16 de mayo de 2022
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Hundir el país para salvar los rencores

7 de agosto de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
7 de agosto de 2021

El Perú se jugó su democracia mayoritaria, la de las urnas populares, en una contienda que dejó al país dividido en mitades, las que quedaron agenciadas por los líderes de los extremos, el del fujimorismo y el marxista-leninista. Se quedó sin restos para casar en la democracia de la negociación, indispensable para gobernar.  Con la posesión de Castillo finalizó la elección trágica de escoger entre el naufragio o aferrarse a un tronco a la deriva. Y se dio inicio a lo que puede ser una comedia. Está por verse cómo quienes sembraron como radicales puedan cosechar como conciliadores. El precio a pagar, por conseguir votos polarizando a la población, es la desconfianza del legislativo que no le aprobará cualquier Gabinete, y mucho menos le   dará espaldarazo a una Asamblea Constituyente, la promesa de Pedro.

La polarización encuentra terreno fértil en mentes simples que tienen la terrible necesidad de orientarse en la vida con un sistema de señales igualmente elemental, de blanco, con el que pintan la pared en las que cuelgan los sucesos e ideas de su preferencia, y de negro en el que instalan sus rencillas y los personajes de su encono, y en los que, para su falsa tranquilidad, descargan la culpabilidad por todo mal evento. Es un mundo en el que no hay dudas, solo se ama o se odia.

Mauricio García Villegas, coterráneo, ofrece una lectura de nuestra historia, no a la manera convencional sirviéndose la evolución de las instituciones jurídicas o de la biografía de presidentes, sino buscando las claves del desenvolvimiento de nuestro acontecer en los sentimientos sociales de los colombianos. ¿Cuáles son los arreglos emocionales que han dominado en la historia de Colombia?, resolver la inquietud es uno de los propósitos de su libro, El país de las emociones Tristes, iluminador texto que se sirve de la filosofía práctica con erudita sencillez.

No necesita García hurgar demasiado para toparse con una manifestación emocional predominante, la vehemencia con el que la que colombianos practicaron el partidismo político. Nota peculiar y de asombro para los colombianistas – historiadores extranjeros que nos han enseñado nuestra historia-, y para los visitantes extranjeros, según lo registra Malcolm Deas, y nos lo cuenta Mauricio.

Ciertamente hasta mediados del siglo pasado la identidad partidista, de liberal o conservador, era avasallante. Era también la de familia, según Santa, el carné del partido venía atado al cordón umbilical. Y estaba primero y por encima que la de ser colombiano. Era de doble faz, además de ser azul se debía tener por enemigos a los rojos, o viceversa, y con la firmeza suficiente para sustituir el quinto mandamiento.

Por inclinación egocéntrica cada uno se considera a sí mismo como parte de los sanos, los demás, los que ven las cosas distintas, los de preferencias diferentes, enfermos y anormales, pero más que eso, enemigos que hay que combatir. Entre unos otros es el vacío, no hay espacios para el encuentro, ni para la conciliación. Se vive fanáticamente.

Ahí está la raíz de la Violencia política padecida el siglo pasado. Por fanatismo se sacrificaron cientos de miles de compatriotas. Y para superarlo casi se inmola la democracia. El Frente Nacional era la confesión del país de no poder vivir plenamente bajo principio democráticos. El juego electoral no podía ser libre, sino bajo un pacto concertado por las élites, para alternarse en el poder, justificado como mecanismo temporal para amainar el odio partidista.

Ese fanatismo no se ha podido enterrar. Resuenan sus consignas.

En la primera mitad del siglo pasado se vivió bajo la consigna de Laureano Gómez a sus copartidarios de hacer invivible el ambiente de la república.  No como una expresión casual de vehemencia, sino un designio reiterado, para cuando convocaba a la resistencia contra el Gobierno de Olaya Herrera, o diez años más tarde, al formular la política de su partido contra el Gobierno de Eduardo Santos.

En la segunda mitad, bajo el furor de la izquierda, la consigna de las acciones, a falta de provecho reconocible, era la de:  Hay que agudizar la crisis, madurar las condiciones para que la revolución sea inevitable. El fanatismo alimentado con la inocente ilusión de la inminencia del putsch, con dosis de resentimiento, y con la urgencia del pretexto para encubrir los ociosos destrozos. Esa consigna encuentra eco en el estallido social reciente, que abundó en destrucciones, las mismas que hacen más pesante la pobreza de los mismos protestantes, deteriorar la infraestructura de movilidad vial, de la que se sirven a diario.

Y en este siglo, una nueva versión de la misma furia: Hay que hacer trizas el acuerdo de paz. En el mundo de lo sensato no hay espacio para acomodar este despropósito. En el lenguaje y en la práctica universal, los acuerdos de paz, los que ponen fin de forma consensuada a un conflicto, sin contener oprobio, son actos de superación de la barbarie, y son tolerados aún impongan cargas o hagan concesiones. Aquella consigna se pronunció con furor y se recibió aplauso, en ámbitos que viven del fanatismo que se resiste a morir.

En verdad todas son maneras de hacer invivible la república, y de ella el escenario de un partido de fútbol, vivido desde las tribunas por una fanaticada enceguecida a los méritos del contrario e impelida a liberar pasiones en los seguidores del otro bando, blancos para descargar su furia con garrotes, dagas o disparos.  Que se hunda el país, y se salven los queridos rencores.

Del Perú debemos hacer nuestro espejo. Evitar que nuestras elecciones sean igualmente trágicas, que los extremos de derecha y de izquierda sean rescatados de su precaria significación con los votos de los desesperados, los que sin esperanza no tiene otra opción que tasar males, para escoger el menor. Que los representantes de una tercera parte de los votantes se alcen con la vocería de los náufragos, los desaparecidos en la segunda vuelta, por falta de entendimientos de sus líderes.

Sabidas nuestra propensión al fanatismo y las profundas cicatrices que este ha dejado en nuestra historia, es una irresponsabilidad de cualquier dirigente, alentarlo. Es un imposible volver al tratamiento de choque que significó el Frente Nacional. Aún bajo las mismas urgencias nuestro nivel de cultura política hace inadmisible un nuevo pacto como el insólito de Sitges y Benidorm.

Los líderes de centro que a diferencia de los de los extremos, no tiene las certezas del fanático, deben propender a agrupar y representar la diversidad y la complejidad democrática ponderando posiciones y propuestas, conciliando, declinando rencores y dogmas, renunciado al narciso que cada cual lleva dentro.

Los riesgos de la democracia están en no saber enfrentar las complejidades de la vida, en negarlas y refugiarse en las simplificaciones. El problema no está en dudar, en sopesar, en enfrentar la ambigüedad, sino, ¡hay que temer¡ de quienes alientan certezas maniqueas, se prodigan en verdades absolutas, formulan axiomas vacuos, ¡qué tal esta perla: El centro político no existe. Y este otro menos pretensioso, mas insustancial, chispazo que se apaga al salir del cóctel: soy de extremo centro.