29 de mayo de 2022
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Olvidados

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de octubre de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de octubre de 2021

Samuel comenzó a trabajar cuando cumplió los 18 años. Estaba terminando su secundaria en un colegio público de Cali y cuando su padre habló con don Jaime Cardona, el dueño mayoritario de Almacenes La 14, con quien  tenía contacto frecuente en razón a su trabajo de coordinador de ventas de una empresa multinacional. En alguna de esas visitas le habló de su hijo Samuel y le pidió que le diera la oportunidad de trabajar, porque el muchacho era buen estudiante y podría trasladar el curso de su último grado de bachillerato a horas de la noche, con el fin de tener unos ingresos que le permitieran ahorrar un poco para recoger  lo necesario para pagarse su matrícula en la Universidad, pues quería ser un profesional.  El señor Cardona no dudó un solo momento en decirle que le daba cita para el día siguiente a las 11:30 de la mañana, para lo cual, a la salida, debía hablar con sus asistente que lo agentaría de inmediato.

El muchacho se presentó a la hora exacta y fue recibido casi de inmediato por la cabeza visible de lo que ya era una gran empresa en el sector especializado en comercialización de productos al detal y con negocios inmobiliarios de gran tamaño. El señor Cardona le hizo unas pocas preguntas, para tratar de saber, en forma intuitiva, para que podría servir  ese joven. Le pidió un momento, mientras por el teléfono interno llamó al coordinador de gestión humana, para que viniera a su oficina. Le presentó al joven y le dio indicaciones de vincularlo de inmediato  como ayudante de bodega, con la observación de que debería ponerlo en un horario que le permitiera seguir estudiando su bachillerato y luego ingresar a la Universidad, como era su deseo. Salieron los dos de la oficina. Don Jaime lo despidió de la mejor manera. El procedimiento no duró más de cinco minutos. Cardona no era hombre de darle muchas vueltas a los asuntos, con la tesis  de que si se piensa demasiado se termina por no tomar decisiones y las empresas solamente  crecen con decisiones que se deben tomar en el momento oportuno.

Samuel en el recorrido de la oficina de don Jaime hasta gestión humana, expresaba su profundo agradecimiento con una persona a quien acababa de conocer y a quien por muchos años solamente veía por instantes, sin que dejara de reconocerlo y saludarlo como el primer día. En Gestión Humana le indicaron los documentos que debería aportar para ser vinculado como trabajador. Le dijeron que cuando trajera personalmente esos documentos, lo vincularía, le señalarían su cargo, le harían un breve entrenamiento y le darían las demás condiciones laborales, como su horario, su salario y su reglamento interno de trabajo. Salió de allí caminando como si saltara, como si lo hiciera por el aire, de la enorme alegría que tenía metida en su cuerpo que con la primera gestión que hacía en la vida para volverse una persona productiva, ya tuviera trabajo y quedara vinculado a una de las más grandes empresas  de Colombia. Estaría muy orgulloso de llevar el logotipo de la entidad en su camisa, en el lado izquierdo. Se sentía el hombre más afortunado del mundo.

En el primer año de trabajo, Samuel ahorró especialmente para comprar ropa, para pagarse el transporte hacia el Colegio donde se graduaría de Bachiller. No volvió a pedirle un solo peso a su padre y además se obligó a pagar el recibo de servicios público de la casa de sus padres, donde ocupaba una pequeña habitación, con plena independencia del resto de la familia, que la completaba su hermana menor.

En su trabajo  como ayudante de bodega, yendo de un local a otro, sin permanecer fijo en ninguno, asistió a muchas capacitaciones internas de diversos temas, pero con énfasis en cuestiones de presupuestos, en lo que los instructores les resaltaban  que siempre se debía trabajar con metas fijadas previamente, para poder tener niveles de comparación entre lo que se hacía y lo que se conseguía, pues la empresa y el trabajador que no sabe cual es la meta que se propone, difícilmente alcanza alguna.  Decían los capacitadores que esa era la filosofía  de la empresa y todos debían asimilarla para hacer de  La 14 un buque en el que todos remaban hacia el mismo lado. Todo esto se hacía  en un clima de compañerismo, con gran sentido de solidaridad.

Cuando se graduó de bachiller, habló con sus padres y les dijo que quería tomarse un tiempo para pensar muy bien que iba a estudiar, porque siempre le había llamado la atención la Contaduría, pero que ahora con las constantes capacitaciones que recibía en el trabajo, tenía dudas si era esa la carrera o la de ingeniería industrial. Quería tomarse un tiempo. Mientras tanto iba a darse una autonomía que se necesita para estar cumplidamente en todo y que iba a comparar una moto a crédito, que podría pagar  en cuestión de un año, pues a los empleados de ese establecimiento les daban condiciones especiales de descuentos que iba a aprovechar. Como era tan metódico en el manejo de sus ingresos, también tenía presupuestado  ahorrar para el pago de la primera matrícula en la Universidad y que le iba a apuntar a ganarse la beca por buen estudiante para el segundo y siguientes semestres. Sus padres aplaudieron su forma de pensar y el papá le dijo que tenía muy buenas referencias de él como trabajador. Que acababa de recibir un ascenso donde trabajaba y que  con el fin de que pudiera hacer lo que estaba pensando, que en el siguiente año dejara de pagar la factura de servicios públicos, que él los asumiría con el ingreso adicional que tendría por el aumento salarial.

Al cabo de ese año, Samuel tenía su moto propia. Le servía como medio personal de transporte. De vez en cuando le hacía mensajería a los vecinos en los fines de semana y ahorraba para los estudios universitarios. Finalmente se decidió por estudiar Ingeniería Industrial. Se matriculó como alumno regular en el horario nocturno. Pensó que sería capaz d sacar las mejores notas y de esa manera tener derecho a una beca total que le diera la oportunidad de ahorrarse  el pago de la matrícula financiera. En la medida que avanzaban los estudios fue detectando los grandes vacíos que dejaba la formación en la secundaria, donde era más el tiempo que se perdía, con las constantes huelgas, por cualquier motivo o sin motivo alguno, que hacían los docentes. Los estudiantes eran felices de que no hubieran clases. Ahora en la Universidad, cuando se daba cuenta de tantas cosas que debía saber y no sabía, maldijo muchas veces esas ausencias de sus profesores, quienes antes que defender el derecho a la educación de los jóvenes, se dedican todos los días a defender sus derechos y a seguir las políticas que trazan  unos líderes  sindicales que piensan que sus derechos son inviolables, pero jamás se han detenido a pensar en los derechos de los estudiantes, que puestos en una balanza de pronto son más importantes que los de los docentes.

Todos los día salía de clases a las 9:30 de la noche con más dudas que conocimientos. Trataba de intercambiar conceptos con sus compañeros, pero ellos tenían más vacíos que él mismo. No había con quien hablar. Hablaba con su padre, quien por la experiencia laboral algo sabía del asunto, pero no eran conocimientos que le sirvieran de esclarecimiento, como que no era profesional. Su padre muchas veces le contestaba, que él estaba para que el estudiante universitario le enseñara, que ya tenía más estudio de lo que ciertamente él tuvo.

La cosa fue empeorando  y Samuel  veía que su ambición se iba a pique. Nadie era capaz de alcanzar las exigentes notas que debían obtenerse para poder acceder al concurso por las becas. Cuando faltaba un mes para concluir el semestre, entendió que no tenía ninguna posibilidad de ganársela. Ahora la meta era simplemente  pasar el semestre, aunque fuera con notas mínimas aprobatorias. La carrera le estaba quedando grande, por esas falencias en su proceso formativo de bachillerato que no podía haber sido más mediocre. Era bachiller de huelgas de sus docentes, pero no de conocimientos regulares y respetuosos. El sistema lo permitía y los sindicatos educativos ostentaban  diariamente los desafíos  al Gobierno nacional, que finalmente los ve como simple paisaje, porque esa es una negociación de nunca acabar. Los maestros exigen mejores salarios, por lo que no hacen  y el Gobierno les dice que deben tener en cuenta las condiciones económicas del Estado y que además son trabajadores públicos con ventajas y consagraciones contractuales que nadie más tiene. Un profesor se puede  pensionar sin haber trabajado, efectivamente, más allá de cinco o seis años. El resto de vida laboral lo ha pasado en huelga. Samuel se hacía todas estas reflexiones con amargura y se veía impotente. Mucho más impotente se vio cuando al final del semestre, de las siete asignaturas perdió cinco, sin derecho a habilitación, por obtener menos de dos como nota final, todo por esos vacíos de información que detectó durante ese difícil semestre primero en la Universidad.

Cuando en casa le preguntaron  como le había ido en la Universidad, se limitó a decir que bien. Ese esfuerzo había resultado vano, por las grandes carencias de conocimiento con que se había graduado en Bachillerato, cuando lo destacaron como uno de los mejores del colegio.

Pensó mucho en los siguientes días sobre su futuro. Se dedicó de lleno a su trabajo. Cada día trataba de ser el mejor y con resultados  lo ascendieron a bodeguero. Luego a supervisor de bodegas. Después fue coordinador de recepción de mercancías.  Casi un año después sus padres supieron que ya no estaba estudiando, pero estaban muy orgullosos de ver que era un gran trabajador y que ahora ganaba un buen salario, vivía bien t ayudaba mucho más en el sostenimiento de los gastos de la casa. Era un buen hijo. De la moto pasó a adquirir un pequeño carro económico, al que cuidaba de la mejor manera. Después adquirió un pequeño apartamento de interés social que fue pagando rápidamente con abonos a capital, hasta tenerlo completamente libre. En ese momento decidió casarse y constituir un hogar. De ese hogar nacieron dos hijos.

Samuel llevaba más de 25 años al servicio de La 14, cuando a la muerte de don Jaime Cardona, el líder indiscutible del conglomerado comercial que llegó a tener un total de veinte mil empleados directos, pues en cumplimiento de las políticas que trazaba don Jaime nunca hizo uso de la intermediación a través de temporales de empleados, con el fin de economizarse unos pesos en su favor. La obsesión de Jaime Cardona fue crear empleo y no hacer riqueza. Era un gran trabajador, así como sus hermanos, a quienes hizo socios del emporio, que se metió también en el asunto inmobiliario para tener sus propios locales y aprovecharlos en el mercado de esa naturaleza.

Por el paso de los años la primera generación de los Cardona de La 14 fueron falleciendo y la empresa fue quedando en manos de múltiples herederos, quienes no se entendieron entre sí, ni entre ellos hacían gala de afectos fraternos. La mayoría de ellos sabían más de gastar que de producir. La muerte de Jaime Cardona marcó el declive que nadie previó en vida de él. Cuando las disputas internas entre los herederos se intensificaron, llegó la crisis. Crisis en la que lo primero que sucedió fue la cesación de pagos para los proveedores, casi todos ellos Mipymes, de escaso capital, que sobrevivían  por los pagos de sus mercancías dadas en consignación. Cuando cesaron los desembolsos, todas se fueron a la quiebra. Se quedaron sin capital de trabajo, pues una micro o pequeña empresa depende en su operación de lo que venda y recaude, para invertir de inmediato y mantener la cadena de producción. Ahora cuando el acuerdo de reestructuración de La 14 se anuncia fracasado y se ha anticipado la liquidación definitiva de la firma, cuando muchos pensaban que los acreedores serían atendidos con la realización de los activos inmobiliarios de la empresa, lo cual en realidad no es cierto, porque muchos de ellos, por no decir todos, ya habían sido entregados en dación en pago en arreglos anteriores a la petición del acuerdo de reestructuración, todos quedan con las manos vacías. Son mas de 2.500 los micros y pequeños empresarios  que se fueron a la ruina total por el desgreño en la administración de esta empresa símbolo de los vallecaucanos. Lo que queda para responder por esa liquidación son apenas cenizas. Con cenizas no es posible pagarle a nadie.

Uno de los grandes créditos pendientes por cubrir de la empresa en liquidación, es el de los aportes a la seguridad social que suman miles de millones de pesos. Es la pérdida de continuidad de cotizaciones de muchos de esos trabajadores, pero antes que nada, es la pérdida total del derecho a su pensión de cientos de personas que habiendo cotizado cumplidamente, ahora no pueden hacerlo por haber quedado desempleados y tener solución de continuidad en sus aportes.

Samuel tiene más de 2.200 semanas cotizadas en sus aportes a la seguridad social. Es decir, casi le alcanzaría, hipotéticamente, para dos pensiones. Tiene 53 años de edad. Le faltan nueve años para la edad de pensión. Tiene el lleno del requisito legal de cotizaciones para obtener esa pensión, construida con sus propios aportes, pero no tiene los 62 años de vida que es el otro requisitos esencial para poder reclamar tal derecho. A Samuel a su edad, nadie le va a dar trabajo. No le dan trabajo a las personas con apenas 35 años, que le van a dar a él. Sus hijos estudiaban en la universidad, que debieron abandonar por falta de recursos. A Samuel le quedan nueve años de vida en el limbo, porque no tiene como pensionarse, no tiene como sostener el promedio de su salario con nuevas cotizaciones, no tiene empleo y no tiene nada que hacer en adelante.

Como Samuel hay cientos de personas que entraron a trabajar a La 14 siendo muy jóvenes y ahora se ven desempleados, con las semanas legalmente necesarias cotizadas para su pensión de vejez, pero sin la edad reglamentaria para obtener tal derecho. Son muchas las personas en esta situación. Son los olvidados de  La 14 en su quiebra anunciada, en la que todos claman, con justa razón, por las  pequeñas empresas que se quedaron en la calle, pero nadie se acuerda de esos posibles pensionados que han pasado a ser los grandes olvidados del caso. El gobierno Nacional cuando estalló la crisis financiera del establecimiento de comercio, salió a anunciar que ayudaría a resolverla. Nada, absolutamente nada, ha hecho en ese sentido, ni siquiera ocuparse de esas personas que están en el mismo caso de Samuel.