24 de mayo de 2022
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Cóndores

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de septiembre de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
1 de septiembre de 2021

Colombia estaba en el apogeo de la definitiva consagración de su máximo exponente de las letras, el maestro Gabriel García Márquez, luego de que cinco años atrás se publicara la primera edición de la más impactante de sus obras, como es “Cien años de soledad”, que no necesariamente es la mejor, como que el mismo autor siempre dijo que su obra maestra era “El coronel no tiene quien le escriba”, en lo que muchos estamos de acuerdo, sin demeritar la historia de la zaga de los Buendía, que termina con la ausencia de oportunidades sobre la tierra para quienes ya se gastaron más de un siglo de vida. Dicho de otra manera, el mundo de la literatura nacional estaba girando alrededor de esa obra maestra y una sombra extensa y poderosa se expandía sobre la vida y obra de tantos autores nuevos, que fueron opacados contundentemente.

Eso no desanimó a muchos talentos  de ese momento, que confiaban en lo que hacían y guardaban su aspiración de llegar a ser reconocidos, sin desconocer que esa monumental presencia de un genio a nivel universal, no dejaba de ser un lastre bastante pesado de arrastrar, pero de todos modos había que seguir trabajando todos los días, luchando con ese fantasma, pero ante todo, peleando con la influencia mítica de un lenguaje  que se había hecho propio para contar historias. En un país lleno de grandes historias por todos los costados, casi a la espera de que alguien llegue y de cuenta de ellas. Cuando la luz ilumina demasiado y de frente, enceguece y por tanto se pierde completamente la perspectiva de lo que debe verse, para contarse.

Cuando una vez más se sintió discriminado, como casi siempre se ha sentido, por su condición sexual, que para su época era tabú y hoy hace parte de la normalidad de la vida cotidiana, en medio de un frío para él desconocido, en un ambiente de poco movimiento cultural y  apenas acomodándose a ganarse la vida campo docente universitario, al que le quedaba tiempo más que de sobra para hacer lo que ciertamente pretendía desde siempre, que no era otra cosa que escribir, en su oficina  de Torobajo, sede de la Universidad de Nariño, con ausencia de lujos y comodidades, pero con el ambiente propicio para concentrarse en esas viejas memorias que se le habían acumulado desde cuando tenía tres años en su pueblo natal y a mucha gente, especialmente a su madre y a sus abuelos, les escuchaba las historias de violencia que tuvieron días más aciagos cuando los conservadores pensaron, y actuaron, en la convicción  de que la mejor manera de acabar con la mayoría de los liberales en Colombia, era eliminándolos físicamente, para que no pudieran, al menos, reproducirse y de esa manera retomar el poder a nivel nacional, perdido en 1930, fruto de una división conservadora interna, luego de una hegemonía en el poder de más de cuarenta años.

La tarea era sistemática y la iniciaron desde cuando  fueron derrotados en las urnas y los liberales gobernaron por espacio de 16 años, hasta cuando también se dividieron, sin aprender la lección de los godos, y para el año 1946, llegaron con dos candidatos completamente polarizados, mientras los azules llegaban con uno solo, un ingeniero paisa, no muy conocido, pero con el respaldo de todos sus copartidarios y abriendo por el camino del medio, en el que ganan los que se juntan y pierden los que se restan. Volvieron al poder. La tarea de acabar con la mayoría liberal no había culminado, pero el montaje de hecho de fuerzas oscuras llegadas de la vereda Chulavita de las montañas de Boyacá, que dieron nacimiento a los denominados pájaros, que no eran más que oscuros matones que aprovechaban las soledades de los caminos y las oscuridades de las noches para acabar con la vida de los demás, por la simple sospecha de que pudieran ser liberales.

Con el conservatismo de nuevo en el poder, era cuestión de asumir metodologías  más eficientes en la consolidación de una fuerza que no debería volver a ser derrotada en el futuro, en defensa de la moral, del cristianismo, de la fe católica, de las más tradicionales costumbres en las que hasta la desnudez del cuerpo humano aparecía como criminal.

En una enorme cantidad de pueblos colombianos ese trabajo sistemático de acabar con los liberales se hizo del diario vivir. Los liberales terminaron proscritos, incluso desde los púlpitos de unos curas y obispos permeados hasta los tuétanos de lucha política, en defensa de los intereses que les habían consagrado en su favor en la conservadora Constitución de 1886, en la que desde lo regulatorio aparecía como más trascendente la Iglesia católica que el Estado mismo. Y muchos pueblos tenían sus propias historias de lucha, violencia ciega y radicalismos en los que  el concepto de entendimiento y respeto por el otro ni se conocían.

