3 de octubre de 2022
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Último adiós a El maestro José Consuegra Higgins

19 de septiembre de 2021
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
19 de septiembre de 2021


A la sombra de El maestro” es el segundo libro de mi trilogía sobre José Consuegra Higgins -Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua-, publicado por la Universidad SimónBolívar, de Barranquilla, en memoria de su rector-fundador, fallecido en 2013. Crónica de sus exequias. 

Un triste amanecer 

El 28 de diciembre de 2013, en medio de las festividades navideñas y del fin de año, Barranquilla se despertó con una noticia muy triste: José Consuegra Higgins, El maestro, había fallecido en la madrugada, tras varios días de permanecer en sala de cuidados intensivos por sus graves problemas de salud que afrontó con estoicismo pero aferrado a la vida, luchando como siempre, como si no quisiera dejar a los suyos, a su familia -esposa e hijos, nietos y biznietos-, ni a sus numerosos amigos, ni a su Universidad, ni a su ciudad, ni a su país, ni a su Indoamérica del alma.

Era el Día de los Santos Inocentes, según la tradición católica. De hecho, él ya se encontraba desde hacía varios años en estado de inocencia, víctima del Alzheimer, siendo como un niño, sin memoria y sin pasado, acaso sin conciencia, aunque dejando traslucir en sus ojos la paz interior, fruto de la bondad que irradió durante 93 largos años.

“Fue también uno de los Santos Inocentes”, dijo alguien al recordar la dolorosa muerte de numerosos niños judíos, víctimas del poderoso Imperio Romano, poco después del nacimiento de Jesús en Belén.

Conmoción nacional

Su familia estaba destrozada, con una tristeza enorme, sin límites. Doña Anita, en primer lugar, se sentía traspasada por una espada, inconsolable, junto a su hija Ana, sin alejarse nunca del féretro donde yacía su amado esposo, pero fue acaso él quien le dio fuerzas para resistir tan rudo golpe, del cual nunca pensaba que podría levantarse.

La animó, por fortuna, la celebración de la santa eucaristía, durante la velación, cuando el sacerdote le pidió a Dios mantener en su familia la esperanza y darle el consuelo por la ausencia definitiva de quien “ha sido llamado a la casa del Padre”, cuya voluntad -agregaba- debemos aceptar aún en las situaciones más difíciles.

En ese momento, la noticia se había regado por todas partes. Publicada por los principales periódicos nacionales, transmitida por la radio y la televisión, compartida de inmediato en redes sociales por sus miles de alumnos a lo largo de varias décadas, desató un sentimiento de pesar generalizado, de angustia por la desaparición de este gran hombre, sobre cuyas vida y obra, repasadas en detalle, se hacían los mayores elogios, describiéndolo como auténtico modelo a seguir.

Llegaban más y más mensajes de condolencia, más y más coronas de flores que él tanto admiraba, hechos que al día siguiente, el domingo 29 de diciembre, se repitieron y multiplicaron al cumplirse las honras fúnebres en su teatro, el Teatro José Consuegra Higgins, donde estuvo en cámara ardiente, custodiado por las banderas de Colombia y la Universidad Simón Bolívar -USB-, mientras una muestra de sus decenas de libros le acompañaban, dejando constancia de que su espíritu estaba todavía presente, dispuesto a hablarnos.

Los valores familiares

El teatro permanecía repleto, en silencio absoluto. Fue entonces cuando las máximas autoridades eclesiásticas de la región presidieron una segunda eucaristía, cuyo evangelio se refería esta vez a la Sagrada Familia, en recordación de su huida a Egipto, y por ello los cientos de asistentes no pudieron menos que pensar en la familia Consuegra Bolívar, en el padre y abuelo que fuera un patriarca a la manera de personajes bíblicos, en los fuertes lazos de sangre que los unían y que no pueden, a pesar de todo, romperse, ni mucho menos separarlos.

El jerarca de la Iglesia hizo un llamado para que esos valores familiares tuvieran plena vigencia, al tiempo que recordaba su mensaje de fe en la otra vida, en la vida eterna, en la resurrección al final de los tiempos. “Los cristianos no hablamos de muerte sino del fin de la primera parte de nuestras vidas”, dijo.

Al término de la ceremonia religiosa, el coro de la Universidad entonó su himno, el mismo que se interpretó por primera vez a comienzos del centro educativo, cuando un joven estudiante de Derecho lo compuso, inspirado por la magna obra que abría las puertas hacia un mejor futuro, gracias a la educación:

“Soy la llama procera que ofrece / en los claustros, radiante, el saber / a este mundo colmado de bienes, / repleto de amor, de paz y de fe… / Tras las metas gloriosas del arte, / del deporte y la ciencia social, / nuestras almas conducen la antorcha / que despide su lumbre, ¡Oh, luz inmortal! / ¡Simón Bolívar, ciencia y libertad! / ¡Simón Bolívar, tu Universidad!”.

