27 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Por la infancia de Otto Morales Benítez

1 de agosto de 2021
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
1 de agosto de 2021

 (Fragmento de la obra “El Gran Otto: Años de formación”, biografía incluida en mi libro “Dos maestros de la cultura colombiana” -Amazon, 2020- al celebrarse el centenario del natalicio de Morales Benítez, cuya información fue fruto de extensas entrevistas realizadas a comienzos del presente siglo) 

La fundación de Riosucio

Riosucio, a diferencia de la mayor parte de los pueblos del Eje Cafetero en Colombia, no nació por obra y gracia de la colonización antioqueña. Sus raíces se prolongan a la época de independencia, hacia 1810, si bien en aquel entonces eran los españoles generalmente, por su tradicional espíritu de conquista, los fundadores de pueblos.

Riosucio, pues, fue una de las pocas excepciones. Quizás por las dificultades mismas del terreno o porque las autoridades oficiales nunca pensaron que aquello pudiera dar lugar a un nuevo municipio, su fundación se debió a los mestizos.

Pero, aún desde antes, la región donde se encuentra tenía notable importancia a escala nacional. Era uno de los principales centros mineros del país, en momentos en que la minería pasaba por uno de sus mejores períodos ante el apoyo interesado que recibía del imperio español.

La fundación del pueblo, sin embargo, fue cosa de leyenda o fantasía, como si la poesía hubiera escrito la historia. Veamos.

Una guerra fratricida

En aquel lugar había dos caseríos. Por un lado, Quiebralomo, cuyos habitantes, mineros en su totalidad, estaban acostumbrados al trabajo intenso, duro, que tanta riqueza les generaba para gastar su dinero a montones en fiestas o lujos y, por otro lado, gentes de la montaña, humildes campesinos que eran pacientes, modestos.

Carnaval del Diablo. Imagen Wikipedia.

Acaso fue por culpa de sus temperamentos, tan distintos. Quién sabe. Lo cierto es que surgieron los conflictos, las luchas entre ambos caseríos, y cada día aparecían muertos tendidos en las laderas o a la entrada de las minas.

Era una guerra fratricida, donde se imponían también las diferencias económicas, sociales, de clase, extendidas a lo largo y ancho del Virreinato de Nueva Granada, en medio del resentimiento y los deseos de rebelión.

Claro que era igualmente absurda, pues la verdadera lucha debía ser contra los hombres de ultramar, no entre los criollos. A pesar de esto, la disputa persistía, lejos de vislumbrarse alguna solución.

Dos curas en acción

Por fortuna, entonces había dos sacerdotes, a quienes se debe principalmente el nacimiento del pueblo: el cura Bueno y el padre Bonafont. El primero venía de Popayán; el segundo, por haberse declarado, desde el púlpito, partidario de la independencia, fue expulsado del departamento de Santander, por lo que aprovechó estas inescrutables y desconocidas tierras para refugiarse.

Fácil es imaginar el profundo espíritu cristiano de los religiosos, la crisis que afrontaron ante una situación tan compleja y su afán por poner término a las batallas sangrientas que se libraban.

Seguramente comprendieron que su misión era similar a la de aquellos sacerdotes hispanos que por primera vez pisaban suelo americano en vastos territorios indígenas y emprendieron su tarea evangelizadora, tratando de alcanzar la paz con base en las enseñanzas de Cristo.

Fue así como el templo se convirtió en lugar de adoctrinamiento, pues los sermones apuntaban a un solo objetivo: juntar en una población a los dos bandos.

Así nació Riosucio. Todos los habitantes fueron reunidos por los sacerdotes en el Cerro de Ingrumá (palabra indígena que significa piedra dura) y acá, entre empujones e insultos, los quiebralomunos y montañeses hicieron las paces.

Los curas habían logrado su cometido. Luego se construyeron las primeras casas y calles, volviéndose común darse el saludo entre antiguos rivales.

El camino hacia la paz

Pero, la reconciliación fue un proceso lento, tanto que hubo dos iglesias y dos plazas, sin que los unos pudieran pasar donde estaban los otros.

