la muestra pictórica del gran maestro antioqueño y será incluida en mi próximo libro en Amazon: “Crónicas de vida en tiempos de guerra”, abriendo la sección Maestros del arte.  

Una estación en Pereira

En agosto de 2013, durante la celebración del sesquicentenario de la fundación de Pereira en 1863, Fernando Botero, considerado por muchos el mejor pintor colombiano de todos los tiempos y uno de los de mayor prestigio de las últimas décadas en el mundo, se toma el Museo de Arte Moderno con “El Viacrucis: La Pasión de Cristo”, su más reciente serie pictórica.

Ésta es apenas una estación, como si fuera otra de las que hizo Jesús en su ruta al Calvario.

Antes estuvo en Medellín, ciudad a la que el artista donó la serie para conservarla en el Museo de Antioquia, pero con la condición de volverla itinerante, como tenía que ser; luego fue a Nueva York, Lisboa y Panamá, sus siguientes estaciones, pero ahora está aquí, en el corazón del Eje Cafetero colombiano, la hermosa tierra conquistada por colonizadores paisas, nuestros antepasados comunes.

A diferencia del penoso camino que debió subir El Nazareno, el sitio de tan histórico suceso en la capital de Risaralda es moderno, cómodo, con aire acondicionado y luces por todas partes, temperatura especial y estrictas medidas de seguridad, mientras los guías acompañan a los visitantes por los tres amplios salones donde se presenta la exposición, conformada por 27 pinturas (óleos sobre lienzo), 23 bocetos de algunas de ellas y otras que no alcanzaron su formato definitivo.

Se trata, en fin, de “El Viacrucis” de Botero, el evento cultural de máxima importancia en los 150 años de Pereira. He aquí nuestro recorrido, narrado en tiempo presente para sus futuros espectadores… o peregrinos.

El camino de la cruz

Claro, se trata de “La Pasión de Cristo”, la misma que se revive cada Semana Santa a lo largo y ancho del mundo cristiano, donde precisamente Jesús es protagonista, como lo ha sido, a lo largo de dos milenios, en la historia de la humanidad y en la propia historia del arte.

Sus diferentes escenas resultan bastante familiares o conocidas: el prendimiento y el juicio, la condena y la flagelación, pero sobre todo el camino de la cruz -significado exacto del viacrucis- con las tres caídas del Señor, llanto incontenible de las mujeres, la Verónica con su manto, ayuda del Cirineo y crucifixión -clavos en manos y pies, herida en el costado…-, descendimiento y Pietá que no podía faltar, velorio y entierro, sin llegar a la fase final, de la resurrección.

Ahí sólo hay dolor. Es el personaje central, sin duda. Y está representado en la sangre, gotas y chorros que en ocasiones quieren salirse de los cuadros; en las lágrimas, desproporcionadas, sobre unos rostros deformes por la angustia, y en la presencia brutal de la violencia y la muerte, con buitres y calaveras sonrientes que siguen al cortejo fúnebre.

Es una obra teatral, una tragedia escrita en las paredes, un drama que grita de principio a fin, que conmueve al espectador, no lo deja respirar por momentos, le quita el aire y golpea, lo obliga a abrir los ojos para ver esta realidad espantosa, terrible, molesta, insoportable, que no podemos evitar.

La belleza, de la que Botero ha hecho gala en numerosas pinturas, pasa a un segundo plano. Es como si no le importara. O como si prefiriera caer en el feísmo, dejando a un lado la magia del color que le ha hecho famoso en el mundo entero, porque las circunstancias lo exigen, porque no hay lugar sino para la protesta, porque ante la flagrante violación de los derechos humanos no puede responder sino con rabia, con ira.

A sus ochenta años, el artista retoma su rebeldía de juventud, cuando la libertad no tiene límites.

¿Metáfora del país?

