14 de agosto de 2022
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Una Siembra de Honor

3 de agosto de 2021
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
3 de agosto de 2021

En la Primera Infancia está la semilla de calidad y excelencia que necesitamos para construir una nueva sociedad, un nuevo mundo.

Es mucho lo que se ha escrito sobre la materia prima con la que debe construirse un país, y en este sentido, se hacen llamados a reflexionar sobre nuestro actuar cotidiano en relación con la trascendencia de lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos y de la forma como nos comportamos en la sociedad.

Según estudios, es imposible alcanzar niveles de avance social y económicos  considerables si la materia prima, es decir, el ciudadano, el hombre y la mujer que conforman las sociedades no cambian en su manera de pensar y de vivir.

Si nos remontamos al concepto de calidad en los productos, ésta depende, en gran parte, de la materia prima con la cual se fabrican, y en el caso del ser humano, el término fabricación suena como peyorativo, sin embargo, a los seres humanos también se les fabrica y es precisamente a través de la educación familiar, escolar y social como se hacen verdaderos seres humanos capaces de garantizar el desarrollo de la sociedad en la que viven o en ser un estorbo, un problema difícil de controlar, de erradicar.

En los Paises de América Latina y el Caribe, llamados tercermundistas en razón a sus condiciones sociales y económicas, impera la cultura del sálvese quien pueda, como sea y a costa de todo, no importa  el medio a través del cual se logre: conseguir un cargo, un ingreso, un título o recomendación, lo importante es alcanzar lo que se desea o necesita sin mirar el mal que podemos hacerle a los demás, al mismo país, y las formas muchas veces indebidas, con las que lo hemos alcanzado.

La educación actual es mercantilista, se orienta por la adquisición de conocimientos, de saberes más que de valores y principios y lo académico se convierte en el eje vertebral de la labor educativa; formar seres competentes en sus disciplinas, conocedores de teorías, de tecnologías pero ajenos al devenir cotidiano que exige, más que saber: saber hacer, saber compartir, saber aprender y desaprender; tener además, un profundo sentido de la ética, la solidaridad y la convivencia como guía primordial del quehacer cotidiano de todos y todas, valores que hoy se evaden, pues dejar de ascender, de triunfar por no romper los cánones de la ética y los principios, es para muchos el comportamiento más absurdo, de ahí que sea normal y socialmente aceptado el matoneo económico y social que vivimos y que tiene a una gran parte de la población sumida en la indigencia, en la pobreza absoluta.

Los pueblos avanzados no subsidian la miseria, es más, no existe;  lo que hay es igualdad de derechos, cosa que nosotros no conocemos; oportunidades para todos, acontecer que en nuestro caso, está determinado por la política, el poder que desde hace muchos, muchos años està en manos de unos pocos; así, lo que tenemos es una institucionalización de la pobreza como la garantía que asegura el control del estado, el manejo de sus recursos y la posibilidad de mantener la conducta corrupta de unos pocos en detrimento de los derechos del resto de la población.

Lo que tenemos hoy en gran parte de la población, en dirigentes políticos, en funcionarios, es la muestra de la educación y formación ciudadana que ha imperado en nuestra cultura:

Prometer y mentir para conseguir nuestros propósitos.

Manipular a los demás en razón a sus necesidades a su vulnerabilidad económica y social.

Apropiación de bienes del estado y de los demás mediante el uso de la trampa, de la ventaja, de triquiñuelas y componendas políticas y administrativas.

Mantener una disfrazada honradez ante los demás pero en lo íntimo ser y actuar como un ladrón, como un delincuente pues abusa de su poder, de su posición, se apropia de bienes ajenos, del salario del más vulnerable, de sus derechos, de su honra.

Conocer las normas de tránsito y no cumplirlas, conducir en estado de embriaguez, colarse en la fila de espera, evadir impuestos, defender al delincuente y acusar al inocente, obtener ganancias de negocios ilícitos e indignos, en fin, tantos comportamientos de maldad que no nos dejan crecer como una sociedad de bien, estructurada, solidaria, respetuosa de los demás, de sus bienes, de su vida.

Si en la Primera Infancia, en los niños y niñas de cero a cinco años está la materia prima de una nueva Colombia entonces nos toca a todos y todas iniciar desde ya una tarea de reconstrucción integral en nuestra propia vida para que nos decidamos, de una vez por todas, a dejar tanto comportamiento anómalo que hemos aceptado como bueno, para que nos propongamos en ser los gestores de una nueva ciudadanía, de unos nuevos seres humanos en quienes podamos dejar esta herencia de patria, el lugar más hermoso, mas digno, más grande.

Empecemos por educar en el bien a nuestra generación, en dar ejemplo de una ciudadanía de honra dentro y fuera de nuestra casa y demos únicio al «Convite» más grande, más prometedor, en el que construiremos con amor, disciplina, dedicación y entrega los nuevos seres que serán sembradores de una nueva Colombia de ejemplo para el mundo.

Esos niños y niñas engendrados en un hogar de respeto, de generosidad, de estímulos, de buenas palabras, de muchos abrazos, de lecciones eternas de buena ciudadanía, en  solo 25 años, estarán dirigiendo los destinos de nuestra patria, serán los profesionales, los obreros, los industriales, los banqueros, los científicos, los políticos, los padres y las madres de honor que necesitamos tanto.

Formar una nueva Colombia es posible.

Empecemos a sembrar en nuestros infantes semillas de honradez, de dignidad, de decoro, de una ciudadanía de bien que será el camino hacia una vida más igualitaria, más justa.