A sus 26 años de vida, era mucho lo que conocía de lo que había sucedido en su pueblo y de alguna manera lo contaría en alguna ocasión. Por ser un brillante monitor en su Facultad en la Universidad del Valle, antes de recibirse, estaba en la plena convicción de que al egresar sería nominado como docente, lo cual fue cierto, pero enviándolo a Pasto,  para trabajar en la Universidad de Nariño, donde se sintió  exiliado de la discriminación de la clase dirigente del Valle del Cauca, con la que siempre ha andado de disputa, aunque haya terminado siendo parte de la misma. El ambiente, la disposición de tiempo y las ganas de tragarse el mundo a través de las letras, hicieron que se sentara  en 1971 a escribir su mejor obra, en la que se cuenta esa historia del más cruel, enigmático y oscuro de los pájaros que el conservatismo le ha dado a Colombia, quien llegó a sobrepasar de sobra el apelativo y no sólo fue un simple pájaro asesino, sino un Cóndor devastador  de tantas cabezas liberales por el sólo hecho de serlo.

Ya hace cincuenta años que ese joven licenciado en Literatura de la Universidad del Valle, se sentó ante una máquina de escribir portátil (no había aún procesadores de palabras)  y comenzó a teclear  lo que había sucedido en su pueblo, mucho de lo cual no lo había presenciado, pero que tantas veces le habían contado. Esa historia, como tantas otras de la realidad nacional, terminan por volverse parte de la ficción, que de alguna manera siempre tendrá fundamento humano, por lo tanto no será más que la expresión artística de lo que es la propia historia de un país que ha conocido, conoce y parece que va a seguir conociendo todas las violencias, desde la de colores partidistas, hasta de los intereses por las tierras, pasando por la lucha para dominar el crimen, sin que falten los que destruyen, dañan y matan por la sencilla razón de que se valen del derecho a la protesta. Con esa historia en la soledad de la oficina de un profesor universitario, era cuestión de ponerse a narrar lo que ya sabía de tiempo atrás, estaba en su cabeza, faltaba solamente llevarlo al papel y comenzó a decir: 

“ Tuluá jamás ha podido darse cuenta de cuando comenzó todo, y aunque ha tenido durante años la extraña sensación de que ese martirio va a terminar por fin mañana en la mañana, cuando el reloj de San Bartolomé de las diez y Agobardo Potes haga quejar por última vez las campanas, hoy ha vuelto a adoptar la misma posición que lo hizo un lugar maldito en donde la vida apenas se palpó en la asistencia a misa de once los domingos y la muerte se midió por las hileras de cruces en el cementerio. Quizá tampoco vaya a tener conciencia exacta de lo que va a vivir, porque lleva tantos días y tantas noches acercándose cada vez más al final que mañana, cuando se produzca oficialmente la muerte de su angustia, volverá a sentir por sus calles, por sus entrañas, el mismo terror que sintió la noche del veintidós de octubre de mil novecientos cuarenta y nueve, al oír los cinco balazos que acabaron con la vida de don Rosendo Zapata y le notificaron que los muertos que habían estado encontrando todas las mañana en las calles, sin papeles de identificación, y sin más señas de tortura que un tiro en la nuca, eran también de Tuluá, y no de las montañas y veredas, como inútilmente habían querido mostrarlo. Fue el primer muerto oficial, como el de mañana será el ultimo, y aun cuando muchos han querido mostrarlo como el del comienzo de este transitar incierto de Tuluá, sus gentes saben muy bien que no es así, porque la noción de muerte que ha llenado sus casas empezó antes de que el nueve de abril la chusma liberal colgara de las cuerdas del campanario a Martin Mejia, quemara el teatro Angel, saqueara la ferretería de don Lucio y repartiera en el parque Boyacá las cincuenta y seis cajas de aguardiente que había en el estanco. Martin Mejia fue el único muerto de ese día y el único muerto conservador de muchos meses. Aunque jamás se metió  en política y la única vez que supieron de su conservatismo fue en día que llego Ospina Perez y el prestó su carro negro para entrarlo desde Los Chancos hasta el parque, Tuluá no pudo olvidar en ese día que él era quien desde hace doce años venia vendiéndoles con recargo cereales, abarrotes y paños. Por eso quizá lo colgaron del campanario y le vaciaron íntegramente su cadena de almacenes. Pero si ese nueve de abril Tuluá sintió terror y vio arder las casas y esquinas que más le significaban en su historia de la ciudad antigua, no lo to en serio, y una semana después construyó, por colecta, un mausoleo especial para Martin Mejia y contrató arquitecto para que las esquinas tradicionales volvieran a ser lo que habían sido por siglos”.

Comienzo exquisito de “Cóndores no entierran todos los días”, que por éstas fechas está celebrando los cincuenta años de su primera edición, sin que nunca se haya dejado de editar y siga siendo un material de lectura de muchas personas en el mundo entero, gracias a las múltiples traducciones de que ha sido objeto. Es la obra más representativa del escritor vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien en adelante  construyó muchas historias, las que desafortunadamente se fueron permeando de su ánimo de ejercicio político, por lo que en muchas ocasiones  más parecen manifiestos panfletarios en contra de alguien, con quien ha tenido diferencias de cualquier naturaleza, que obras de ficción, siendo un gran ficcionador como lo demostró con su primera novela, que vale la pena releer, por su extraordinaria calidad literaria. Novela con la que en el año de su publicación se ganó el Premio Manacor, más que merecido. Fue su consagración, un tanto tímida, por esa enorme sombra de que se habló antes, que apenas comienza a desaparecer en el ámbito de la literatura nacional, en la que han surgido muchísimos grandes narradores.

De la obra de Álvarez Gardeazábal, también hacen parte las novelas:

  • Piedra pintada, 1965
  • La boba y el buda, 1972, Premio Ciudad de Salamanca
  • Dabeiba, 1972, finalista Premio Nadal, 1971
  • La tara del papa, 1972
  • El bazar de los idiotas, 1974
  • El titiritero, 1977
  • Los míos, 1981
  • Pepe botellas, 1984
  • El Divino, 1978
  • El último gamonal, 1987

A más de colecciones de cuentos y ensayos  de crítica literaria. Como puede verse  el escritor tuvo su mejor época de producción en los comienzos de la década del 70 del siglo anterior, ya que fuera de esa actividad se dejó tentar del ejercicio de la política, en lo que llegó a ser Concejal de Cali en 1978, en la lista del denominado Movimiento Cívico liderado por el periodista cubano José Pardo Llada y luego Diputado a la Asamblea del Valle del Cauca.  En ese desempeño se destacó por su capacidad de denuncia y crítica al establecimiento.

En 1988 fue elegido como el primer alcalde popular de cl ciudad de Tuluá, realizando una gestión que fue reconocida por toda la población, que siempre estuvo de su lado, dada la transparencia del manejo en los recursos públicos, en lo que debe decirse que ha sido uno de esos gobernantes que en lo administrativo pueden ser examinados en cualquier tiempo y desde cualquier punto de vista, sin que se le detecten malos manejos. En 1992 quiso ser nuevamente alcalde de su pueblo, por petición de mucha gente y resultó elegido con una amplia mayoría que le dio un mandato de mucha claridad en esa forma de administrar lo público. El poder, así no sea para lucrarse en su favor, como ha sido desde siempre en el caso de Álvarez Gardeazábal, embriaga y por eso en 1997 se dejó tentar nuevamente por los votos y aspiró a la Gobernación del Valle, enfrentando a los grandes caciques electorales, a quienes derrotó ampliamente, con desparpajo y su forma directa de decir las cosas. No faltó el periodista torpe  que le planteara si no sería problema en su gobierno la condición de homosexual que nunca ha ocultado, como no ha escondido a Rocke, su pareja de toda la vida, con quien vivió en el barrio Las Cuadras en su época de profesor pastuso, a lo que respondió con claridad: “Eso no es ningún problema, porque yo no voy a gobernar con el culo, voy a gobernar con la cabeza”.  El aparato jurisdiccional tuvo la convicción de haberlo sorprendido en un acto delictivo, no por apropiación de recursos públicos, sino por ayudas económicas en campaña, de origen no muy claro, por lo que lo destituyeron, lo condenaron a prisión y se fue varios años a la cárcel.

Al cumplir su pena, regresó a su lucha  por decir las cosas con claridad, con transparencia, sin temor a enfrentar absolutamente a nadie, confrontando a los poderosos, que no por ello dejan de visitarlo en sus suculentos y gloriosos almuerzos en su finca en Porce, paraje rural en el corregimiento de Nariño, en el Municipio de Tuluá, donde nunca faltan invitados, todos ellos en la convicción de que es un buen consejero político.

Cuando fue llamado a colaborar como periodista de opinión en el programa de Caracol Radio “La luciérnaga”, en su mejor época, dirigido por Hernán Peláez Restrepo, gozaba de todo el prestigio del mundo por lo bien informado, hasta cuando apareció un nuevo directivo que dicen, dizque le cobró su condición de homosexual, en pleno siglo XXI. La moral pacata de los creyentes irracionales no ha desaparecido, de pronto su ejercicio, aunque persisten.

Son cincuenta años de una de las novelas fundamentales de nuestro país para no perder la memoria de una de las muchas violencias que nos han azotado. Se celebra con una edición de lujo, con estuche en cartón, en gran formato y con un tipo de letra de un alto puntaje, que permite leerla más fácilmente en ese ir desde la página uno hasta la final, sin que se trate de una novela de gran extensión, lo que no le quita ser una  obra maestra que ha soportado el paso de ese medio siglo y que va a aguantar muchos siglos más, como una manera de saber lo que aquí ha pasado, aunque debamos esconder un poco la cara por la vergüenza de ser tan violentos. Hay que releer a “Cóndores no entierran todos los días”, para saber de donde venimos.