En los días de fiesta, como la calle que comunicaba a las plazas tenía hondas y peligrosas zanjas, las tablas con que éstas se cubrían eran levantadas para arrojar allí a quienes acababan de asesinar y, si los transeúntes lograban atravesar, sanos y salvos, la vía, al otro lado eran recibidos a golpes, hasta dejarlos sin vida.

Poco a poco, no obstante, fue llegando la paz. Y como se decía en los sermones que era mandato divino casarse unos y otros, los de Quiebralomo con los de la montaña, no había otra camino que la unión entre los dos grupos, la cual finalmente se consiguió.

De otra parte, cabe destacarse un aspecto más de Riosucio: su múltiple composición o mezcla de razas, bastante singular: indígenas, que antes de la conquista ocupaban sus tierras; mestizos, fundadores del pueblo, e ingleses, franceses y alemanes, pertenecientes a las compañías extranjeras que explotaban el oro.

De igual manera, sus raíces son indígenas, caucanas, antioqueñas y, en último término, caldenses.

O sea, Riosucio es un pueblo pletórico de tradiciones, cosa que sólo podía dar origen a un tipo humano excepcional que canta y baila con alegría y cada año celebra su famoso Carnaval del diablo, único en el mundo.

La historia de don Olimpo

Don Olimpo Morales, el padre de Otto Morales Benítez, era de origen humilde y sólo hasta más allá de su juventud logró salir de la pobreza, situación que no le impidió desarrollar su inteligencia, destacarse desde temprana edad y ganarse una beca para estudiar en la Universidad del Cauca.

Don Olimpo Morales

Fue así como salió de Marmato, su pueblo natal, hacia Popayán. Sólo que, al llegar a Riosucio, Clemente Díaz, prefecto de la provincia del Cauca (cuya capital era precisamente el municipio donde peleaban mineros y campesinos), se opuso a que continuara el viaje por haber estallado una peligrosa revuelta en Santander, la cual parecía extenderse al resto del país.

Ese oscuro vaticinio se cumplió al pie de la letra, lejos de ser Popayán ajena al conflicto que recién empezaba, a fines del siglo XIX: ¡la Guerra de los mil días!

Ante lo sucedido, el joven tuvo que dar marcha atrás, volver a Marmato y desempeñar un oficio a la altura de sus precarias condiciones económicas: zurronero en las minas, llevando a sus espaldas un pesado talego lleno de piedras.

Durante varios años, la inteligencia de que hablamos no se pudo manifestar a plenitud. Pero, fue en Riosucio donde lo consiguió. En poco tiempo, gracias a su infatigable capacidad de trabajo, el prestigio y la riqueza salieron a su encuentro, llegando a ser no sólo padre modelo y líder cívico que inspiraba respeto, sino también un ciudadano socialmente respetable y económicamente cómodo.

Se convirtió, además, en jefe local del liberalismo, a quien se debieron obras pioneras del municipio: el acueducto, la planta eléctrica y el automóvil que llegó hasta allí por primera vez, hecho que merece una mención especial, celebrada por Otto entre carcajadas, las mismas que tanto le identificarían a lo largo de su vida.

El vehículo -recordaba don Olimpo en las charlas familiares- fue llevado encima de unos palos de guadua, arrastrado por dos bueyes, y su aparición fue todo un espectáculo, tanto que los parroquianos comparaban aquello con un auténtico milagro, aunque terminaron acostumbrándose a él igual que a su conductor (al principio apodado mesié, por su origen francés, pero con el tiempo, en la última etapa de su vida, tuvo un mote bíblico que le caía como anillo al dedo: Matusalén).

Hombre de negocios

Desde chiquito, Otto, segundo hijo de don Olimpo, vivía detrás de él, persiguiéndole como una sombra o pegado -para repetir el dicho popular- como una garrapata, tanto que sus compañeros de colegio le preguntaban, sorprendidos, por qué prefería estar con los viejos en lugar de permanecer con ellos para hacer las habituales travesuras que tantos dolores de cabeza causaban a los mayores.

Por lo general, encontraba a su padre en el café (lugar típico de la región paisa, entre cafetería y bar o cantina) con los amigos de siempre, hablando de lo mismo: negocios, política, más negocios y más política.

Sobre los negocios, no era de extrañar. Al fin y al cabo, don Olimpo fungía como hombre de negocios, comprador de café y pieles que tenían como mercado a 18 municipios vecinos, tras mantener sólidas relaciones comerciales con las principales casas cafeteras del país (Pedro A. López, Alejandro Ángel, los Correa y Echeverri de Medellín, etc.), mientras despachaba el grano a Nueva York y pieles a Hamburgo. No dejaba, pues, ninguna duda sobre su espíritu emprendedor, de comerciante con éxito.

Su oficina, además, era centro cívico, como tenía que ser también por tratarse de un político destacado, liberal hasta los tuétanos, a quien unos y otros llamaban Don Olimpo (así, con mayúscula), dentro del respeto debido a quien se identificaba como un patriarca.

El sitio predilecto para las reuniones de amigos o tertulias era, por tanto, el café, a cuya puerta solían llegar todavía los arrieros con sus recuas de mulas, símbolo de la colonización antioqueña del Viejo Caldas, ese extraordinario fenómeno social que, en aquellos años cuando apenas empezaba la década del 30, ya estaba en sus postrimerías.

Otro sitio habitual era La Cooperativa, manejada por Euclides Posada, que terminó siendo escenario ideal para hablar de lo divino y lo humano, resolver los mayores problemas del mundo desde el centro de Riosucio, y, sobre todo, pontificar en torno a temas políticos, con amor visceral, profundo, por el liberalismo, partido identificado con el color rojo, intenso, que estaba metido en el cuerpo, en la sangre.

Política con Carlos Gartner

Allí participaba, en primer lugar, Carlos Gartner, cuyo ancestro alemán se remontaba a un prestigioso ingeniero de minas que llegó en el siglo XIX a la capital de la provincia donde se destacaban Supía y Marmato por sus minas de oro que habían contribuido a financiar la independencia de la Nueva Granada bajo el mando de El Libertador Simón Bolívar.

El doctor Gartner era elegante, bien vestido, aunque austero o sin ostentación, y nunca faltaba a la tertulia, siempre y cuando no tuviera que asistir, en su condición de senador, al Congreso de la República, donde permanecía todo el tiempo que duraban las sesiones por la dificultad de desplazarse a su pueblo natal (los viajes eran por tierra, ¡porque no había aviones!).

Era él quien les hablaba del Congreso, de los intensos debates entre el maestro Guillermo Valencia y Antonio José –Ñito- Restrepo sobre la pena de muerte, y hasta de las características de ambos contendores (la melena del primero, que le daba una aureola espiritual, y la alegría del segundo), quienes coincidían en su profunda formación intelectual, común a los máximos dirigentes parlamentarios de la época.

Les hablaba asimismo de las recias disputas entre conservadores y liberales, cuando estos, sin terminar aún la larga hegemonía goda que se extendió durante más de cuatro largas décadas, eran una pequeña minoría a la que discriminaban los miembros del partido gobernante.

“¡Cuidado se entienden con los liberales!”, advertían los máximos jefes de la colectividad azul a sus fieles seguidores, temerosos de perder el poder, según les contaba.

En el mundo de las letras

En aquellos momentos, no faltaban las referencias a la prensa con sus últimas noticias y editoriales (en especial de El Tiempo, escritos por Eduardo Santos), cuando los periódicos llegaban en rollos, envueltos en papel encerado para protegerlos del agua, hasta lugares como la oficina de don Olimpo, quien los leía en voz alta a un grupo de copartidarios locales, en su mayoría analfabetas, poco después de concluir el trabajo diario, hacia las cinco y treinta de la tarde.

El pequeño Otto, con apenas diez u once años de edad, continuaba la lectura al cansarse su padre o simplemente cederle el lugar para destacarlo en público por su prematuro vozarrón que auguraba a un brillante orador metido en la política.

Éste fue, en fin, el origen político de Otto Morales Benítez, al lado de su padre, durante las agitadas tertulias en que participaban importantes personalidades locales con una visión humanista, intelectual, periodística, que le rendía culto a la elocuencia parlamentaria en su máxima expresión.

Y si bien entendía poco de los editoriales que leía y de las discusiones que escuchaba entre los veteranos líderes del pueblo -“Yo era el único muchacho que les acompañaba”, dice-, las palabras se le fueron quedando en la memoria, listas a salir en cualquier momento.

O saldrían cuando más las necesitaba, sobre todo en las plazas públicas donde no tardó en hacer gala de su retórica grecocaldense, o en sus escritos que empezaron a aparecer en publicaciones locales, de circulación restringida, casi clandestina.

 La herencia materna

La madre de Otto Morales Benítez, doña Luisa Benítez, es cuento aparte. Nacida en una familia de escritores y abogados, sus primeros años los pasó en Medellín. Pero, fue en Fredonia (Antioquia) donde realmente se formó. En su casa, y por el prestigio de su padre, solían reunirse importantes personalidades del departamento, tanto políticos como intelectuales.

Luisa Benítez

Baste decir que el general Rafael Uribe Uribe, propietario de una hermosa finca en Fredonia, siempre los visitaba al pasar por el pueblo. Por ese motivo -explica Otto-, ella les transmitió a sus hijos un vasto repertorio de cuentos y anécdotas del jefe liberal, quien fuera vilmente asesinado en Bogotá, a la salida del Capitolio Nacional, a comienzos del siglo pasado.

Por el ambiente familiar y su gran sensibilidad, le gustaba más la poesía y la novela, es decir, el fascinante mundo intelectual, acaso por ser pariente lejano de Porfirio Barba Jacob.

Fue, pues, su guía intelectual por excelencia, a cuya sombra se formó un grupo de escritores: los Morales Benítez.

Así las cosas, con el liberalismo visceral que le venía por punta y punta, Otto tenía que salir liberal y volcarse a la política desde los años mozos o, mejor, desde la infancia.

El intelectual, a su vez, surgió más o menos al mismo tiempo que el político. De su madre -insistamos- heredó la pasión por la literatura, pero fue en la escuela donde sus preocupaciones literarias se desbocaron.

Del cacharrero al peluquero

La lectura, sin embargo, era prohibida a los jóvenes del pueblo por temor a que los estudiantes se volvieran ateos o anarquistas y descuidaran sus tareas escolares.

De ahí que muchachos como él tuvieran que recurrir al cacharrero Saulo García, quien les alquilaba un libro por centavo. Fue éste el único medio que él tuvo para leer las obras de Víctor Hugo, Vargas Vila, Balzac, Quevedo y Góngora, aliado, eso sí, con varios cómplices como Danilo Cruz Vélez y los hermanos Heliodoro y José María Cataño.

Por las noches le seguían los pasos al peluquero, Olegario Villegas, un bohemio empedernido que en sus borracheras declamaba, hacía citas célebres que ellos aprendían de memoria y pronunciaba exaltados discursos en los que intercalaba párrafos enteros de las mejores novelas europeas.

Los sábados y domingos, mientras sus demás compañeros jugaban fútbol y elevaban cometas, preferían irse al teatro, donde las películas eran interrumpidas para escuchar y aplaudir “al escritor que vino de Medellín”, tras lo cual se efectuaban concurridas y ruidosas manifestaciones por las calles del pueblo.

Y no eran solamente el cacharrero y su biblioteca, o el peluquero y su bohemia oratoria, o el teatro y sus espectáculos literarios. También Riosucio tenía pintor: Ángel María Palomino (citado por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra), cuyas obras, en las que retrató la vida pueblerina a la manera de cuadros de costumbres, se encuentran esparcidas por pueblos de Caldas y Antioquia, mientras su importancia artística a duras penas empieza ahora a reconocerse.

Una fuente de poesía

Había igualmente un novelista: Rómulo Cuesta, cuya novela Tomás fue calificada por el ensayista Javier Arango Ferrer como de gran valor histórico al revivir pasajes memorables de la Guerra de los mil días.

Finalmente, estaban los escritores, talladores y orfebres, quienes sin formación académica dejaron cientos de obras, “prueba cabal -según Morales Benítez- del talento natural del riosuceño”.

En síntesis, Riosucio era una fuente de poesía, arte y magia popular.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua