28 de mayo de 2022
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Confesiones de un corrupto arrepentido

7 de octubre de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
7 de octubre de 2021

Me llamo Eustaquio León. Posiblemente nunca han escuchado mi nombre. Eso se debe a que, en la prensa, todos los días, me nombran por mi apodo: don Corrupto. Podría llamarme Fabio Puyo Vasco, Ramon Navarro Pereira, Gabriel García Morales, Luis Gustavo Moreno, Alejandro Lyons o Gustavo Malo Fernández. Lo digo porque todos ellos, como yo, han pagado cárcel por apropiarse de recursos del Estado o recibir coimas para favorecer a sus amigos en la adjudicación de contratos o en la toma de decisiones de carácter judicial. Y porque nos identificamos en la ambición de ser ricos no importándonos lo que tuviéramos qué hacer para lograrlo. Cuando me nombraron en un cargo público el funcionario que me dio la inducción me dijo: “No sea bobo. Aproveche este puesto para que salga de pobre”.

Yo sentía miedo de seguir el consejo. Hacia parte de una familia formada en valores. Mi padre fue un agricultor honrado. Nunca le quitó nada a nadie. Siempre nos inculcó que los recursos del Estado eran sagrados y, por lo tanto, debían manejarse con guantes de seda. Pero vivíamos con dificultades económicas, A veces en la casa no había con que comprar un kilo de carne. Mamá tenía que ingeniárselas para arreglarnos, a la hora del almuerzo, cuando llegábamos de estudiar, una sopa de fideos, un arroz con huevo y una taza de aguapanela. Fueron tiempos de privaciones. Tanto, que en diciembre el Niño Dios no nos traía regalos. Además, al colegio yo iba con pantalones que heredaba de los tíos. Pero lo hacía con la frente en alto. Eso sí, envidiaba a los compañeros que vestían ropa de marca.

Fue por esta razón que el consejo del funcionario que me orientó en el puesto donde fui nombrado empezó a darme vueltas en la cabeza. Si tenia la oportunidad de conseguir plata como empleado público, ¿Por qué no lo iba a hacer? Esta pregunta me llevó a recordar que un vecino de la casa donde vivíamos, que era tan pobre como nosotros, de la noche a la mañana resultó comprando carro nuevo. Cuando, una noche, mientras nos tomábamos una cerveza, le pregunté cómo había hecho para comprar carro tan rápido, me respondió: “Hay que aprovechar las oportunidades”. “Y, ¿qué oportunidad tuvo?”, le dije. Entonces me contó que en la entidad donde trabajaba se daba la forma de ganarse unos pesos extras. “¿Cómo?”, le insistí. Fue cuando me dijo que en los cargos públicos era fácil enriquecerse.

Fui nombrado en un puesto donde se establecía el estrato social de las viviendas. Era autónomo para decidir en este sentido. Un día cualquiera llegó a mi oficina un hombre bien vestido. Me invitó a almorzar disque porque tenía un buen negocio para proponerme. Acepté. En el restaurante, mientras almorzábamos, me dijo: “Aproveche la oportunidad que le dio la vida para hacerse rico”. En ese momento recordé las palabras de quien me hizo la inducción: “No sea bobo. Aproveche este puesto para que salga de pobre”. Fue en ese momento cuando, después de preguntarle cómo lo podía hacer, me explicó: “Usted puede poner una casa de estrato seis en el tres. De eso nadie se va a dar cuenta. Con cada propietario usted se consigue unos buenos pesos. Multiplique eso por mil. Se hace rico”.

Sin pensar en lo que podría pasarme si era descubierto, acepté el consejo. El mismo señor, que andaba en un carro último modelo y, según me dijo, también había sido funcionario público, empezó a recomendarme amigos para que les hiciera ese favorcito. Cinco meses después ya tenía con que comprarme un carro. Pero la ambición rompió el saco. Después del carro quise tener casa propia, una finca para disfrutar con la familia y hasta ser socio de un club. Todo eso lo logré en menos de dos años. La gente empezó a admirarme. “Eres un ejemplo de superación”, me dijo un antiguo compañero de estudio que conoció la pobreza en que me levanté. Y hasta me conseguí una novia de familia rica. Claro, como me fui a vivir a un barrio de clase alta, me quedó fácil conquistarla. Y con ella me casé.

Esa felicidad me duró apenas diez años. Un fin de semana, estando en la finca con mis hijos, disfrutando la piscina que acaba de construir, llegó una patrulla de la policía preguntando por mí. Nervioso, les abrí la puerta. Temí lo peor.  Como sabía que había hecho las cosas mal, pensé: “Me descubrieron”. Y así fue. Traían una orden de captura en mi contra. Haciéndome el que nada debía, les dije que estaban equivocados porque yo era un hombre honesto. Fueron vanas mis palabras. Me subieron a la patrulla y, esposado, me trasladaron a un calabozo mientras el juzgado abría sus puertas. El lunes siguiente, a las nueve de la mañana, me llevaron ante el juez. Después de leerme el expediente, dictó sentencia en mi contra. Fui condenado a cinco años de prisión y a mis propiedades se les declaró extinción de dominio.

El sufrimiento de mi familia fue muy grande. Con decirles que, debido al escándalo que se hizo en los medios de comunicación, a mi señora no le volvieron a hablar las amigas del club. “Su marido es un corrupto”, le decían.  Y, lo peor, a mis hijos los despidieron del colegio porque eran, según sus directivos, un mal ejemplo para los demás estudiantes. Mi dolor fue mayor cuando me enteré de que a mi familia la habían sacado de la casa donde vivían. “¿En qué momento llegamos a esto?, me pregunté al verme impotente para evitar que eso sucediera. Con lágrimas en los ojos acepté mi culpa. La ambición me llevó a destruir el hogar. Los suegros jamás me perdonaron que haya puesto a mi familia en una situación tan crítica. Cuando un abogado me propuso que con plata podría salir libre, ya no tenía dinero.

En la cárcel no registré buena conducta. El desespero me transformó en un hombre agresivo, promotor de protestas entre los internos. Lo hacía porque me di cuenta de que, en muchos casos, la libertad se compraba. Lo supe cuando cayó a la cárcel un gobernador, acusado de recibir coimas por los contratos entregados. A los cuatro meses recuperó su libertad. ¿Saben por qué? Porque tuvo el dinero para comprar a un magistrado corrupto. Eso se decía en la cárcel. Y no le pasó lo que a mí: sufrir la condena social. La familia me abandonó, los amigos no me volvieron a hablar y no pude volver a conseguir empleo. Hoy vivo en la pobreza, aislado de la sociedad. Sé que si hubiera salido de la cárcel con plata las cosas serían distintas. Porque en este país el dinero abre puertas, no importa cómo se consiga.