A preservar el legado

En las horas siguientes, hasta cuando partió el desfile mortuorio a los Jardines de la Eternidad, se leyeron más y más mensajes de reconocimiento a Consuegra Higgins, enviados por autoridades públicas, privadas y académicas de Barranquilla, el departamento y la región Caribe, el país y el resto de América Latina, a los que hacían eco las continuas intervenciones de personas que hablaban de su humanismo y bondad, su integridad o autoridad moral y, en definitiva, sobre sus virtudes excepcionales como dirigente político, escritor y académico, economista y pensador social.

El rector ejecutivo de la USB, José Consuegra Bolívar, agradeció en nombre de la familia este “caluroso acto” para despedir a su padre de la vida terrenal y ratificó el férreo compromiso, como máxima autoridad de la Universidad en representación suya, de preservar su legado y engrandecerlo -dijo con elocuencia- por la libertad de nuestro pueblo, basado en sus profundos valores éticos, como la solidaridad.

“Le diremos adiós a su cuerpo, pero sus ideas quedan”, declaró mientras anunciaba que en 2014 se avanzaría con paso firme hacia la acreditación institucional por parte del Ministerio de Educación, la cual será -observó- el mejor regalo para él, para El maestro Consuegra, quien dedicó su vida a lograr una educación superior con calidad, único medio efectivo para la transformación necesaria de nuestra juventud y para el desarrollo social.

“Los invito a que nos acompañen ahora -expresó compungido, con voz temblorosa- hacia los Jardines de la Eternidad”, donde -aclaró- se había encontrado un sitio, más bien discreto, donde se sentiría a gusto, como lo habría deseado.


El árbol de almendro

En efecto –dijo el rector, emocionado-, cuando pocas horas antes había ido al camposanto para escoger la que sería su última morada, vieron a lo lejos, como si los estuviera esperando, un hermoso árbol de almendro, similar al que en los albores de la Universidad, durante el solemne acto de iniciación de las labores académicas, cobijó con su sombra “al doctor Consuegra” en el momento de pronunciar su discurso, cuarenta años atrás, el primero de marzo de 1973.

Y es que el árbol de almendro -explicó- nunca pierde sus hojas en verano, ni en invierno, por lo cual su espeso follaje es permanente, igual que su sombra, aquella que le seguiría dando, por siempre, a su ilustre padre.

“Nosotros seguiremos recibiendo de él, también por siempre, sus sabias enseñanzas”, concluyó en tácita alusión a que él, desde la fundación de la Universidad, ha sido quien cubre y da su sombra permanente a la Universidad Simón Bolívar, como un imponente árbol de almendro.

La USB ha estado y seguirá estando “a la sombra de El maestro”, en definitiva.

El cortejo fúnebre

El cortejo fúnebre fue avanzando con lentitud. El rector y su esposa presidían, a pie, esta marcha dolorosa, seguidos por una larga caravana de vehículos, con coronas de flores, tras haberse modificado, por disposición de las autoridades municipales, el tráfico vehicular en la ruta correspondiente para evitar las previsibles congestiones de tránsito desde el barrio El Prado hasta el cementerio en la vía a Puerto Colombia.

Al llegar a su destino, con el féretro al  borde del sepulcro de tierra y debajo obviamente del árbol de almendro, Ignacio Consuegra Bolívar, vicerrector de Infraestructura en la USB, tomó la palabra para exaltar otra vez la memoria de su padre, dejarle un paquete de libros y CDs (con los escritos y las voces de Neruda, Gaitán y García Márquez, algunos de sus fieles e inseparables compañeros de viaje), y pedir no un minuto de silencio sino un  minuto de aplausos en su honor para despedirlo, dándole el adiós definitivo a quien -dijo, para terminar su conmovida intervención- “murió anclado al mar de sus convicciones, sin haberse nunca doblegado”.

De inmediato, los aplausos estallaron en la multitud y se fueron prolongando hasta caer en el silencio, mientras se alejaban los rostros tristes, apesadumbrados.

Aquella noche, tal como había sucedido desde la noche anterior de un 28 de diciembre cuando se suele celebrar con alborozo la llegada del nuevo año, habría un silencio total en el corregimiento de Isabel López, como si todos allá se hubieran quedado huérfanos, sin padre. Y El niño Joche volvería, con seguridad, a hacer sus travesuras por las calles de polvo, por el alto de La Loma, por la Iglesia y el Colegio Ana Bolívar de Consuegra, por los vastos pastizales y los palos de mango, persiguiendo a su perro Tigelino, herencia de “papá Ignacio”.

Iría en busca, a lo mejor, de un árbol de almendro, para cobijarse con su sombra…

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua