27 de septiembre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Johan Huizinga, Erasmo, Ediciones Ulises.-

1 de agosto de 2021
1 de agosto de 2021

Apuntes, d.j.a.

Johan Huizinga (Países Bajos, 1872-1945) es uno de los historiadores más notables del siglo XX. A la vez, sus libros históricos –como el ya clásico Homo ludens– son mucho más que historia. Yo ignoraba que semejante escritor hiciera alguna biografía hasta tropezar con la que escribió sobre el tal vez más importante neerlandés de todos los tiempos, Erasmo de Rotterdam.

El niño triste quiere ser poeta.- La vida de Erasmo va desde 1466 a 1536. Quedó huérfano muy joven, casi niño, y los tutores que lo tenían a su cargo, por conveniencia de ellos, lo internaron primero en un convento como estudiante y, luego, lo indujeron a que entrara en un monasterio como religioso. El mismo Erasmo dejó escritos sus recuerdos de esos años: “los religiosos no se proponían otra cosa sino destruir todas las dotes naturales con bofetadas, reprimendas y severidad, con el fin de hacer aptas las almas para el monasterio”.

Se defendía de esa opresión con su pasión de aprendizaje del latín, de la literatura latina, hasta un dominio asombroso. Cuando era joven poeta latinista “menciona a los siguientes autores como sus modelos poéticos: Virgilio, Horacio, Ovidio, Juvenal, Estacio, Marcial (…). En prosa imita a Cicerón (…)”. En todo caso “sólo está interesado en escribir versos latinos y en la pureza de su estilo latino (…). Los teólogos burdos, rutinarios, de cortos alcances –pues tales le parecían– que lo rodeaban, ni le hacían caso ni lo alentaban. La fuerte propensión de Erasmo a imaginarse amenazado y perjudicado, prestaba a su posición un tinte de mártir del talento sojuzgado. Se queja a Cornelio en exquisito metro horaciano del desprecio en que se tiene a la poesía; su compañero monje le ordena que deje descansar su pluma acostumbrada a escribir poesía. La roedora envidia lo fuerza a renunciar a componer versos”.

“Erasmo fue ordenado el 25 de abril de 1492 (…). Él mismo declaró más tarde que raramente había dicho misa. Encontró la ocasión de dejar el monasterio cuando le ofrecieron el puesto de secretario del obispo de Cambray, Enrique de Bergen. (…) Comenzó una carrera que era muy frecuente y codiciada por aquel tiempo: la de un intelectual a la sombra de un gran personaje (…). Servir al obispo le resultó casi un desengaño (…). El contacto con el mundo de la política y la ambición probablemente habían desconcertado a Erasmo. Nunca tuvo aptitudes para ellas. Cuando se vio forzado a ocuparse de ellas, no vio más que amargura y confusión en torno a él”. Al respecto escribió: “¿Dónde están la alegría y el reposo? Dondequiera que vuelva los ojos sólo veo desastre y crueldad. ¿Y con tanto bullicio y clamoreo a mi alrededor, queréis que halle comodidad para el trabajo con las Musas?”.

El joven cura quiere ser teólogo.- A fines de 1495 llegó Erasmo a la universidad de París como estudiante de teología. Pero más allá de carecer de interés, fue poco a poco desarrollando una especie de aversión entre irritada e irónica: “esos estudios hacen a un hombre quisquilloso y pendenciero; ¿pueden hacerlo sabio? Agotan el espíritu con una especie de árida y estéril sutileza, sin fertilizarlo ni inspirarlo. Con sus balbuceos y con las manchas de su impuro estilo desfiguran la teología que había sido enriquecida y ornada por la elocuencia de los antiguos”. Y, en otro texto, reprocha el estilo de los teólogos de su tiempo: “nadie puede comprender los misterios de esta ciencia si tiene el menor trato con las Musas o las Gracias. Todo lo que haya uno aprendido en buenas letras, debe ser desaprendido”.

En 1499, Erasmo fue por un año a Inglaterra. En Oxford conoció a Juan Colet. Cuenta Huizinga que “fueron las palabras y el ejemplo de Colet los que cambiaron primero la inconstante ocupación de Erasmo en los estudios teológicos, en firme y duradera resolución de convertirlos en la actividad de su vida”. Ya se refiere con distancia a la poesía y a la retórica: “han dejado de serme placenteras desde que han dejado de serme necesarias”.

Los Adagia: rumbo a la celebridad.- Al salir de Inglaterra perdió 20 libras, todo el dinero del mundo, para él. La ruina absoluta de alguien que siempre anduvo necesitado de dinero. Y esto lo afectó mucho. Pero la catástrofe económica lo obligó a ponerse las pilas: “me resolví a publicar algo lo más pronto posible. Y como no tenía nada preparado, rápidamente reuní, en pocos días de lectura, una colección de Adagia, suponiendo que aquel librito, saliese como saliese, por su solo utilidad iría a parar a manos de los estudiantes”.

Huizinga cuenta que se trata de 838 “dichos proverbiales sacados de autores latinos de la antigüedad, y explicados para uso de los que aspirasen a escribir en elegante estilo latino. En su dedicatoria, Erasmo aludía al provecho que un autor puede obtener a un mismo tiempo, de ornamentar su estilo y reforzar su argumentación, teniendo a su disposición una buena provisión de sentencias consagradas por su antigüedad. Se propone ofrecer esta ayuda a sus lectores. Pero lo que en realidad ofrecía era mucho más. Familiarizaba de aquel modo a un número de personas mucho mayor del que los anteriores humanistas habían alcanzado, con el espíritu de la antigüedad”.

Y agrega el mismo Huizinga sobre el cambio histórico que produjo los Adagia: “hasta entonces, los humanistas habían monopolizado en cierto modo los tesoros de la cultura clásica para hacer ostentación de sus conocimientos de que estaba destituida la muchedumbre, y así convertirse en extraños prodigios de saber y elegancia. Con su irresistible necesidad de enseñar, su sincero amor por la humanidad y su cultura general, Erasmo introdujo el espíritu clásico, en cuanto podía reflejarse en el alma de un cristiano del siglo XVI, entre el pueblo. No lo hizo así él solo; pero nadie lo hizo con mayor extensión y más eficacia”. De esta manera, “Erasmo puso en circulación el espíritu clásico. El humanismo dejó de ser privilegio exclusivo de unos pocos. Según dice Beato Renano, algunos humanistas le habían echado en cara, cuando iba a publicar los Adagia, que divulgaba los secretos de su oficio. Pero él deseaba que el libro de la antigüedad se abriese para todos”.

De los 838 proverbios de la primera edición, la obra fue creciendo a medida que se reeditaba y, más, después de que Erasmo dominó a la perfección el griego. Puede ser uno de los libros más editados del siglo XVI. La última edición que se hizo en vida de Erasmo contiene 4251 adagios. Erasmo se convirtió en una celebridad en toda Europa. El uso del latín –lengua común para los humanistas– le dio dimensión continental a su trabajo. Y la imprenta fue el necesario aliado multiplicador de su obra y de su fama.

Erasmo pasará el resto de su vida reeditando su cada vez más voluminosa Adagia, pero desde 1504 tiene claro que se dedicará principalmente a la teología. Tiene dos proyectos principales: una traducción del nuevo testamento y una edición anotada de los escritos de San Jerónimo, su padre de la iglesia favorito.

Entre 1506 y 1509 vive en diferentes lugares de Italia. Se destaca su temporada veneciana, casi un año sumergido en la imprenta de Aldo Manucio, primero, nada extraño, reeditando su Adagia con nuevos materiales procedentes del griego, que ya dominaba. Huizinga sentencia que ése es “el ambiente que en lo futuro habrá de ser su verdadero elemento: la imprenta”. Huizinga no vivió el cambio que ha significado la era digital, pero aún así, es lo suficientemente perceptivo para identificar la clase de revolución que comporta la novedad tecnológica: “Erasmo pertenecía a la generación que había crecido al mismo tiempo que el joven arte de la imprenta. Para el mundo de aquellos días era todavía un instrumento recientemente adquirido; la gente se sentía rica, poderosa, feliz, en posesión de aquella ‘máquina casi divina’. La figura de Erasmo y su obra se hicieron posibles por el arte de la imprenta. (…) ¿Qué hubiera sido Erasmo sin la prensa de imprimir? Propalar los antiguos documentos, depurarlos y restaurarlos fue la pasión de su vida”.

Gracias a la novedad de la imprenta y al uso que le dio, Erasmo se convirtió en una celebridad. La imprenta “lo capacitaba para ejercer una influencia inmediata sobre el público que leía en Europa, como no la había ejercido nadie antes que él; para llegar a ser un foco de cultura en el pleno sentido de la palabra; una estación intelectual; una piedra de toque para el espíritu de su tiempo”. Y luego Huizinga le pone nombre a ese papel de Erasmo: “mucho de esa obra escrita directamente para la imprenta es en el fondo periodismo”. Erasmo protoperiodista. Erasmo coinventor del periodismo.

El Elogio de la locura.- Iba de Italia a Londres y, en el camino, como distracción, como ejercicio de reflexión, en fin, casi como un juego, Erasmo concibió el Elogio de la locura. Conversaba mentalmente con el amigo que iba a ver pronto, Tomás Moro, y reflexionaba sobre “cuánta ambición, cuánto engaño de sí mismo, cuánto orgullo y vanagloria llenaba el mundo”. Éste es el punto de partida del Elogio de la locura: la mentira social, aceptada como verdad, como aglutinante social. La locura de llamar verdad a la mentira: “sin mí –dice la Locura– el mundo no podría existir ni un momento. Porque, todo lo que se hace entre mortales ¿no está lleno de locura? ¿no está ejecutado por locos y para locos? (…) No hay sociedad ni compañía juntos, y que pueda ser agradable ni durar sin la locura; hasta el punto que un pueblo no puede tolerar a su príncipe, ni el amo a su criado, ni la criada a su ama, ni el preceptor a su discípulo, ni el amigo a su amigo, ni la esposa a su marido, un momento más, si, ora no disparatan juntos, y ora no se adulan mutuamente; o bien sensatamente se hacen la vista gorda, o se untan con un poco de miel de locura”. Añade Huizinga a esta cita de Erasmo: “el que arranca las máscaras de la comedia de la vida, es echado de ella (…). Corresponde a los verdaderamente sensatos mezclarse con toda clase de gente, ya haciendo de buena gana la vista gorda ante sus locuras, ya afablemente errando con ellos”. Está, además, la hermana de la locura, que es “amor de sí mismo”. Y está “la vanagloria. Esta locura es la que crea los Estados; por ella existen los imperios, las religiones, los tribunales”. Y, encima de todo, está la familia de la locura: su padre es Plutón “el dios de la riqueza, a cuya señal parecen trastocarse todas las cosas, y de acuerdo con cuya voluntad se regulan todos los asuntos humanos”.

A pesar del éxito que tuvo, Erasmo “habla en tono despectivo” del Elogio de la locura: “lo tiene por insignificante”. Huizinga, hablando en primera persona, le sale al paso: “a mí me parece que en este caso se ha obrado con perfecta justicia. El Elogio de la locura es su mejor obra (…). Sólo cuando el buen humor iluminó aquella mente, llegó a ser verdaderamente profundo”.

Ya convertido en personaje, Erasmo vivió en Inglaterra entre 1509 y 1514. Luego saltó al continente y vivió entre Basilea y Alemania los años siguientes. En Basilea se publicaron su San Jerónimo y su traducción del Nuevo Testamento. Por estas dos obras “se convirtió Erasmo en el centro del estudio científico de la teología, como ya era al mismo tiempo el centro y la piedra de toque de la erudición clásica y del buen gusto literario”. En adelante, en Lovaina o en París, en Inglaterra o en Alemania había “muchedumbres que lo aclamaban y lo rodeaban cada vez más (…). En Bruselas estaba de continuo incomodado por las visitas de españoles, italianos y alemanes que querían luego alabarse de sus entrevistas con él. (…). Pero, sobre todo, su correspondencia creció inmensamente (…). Ahora llovían sobre él las cartas de todas partes, suplicándole respuesta”. Aprovechaba su fama para soltar teorías adelantadas a su tiempo o contrarias a la opinión general. Por ejemplo, pensaba que el adulterio de los hombres “debe ser castigado, pero el de las mujeres perdonado”.

Todavía me falta hablar de los últimos años de Erasmo, cuando lo más importante que sucedió en su ámbito de fama y poder fue la reforma luterana. Lutero admiraba a Erasmo, y le coqueteó. Erasmo dudaba. Siempre dudaba. En todo dudaba. No era un hombre seguro de sí mismo. Y todo el mundo le caía con dureza. Unos porque no adhería a Lutero. Otros porque no lo lanzaba a las tinieblas exteriores.

Más bien termino, siempre fiel a terminar en punta, con la respuesta que dio cuando le reprocharon que publicara tantos libros, aun cuando reconocía que no le satisfacían. Contestó: “en primer lugar, porque no puedo dormir”.