La sala de exposiciones es bastante propicia para la muestra. Al fin y al cabo, Pereira, como el Eje Cafetero en general, es paisa hasta los tuétanos, con su cultura de rancia tradición católica, heredada de España, que cada año se renueva sobre todo en las prolongadas y lentas procesiones de Semana Santa, entre las cuales la del Viacrucis, en los Viernes Santo, es la más solemne, con el infaltable y elocuente Sermón de las siete palabras a las tres de la tarde.

Así las cosas, no es de extrañar que muchas escenas de la serie sean comunes en nuestra tierra, las estrechas calles empedradas, las casas de ladrillo con tejas de barro, las puertas y ventanas, confundiéndose sus personajes con las gentes sencillas, humildes, de Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío.

Es como si Jesús padeciera su viacrucis entre nosotros, en nuestros pueblos y ciudades, por lo cual no resulta descabellado afirmar que la serie alude, en realidad, a problemas contemporáneos, a fenómenos como el narcotráfico que aún nos golpea con rigor, a la violencia que campea a sus anchas, a la pérdida de valores como el respeto a la vida, la libertad y la dignidad de las personas.

Las preguntas, por tanto, son obligadas: ¿Botero describe la tragedia nacional, sin tapujos? ¿La Pasión de Cristo es también la de hoy, signada por la guerra, la muerte y el dolor? ¿Jesús es de nuevo crucificado por nuestros pecados, por flagelos como el narcotráfico que tanto daño causa en todo el país, en Medellín, en Cali, en Pereira…?

De veras, es un viacrucis que ahora recorre a La Perla del Otún, sale del Museo de Arte Moderno para exhibir su tragedia en el territorio colombiano, extiende su sombra espectral por América Latina en medio de la pobreza, y llega hasta Nueva York, la capital del mundo, en cuyo Central Park, con los edificios de Manhattan al fondo, Dios se alza en la cruz, sangrante y torturado, víctima indefensa de la maldad humana.

Es un viacrucis universal, en plena globalización.

El humor y algo más

A pesar de la tragedia descrita, el humor característico de Botero no se pierde. Es una tragicomedia, con mucho de humor negro. Usted sonríe en el Central Park, viendo allí a Jesús crucificado; ante Judas, pintado con pantalón jean, correa y reloj; en un cementerio similar a los nuestros, y en la herida del costado, al pasar de la derecha a la izquierda, en una tácita alusión política.

Entramos, pues, en el lenguaje original del artista, cuyos símbolos -en opinión de los críticos- tienen múltiples interpretaciones, todas ellas válidas, desde las más obvias (calaveras y buitres que representan la muerte, por ejemplo) hasta las más complejas (rechazo del narcotráfico y el terrorismo de Estado con su correspondiente abuso de autoridad, según lo denunció en la serie anterior sobre Abu Ghraib, un juicio implacable contra la presencia de Estados Unidos en Irak).

O sea, lo que a fin de cuentas hallamos en la exposición es a un pintor extraordinario, comprometido con nuestro tiempo, que a su avanzada edad no da tregua, ni es indiferente a las dificultades que afrontan las inmensas mayorías populares, ni se sirve de la fama y la riqueza para permanecer indiferente, disfrutar solitario de sus privilegios y hacerse el de la vista gorda -como sus figuras emblemáticas, inconfundibles- ante las injusticias sociales. ¡Qué maravilloso ejemplo de vida!

De otra parte, mantiene su técnica insuperable, no sólo en el manejo del color -él, que ha inventado colores-, sino también en el volumen, el cual logra dimensiones espectaculares por el contraste con las formas pequeñas, diminutas, como los paseantes del Central Park, el Cristo crucificado en perspectiva opuesta a la de del célebre cuadro de Dalí, y el soldado insignificante, acaso ridículo, que hunde su lanza en el costado.

Pero, por encima de todo, en todas partes, dolor y más dolor, sangre y más sangre, más y más llanto, con imágenes desgarradoras que usted nunca podrá borrar de su mente, de su retina, de su memoria histórica.

Nunca podrá olvidar que “El Viacrucis” de Botero recorrió a Pereira en la magna celebración del sesquicentenario…

(*) Ex director del diario “La República”. Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua