20 de octubre de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Amar lo malo – 1

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
19 de septiembre de 2021
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
19 de septiembre de 2021

Por Carlos Alberto Ospina M.

“Aprendí a amar tanto lo malo que no sé distinguir lo bueno que me ocurre”. Con la mirada cargada de lágrimas a causa de los ingratos momentos y el pasar del tiempo, Cristina, una mujer cuarentona, sentencia la desesperanza que la agobia desde el instante en que su mamá la regaló a una familia. Varios años después de aquel acto infame, la progenitora explicó que lo hizo huyendo de las palizas de su papá, y por andar tras los calzoncillos de un hombre rico que no quería cargar con el embutido de dos niños y una niña que no eran de él. Por su parte, el progenitor, transcurridos ocho lustros improvisó la excusa de la infamia del abandono y las constantes golpizas, “porque su mamá tuvo muchos novios”.

Cristina no echó de ver las caricias entrañables ni las embadurnas con tierra en las tardes de lluvia inesperada. En cambio, de repente, la atrapó el lobo feroz en medio del desamparo que padecía. De su candidez quedó el imberbe pecho henchido de leche agria con la que amamantaba a dos hijos, mucho antes de sus quince primaveras.

No hubo fechas especiales. Solo bailaba de dolor cada vez que, el infame, la emprendía contra ella.  “Tenía trece años. No sabía leer ni hacer nada y por eso, me pegaba”.  El abusador la triplicaba en edad, la sometía a todo tipo de vejámenes e injurias, aprovechándose de la condición de dependencia económica y del estado de indefensión de la chiquilla.

Cristina conoció al torturador, cuando este prestaba servicio militar en Yarumal, al norte de Antioquia. Es fácil inferir que cayó en las garras del primitivo uniformado debido al hambre, la dejadez, la ingenuidad y el desespero. Llegó a tal punto de refugiarse en la cueva de una bestia codiciosa y despiadada.

En su primera década de existencia, la niña, deambulaba de casa en casa buscando albergue y protección temporal. “Yo me quedaba donde me permitían vivir”, recuerda encogiéndose de hombros.  A todas luces semeja una historia de ficción en virtud del grado de indiferencia y de negación de derechos fundamentales. Parece inverosímil a los ojos sensibles que nadie observara el grado de sufrimiento de aquella pequeña que, nació en Ituango, la fecha en que la compasión se fue a dormir con la mezquindad. Por esto, el signo del desafecto se infiltró en la tez de una señora que no pidió nacer.

A la fuerza, la chiquilla siguió un destino similar. A los doce años de edad parió a Alfredo y antes de alcanzar la edad de merecer, brotó el embrión de Danilo. El supuesto cónyuge era un hombre, si alguna vez adquirió esa condición, que jornaleaba en una finca. La tarde que el sol quería irse a dormir con la luna, Cristina, salió a buscar una miga de pan para ella y sus dos críos. No concurrieron los mimos del viento abriéndose paso en medio de las ramas de los árboles, tan solo se escuchaba el eco del trío de barrigas que gruñían por el obligado ayuno.

La estrenada mamá, a la distancia, escuchó el griterío y el revuelo de la policía del municipio; no obstante, continuó pidiendo limosna. A las 10 de la noche, cuando los estómagos tronaban de agonía, llamaron a los padres del sujeto que le robó la virginidad. “Él está en el calabozo por intentar secuestrar a su patrón. Llévele comida”, indicó el escueto mensajero. Cristina salió detrás de la inhumana suegra.

“Cuando llegué, sentí que el mundo se me había acabado. Ahora, sí me voy a quedar sola. ¿Sí me echan?, ¿Pa´ dónde me voy? Yo no lloraba de verlo allá, me preguntaba qué iba a hacer; aunque con él o sin él, todo me sabía mierda”, comentó el episodio sin mostrar una pizca de perplejidad.

No era para menos. Aquel sujeto siempre que le daba la gana, molía a golpes, la frágil e indefensa integridad, porque no sabía lavar la ropa ni cocinar. “Fui una niña forjada a punto de zurriago y palo, nunca tuve infancia y en vez de sonrisas, me daban garrotazos”, a reglón seguido el silencio se apoderó del espacio de desahogo.

Condenado a 25 años de prisión, la presunta pareja de la adolescente, le pidió a su mamá que la recibiera con los dos niños. Este acto carecía de misericordia, más bien consistía en la prolongación de la esclavitud. A pesar de todos los obstáculos y la humillación de dormir en el suelo, “porque esos culicagados me ensucian o me orinan las camas”; Cristina, trabajaba con una matrona para llevarle comida al presidario.  Los tres mil pesos del pago los invertía en comprar alimento.

“Un día cogió a pata la coca, porque ‘quien sabe con quién me estaba acostando para llevarle la comida’. Los niños estaban conmigo. Me dio tanta rabia que les dije que nunca más volverían a ver a su papá”. Él estuvo más de una década en la cárcel. En ese lapso, Cristina, se liberó del opresor; sin embargo, perpetuó la desdicha.

“Entonces, me dejó de joder la vida, hasta hace 3 años que le pegaron 18 tiros a mi hijo mayor, Alejandro. En el hospital me dijo que le tenía que dar comida y plata. ‘Por mí, usted se puede morir’. Gracias a Dios estudié”.  La actual mujer colmada de cicatrices físicas y del corazón, agregó: “quiero que haga un libro sobre mi vida”. ¡Uy! Ahí apretó la dificultad en la entrevista.

Enfoque crítico – pie de página. Esta historia continuará …