27 de septiembre de 2021
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Lucía

1 de agosto de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
1 de agosto de 2021
Desde que conocí a Lucía, Lucía siempre tuvo alas. Mi primer recuerdo de Lucía, de su rostro, está patente. Estaba enmarcado por una ventana de un primer piso, en la carrera 23 de Manizales, cerca del Parque de Caldas y a unas dos cuadras del edificio de Don Jaime Corrales, su padre, hacia la Catedral, que era la calle real de la ciudad capital de Caldas. Tendría unos 13 años- yo era de unos 18- y era tímido. Lucía tenía amigos, hablaba y hablaba, reía y reía. Vestía su uniforme del Colegio del Sagrado Corazón, y con mi primo William Ramírez Tobón- tan tímido como yo- la veíamos pasar sin atrevernos a abordarla. Creo que fue ella quien comenzó la conversada, que conmigo duró hasta su muerte. El par de muchachos provincianos acechaban la ventana, solo para hablar con ella. Lucía nos recibía extrañada, porque esos muchachos iban con las manos vacías de chocolatas o de almendras. Pero eso sí, le regalaban versos. Tal vez la Rimas de Bécquer, los azulados versos de Carranza y le prestaban algunos libros, tal vez de Simone de Beauvoir y de Camus. Y del contagioso Sartre. Pero no era asunto de todos los días.
Lucía Corrales
De pronto Lucía reaparecía en la calle, con unas hojas de pentagramas musicales en sus manos. Supimos que recibía clases de piano, en su casa y en la Escuela de Bellas Artes. Lucía cumplió quince años y su fiesta fue un acontecimiento social. Lucía terminó bachillerato y se fue a estudiar Humanidades a la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Fue Directora de su Revista, como universitaria, y se graduó. Regresó a Manizales y se casó con el joven Abogado Hernando Yepes Arcila y tuvo hijos, a Nicolás y a Marcelo.
Y Lucía fiel a sus inclinaciones artísticas e intelectuales fue motor de empresas culturales durante varios años, en Manizales. La Sociedad Procultura, cuya sede fue el Teatro Los Fundadores, incursionó en programaciones y en iniciativas. Creo que ahí estuvo el horno de lo que después fue el magno evento, la osadía cultural más extraña y exitosa de Latinoamérica: el Festival de Teatro de Manizales. Lucía, como no, anduvo a la par con su junta directiva. Y se convirtió en la gran relacionista. Por su residencia en La Francia, desfilaron los más encumbrados delegatarios del movimiento teatral del mundo y de los movimientos ideológicos y del pensamiento en boga. Con Hernando, se proclamaron en forma natural como cónsules del certamen. Veladas y tenidas luminosas y mágicas se sucedieron bajo su generoso anfitrionazgo.
 Lucía nunca dejó de tener alas y extenderlas, como cuando después rigió la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Caldas, ni en sus clases de arte ni en la Extensión cultural de la Universidad Nacional, ni en sus cursos de apreciación pictórica, que programó con Clemencia Latorre Durán, su providencial mancorna, para volar muy alto. Viajó por tierras de Latinoamérica, y en Europa alimentó sus disciplinas estéticas. Los museos y las academias, le proporcionaron la disección y el análisis del arte universal. Y los pinceles y las paletas la imanaron. Su producción pictórica, copiosa pero reservada por los estragos de un excesivo sentido de la autocrítica, bien merece sacarse a la luz pública.
 Y la poesía, los cuentos, las novelas, devoradas y comentadas en largas y espirituosas tardes y noches de bohemia, siempre rodeada de músicas y cantos, redondearon una personalidad descollante e inspirada. Revoloteaba con su humor, vitriólico en ocasiones, y como unas castañuelas alegraba los ámbitos siempre pródigos e incluyentes de su sala de recibo, donde un piano -su piano de siempre- enmarcaba muchas veces las inspiradas voces de los dionisíacos contertulios. La vida era menos lóbrega, era más sonreída en sus polifacéticos entornos. Editó su poemario » El Regreso de Camille», que, su inspiración, para Omar Morales Benítez, su prologuista «permite que se estime, se sopese, se avale la fina sensibilidad, la entrega anímica, la audacia del sentimiento en sus dispares gradaciones y la linfa lírica que los alimenta, para la autora definirse sin maquillajes retóricos, ni caretas de carnaval».
A la hora menos pensada, Lucía decretaba silencio. De su equipo de sonido, las notas de los intérpretes más desconocidos e inspirados, nos sorprendían con sus voces y sus mensajes, de la más decantada originalidad. A tantos y tantos cantautores Lucía nos obligaba a oírlos, porque le llegaban de primera mano con los visitantes de las más remotas geografías. Y para que le oyéramos sus historias. Que, con su imaginación desbordada, siempre la narración era nueva, así la trama fuera la misma. Sus alas burlonas las expandía por el ambiente y Lucía, divertida, reía ante el desconcierto de sus contertulios.
Cada quien de los que conocimos a Lucía, vamos a reinventar su vida en cada recordación, que no tendrá fin, porque en las penumbras del tiempo y del siempre jamás, su vuelo, su discurso existencial, vendrá a la mente de quienes fuimos sus amigos. Que fueron tantos y tantos, que pecaríamos por omisión si nos atreviéramos a llamarlos por su nombre para que acudieran a rebato a esgrimir el duelo que los embarga. Pero si hay que homenajear a la amistad, creo que estaremos de acuerdo en que ella se concreta y representa en Clemencia Latorre Durán, su amiga-hermana, cuyos hombros samaritanos fueron su soporte permanente. Gracias Clemencia por habernos querido tanto a nuestra Lucía.
Y en esta tarde grisácea, de garúa sabanera, después de haber acompañado a la distancia el vuelo de las cenizas de Lucía a lo etéreo, en Manizales, nos invaden los arpegios de una guitarra y una voz. Alcira Vargas, a quien Lucía tanto quería, nuestra amiga común, en el rasgueo de su instrumento y en el sentimiento de su voz, nos deja para la nostalgia y para las lágrimas, su interpretación de la desolada canción de Horacio Guarany, con la que a Lucía Corrales identificábamos desde cuando creíamos que la muerte no se atrevería con Lucía, porque Lucía era humana, demasiado humana, lo que pensábamos que la salvaría de la efimeridad: «Nadie como tú, con tu tristeza,/ nadie como tú, con tu ternura…/ Porque ya nadie, como tú/ ya nunca nadie/ con tu lluvia,/ con tus vientos/ como dos pumas hambrientos/ nunca más, ya nunca nadie/ nadie río, nadie trueno,/ nadie tierra/ nadie incendio, nadie cielo,/ nadie fiebre/ nadie miedo, trigo suelto/ nadie flor ni hermosa trunca/ nadie más yo sé que nunca/ como tú ya nunca más.»/. Amiga, y mujer- poema, hasta siempre.