18 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

“Nunca pensé en ser escritor”: Arciniegas

22 de agosto de 2021

 

Imagen Panorama Cultural

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Esta entrevista a Germán Arciniegas (1900-1999), Miembro Honorario de la Academia Colombiana de la Lengua, se hizo en 1995, cuatro años antes de su muerte, para la serie “Perfiles de Historia Económica” que se integró luego a la primera edición del libro “Protagonistas de la Economía Colombiana” (1997) y formará parte del próximo volumen de mis Obras Escogidas en Amazon: “Crónicas de vida en tiempos de guerra”.

El hombre del siglo

“Tengo 95 años”, recuerda. Y agrega, con algo de su humor característico y mucha de su falsa modestia: “Écheme ese trompo en la uña”.

Es Germán Arciniegas. Ahí está, en su residencia al norte de Bogotá, abrigado como un niño; ciego, completamente ciego, sin poder siquiera leer (o releer) los numerosos libros que ha escrito; con audífonos que no sólo le permiten vencer la sordera sino tomar conciencia del espacio en que se encuentra, y lúcido a pesar de los años, del casi siglo entero que lleva encima, y de los múltiples recuerdos que se acumulan atropelladamente en su memoria: los suyos, personales, de su familia, y los del país y América, su gran obsesión.

¿Piensa en la muerte? Claro, la siente encima. Pero, confía en que Dios le dé vida hasta más allá del año dos mil para celebrar -según él- los 500 años del descubrimiento del Nuevo Mundo, volviendo a su controvertida tesis de que Colón no pisó el continente americano sino hasta una década después de haber desembarcado en las Antillas.

“Todo depende de la voluntad divina”, observa con cierto aire pesimista. O de resignación cristiana.

¿Y los libros, la extensa biblioteca que uno imagina antes de visitarle? Fue donada a la Biblioteca Nacional, al igual que su correspondencia con Haya de la Torre, Vasconcelos, Pellicer…

Vive de los recuerdos. Todavía se siente El estudiante de la mesa redonda, joven, muy joven, y con bríos suficientes para producir su mejor obra si no fuera porque hasta su única columna periodística la tiene que dictar por incapacidad física para escribirla.

“A veces se me resbala la cabeza”, aclara.

Con sangre cubana

De la mano de una memoria prodigiosa llega hasta su bisabuelo, autor del himno de alguna revolución cubana (no la de Castro, como es obvio), quien fuera fusilado allí, en la paradisíaca isla del Caribe.

Fue entonces cuando la abuela -continúa el relato- huyó a La Florida, en Estados Unidos, donde se casó con quien sería su abuelo, también cubano y también desterrado como consecuencia de las guerras civiles en su convulsionado país.

Después viajaron a Colombia -“En tiempos de Cisneros, quien hizo el Ferrocarril de Antioquia”-, concretamente a Boyacá, donde nació su madre.

La familia paterna, en cambio, era del Tolima, de Coyaima. Durante la Guerra del 75, una de esas tantas guerras del siglo XIX, tuvo que huir con los suyos a Honda tras el fusilamiento del abuelo, Eladio Arciniegas, y poco después a Bogotá.

Fue acá, en la capital de la república, donde su padre tolimense conoció a su madre de origen cubano. Y aquí fue el matrimonio, unión de la que él nació, entre otros hijos.

“¿Algún parentesco -le pregunto- con Ismael Enrique Arciniegas, el poeta?”.

“¡Qué va!”, responde.

Mientras aclara que el vate era de Curutí, en Santander, subraya que de su familia nadie se destacó (como no fuera él mismo, supongo).

El único acaso que le compite en celebridad es Joaquín, hermano de su padre, historiador como él y nada menos que fundador de la Academia Colombiana de Historia. “Se fue a Centroamérica y nunca más volvió a Colombia”, dice como si se tratara de algún personaje novelesco, no de alguien real, bastante cercano en la sangre.

Sobre la infancia, calla. O pasa de largo. Cuando uno menos piensa lo lleva hasta 1919, año en que se transformó -sabrá Dios cómo- en el primer agitador estudiantil del país, en plena Hegemonía Conservadora, con miras a abrirle paso a aquella República Liberal que vendría una década después, en 1930, y a la cual sus coetáneos le atribuyen mucha parte de responsabilidad.

Es ahí, sobre todo, donde la memoria le funciona mejor; donde habla de corrido, con entusiasmo, haciendo olvidar sus 95 años a cuestas, y de donde no se quiere mover a pesar de nuestra insistencia por sacarlo y ponerlo a rememorar otras épocas, como cuando fue ministro.

Los sicólogos y futuros biógrafos tendrán mucho que decir al respecto.

El agitador estudiantil

Eran los tiempos de la revolución universitaria argentina. Él, Germán Arciniegas, cursaba estudios en la Escuela de Comercio (en la carrera novena entre calles diez y once), centro educativo dirigido por algún alemán que al parecer introdujo un novedoso sistema de enseñanza en el país.

No tenía, pues, los veinte años. Y así, aún imberbe, le dio por promover la creación de la Federación Nacional de Estudiantes, pretendiendo quizás repetir la citada experiencia argentina. “Era un agitador, un gran agitador”, según lo recuerdan sus compañeros, los pocos que le quedan, de su generación (entre ellos, El Cofrade Alfonso Palacio Rudas).

Pero su vocación intelectual, a pesar del espíritu revolucionario (o a lo mejor por ello), no tardó en manifestarse: como sus ambiciones eran continentales, de dimensiones hispanoamericanas, entabló correspondencia con los principales pensadores del momento en lengua española, desde Víctor Raúl Haya de la Torre, José Ingenieros y Rafael Altamira hasta José Vasconcelos y José Juan Tablada, punto de contacto con Carlos Pellicer, el extraordinario poeta mexicano.

Haya de la Torre fue su amigo desde antes de fundar el Aprismo y le escribió -añora- “hasta el último día”; Ingenieros respondió siempre a sus cartas; Altamira, quien entonces era para España lo que luego fue don José Ortega y Gasset, le envió un mensaje para leer en la posterior Asamblea de Estudiantes, y en ésta, realizada hacia 1921 o 1922, Vasconcelos, líder del movimiento estudiantil en México, fue proclamado Maestro de la juventud colombiana, ejemplo seguido después en otros diez países latinoamericanos.

Esa Asamblea Estudiantil fue todo un éxito, asegura. Vinieron delegados de numerosas naciones del continente, encabezados por el enviado de Vasconcelos, José Juan Tablada, quien se apareció en compañía de un joven que todavía no publicaba su primer libro de versos: Carlos Pellicer, el mismo que terminaría siendo compañero de estudios, en el Colegio Mayor del Rosario, de los hermanos Carlos y Juan Lozano y Lozano.

“Es que Pellicer -sostiene- fue candidato al Premio Nobel de Literatura mucho antes que Octavio Paz, a cuya generación pertenecía…”.

Y a través de esta intensa actividad, con tan buenos padrinos a disposición, Arciniegas entró a liderar el movimiento estudiantil colombiano, orientado desde la Federación Nacional que estaba bajo su mando.

Dicha Federación institucionalizó en todo el país, con “la movilización de media Colombia”, la Fiesta Nacional de Estudiantes, cuya primera reina fue Maruja Vega, coronada con un elocuente discurso de quien después sería jefe máximo del Partido Conservador: Laureano Gómez.

Era la época de la Unión Republicana, unión reflejada en la propia Federación, si bien se imponía -¡cosa extraña!- una notoria mayoría liberal de estudiantes, ¡con la vicepresidencia en manos de un conservador! Y El Monstruo -repitámoslo- fue el orador central en la noche de coronación.

Escritor de mesa redonda

“Nunca pensé en ser escritor”, confiesa. Ni orador -agrega-, sino simple agitador. A la hora de pronunciar discursos, lanzaba a la palestra a José Camacho Carreño y Gabriel Turbay, quienes iniciaron su vida pública en la Asamblea de Estudiantes.

Pero, de buenas a primeras comenzó a escribir. Primero en un periódico estudiantil, donde defendía la candidatura de Vasconcelos para ser proclamado Maestro de la juventud colombiana -¡un mexicano!-, y luego, pocos años más tarde, en La Voz de la Juventud, cuando cursaba la carrera de Derecho en la Universidad Nacional, publicación que financiaba con sus propios recursos.

Se estaba quebrando. Y con él, a su familia. No sólo se gastó la herencia paterna sino que ya había echado mano de la materna, en forma anticipada. “Nos vamos -le dijo su joven esposa- porque nos arruinarás a todos”.

Se fueron. A Nueva York, por más señas. La imprenta de su propiedad, donde editaba el periódico, la alquiló por trescientos pesos, renta apenas suficiente para sobrevivir. Y cuando le suspendieron el pago, no tuvo otra salida que irse “disparado” hacia Londres, donde lo nombraron secretario del consulado.

Allí estuvo dos años. De vez en cuando enviaba artículos a El Tiempo, con cuyos propietarios, de la familia Santos, mantenía (y aún conserva) una estrecha amistad.

Apenas bordeaba los treinta años cuando escribió El estudiante de la mesa redonda. Era una especie de autobiografía, de diario donde consignó sus agitadas experiencias juveniles; a lo mejor por eso, por la sinceridad de su mensaje, el libro fue devorado de inmediato a lo largo y ancho de América Latina.

Fue un best seller, como ahora se dice. Lo editaron en España, allí donde se imprimían las obras del inolvidable Pío Baroja, y fue tal su éxito, tal su consagración, que gracias a él fue elegido representante a la Cámara, “sin mover un dedo”.

Lo cierto es que los liberales lo ubicaron en segundo renglón de las listas oficiales, confiados en que la popularidad de Arciniegas les traería votos a su favor. No se equivocaron, por fortuna.

Ni él se equivocó cuando después prefirió su vida intelectual a la política. Vendrían Los Comuneros, que lo obligó a encerrarse tres años en el Archivo Nacional; Biografía del Caribe, traducida a numerosos idiomas, y, en fin, 55 libros publicados, todos los cuales tienen -según dice- un tema en común: América, “la mayor creación del hombre” en su concepto.

“¿Su mejor obra?”, le pregunto. No lo piensa dos veces para contestar: “La que no he escrito”, aunque su mirada, vacía y siempre dirigida hacia arriba, sugiere que la ha pensado y concluido acaso en su imaginación, la misma que por momentos se confunde con la memoria.

Futuro en el pasado

Fue ministro de Educación en los gobiernos de Eduardo Santos y Alberto Lleras, de cuya gestión destaca dos hechos en particular: la recuperación de la Media Torta, en Bogotá, para espectáculos artísticos, y el nombramiento del poeta Jorge Rojas como Agregado Cultural, lo que permitió lanzar la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, donde se publicaron “cerca de cien libros”.

Y no duda en citar al ex Presidente César Gaviria por haberlo relevado -¡a él, a Germán Arciniegas!- y dejar a su esposa, Ana Milena, en la presidencia de la Junta organizadora de la celebración de los 500 años del descubrimiento de América, todo por unas tesis históricas que aún están en discusión.

“Pero, me resultó mejor para poder trabajar”, observa.

Siguió trabajando. Su más reciente libro, entre los más vendidos durante las últimas semanas en las principales librerías del país, es sobre Bolívar y Santander, dos figuras que le atraen por encarnar la libertad y la independencia que, a su modo de ver, deberían ser el emblema de nuestro escudo patrio.

El futuro de América, a su turno, lo ve hacia atrás, hacia el pasado. “Hay que volver sobre nuestro destino original y afirmarlo”, sentencia. ¿Cuál destino? El de los valores supremos, el de la honestidad, que constituye el reto -afirma en tono oratorio- de las nuevas generaciones.

“¡Échele por ahí!”, señala.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua