20 de octubre de 2021
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Sentido común/ Fernando Escobar Están equivocados quienes aseguran que en Colombia existe ¨una industria de mercenarios¨

Por Fernando Escobar Giraldo
11 de agosto de 2021
Por Fernando Escobar Giraldo
11 de agosto de 2021

Mientras Colombia celebraba un aniversario más de la Batalla de Boyacá, este pasado 7 de Agosto, los millones de lectores de uno de los diarios más importantes de Estados Unidos, The New York Times, tenían la oportunidad de leer ese mismo día, un detallado informe escrito por dos de sus periodistas en Bogotá, titulado: ¨Un magnicidio en Haití y la creciente industria de mercenarios en Colombia¨.

El conflicto armado de más de 7 décadas llevó a que Colombia tuviese el segundo ejército más grande de Latinoamérica. En general, nuestras fuerzas armadas han sido entrenadas para enfrentar problemas que quizás no se presentan de la misma manera en otros países. A la lucha contra la delincuencia común tenemos que sumar el combate contra grupos de facinerosos, con armas poderosas y asesinos por naturaleza, guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, en fin.

Nuestros soldados, muchos de ellos obligados a unirse al ejército sin otra opción, son muchachos valientes, que llevan en alto los colores de la patria, disciplinados a la fuerza, muchos con pocas esperanzas y oportunidades para educarse. Y con una compensación monetaria y estímulos muy por debajo de lo que vemos en otras naciones. Y, como si fuera poco, muchos de ellos se han visto comprometidos en investigaciones y crímenes, obedeciendo órdenes superiores, un tema muy de moda que tiene que ver con amplia violación de los derechos humanos, y en el que no me concentraré por ahora.

Me quedo corto en el análisis, pero de los 10.000 efectivos militares que se retiran cada año (según cifras del Ministerio de Defensa, mencionadas por los investigadores del diario norteamericano), muy pocos logran obtener un empleo, sus pensiones son mínimas y su capacitación para la vida laboral es casi nula. Algunos pasan los mejores años de su juventud ¨defendiendo la patria¨. Pero el costo es demasiado elevado para ellos y para una nación en la  que permanentes manos y mentes corruptas, se roban los recursos que debieran emplearse en tantas cosas necesarias para el país, como la de preparar bien a estos muchachos para evitar que de ser defensores de la ley pasen a convertirse, algunos de ellos, en criminales a sueldo. Por cierto, bajísimos sueldos o compensaciones en dinero. Esa es la realidad pero no significa que nuestros soldados o ex soldados se conviertan en mercenarios a gran escala.

La imagen de Colombia en el exterior, atropellada por culpa nuestra, es decir, de los mismos colombianos, se ve de nuevo empañada, ahora por motivos que ni imaginábamos. El asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, en el que participaron al menos dos decenas de ex soldados colombianos convertidos en mercenarios, nos tiene otra vez en primeras páginas de los grandes diarios que califican a nuestro país como ¨fabricante de mercenarios¨.

Engañados o no, ese pequeño grupo de hombres atraídos por una ridícula oferta monetaria, están manchando a Colombia. Es una mancha muy grande y muy difícil de borrar.

Ningún analista internacional ha mostrado pruebas, con cifras, nombres, fechas y lugares, de otros ex militares colombianos cometiendo fechorías en el exterior. Y hasta que sucedió lo de Haití, nadie había tocado el tema. No puedo negar que quizás existan, pero un hecho aislado no nos puede convertir en un país exportador de mercenarios. Me parece infame titular, sin pruebas contundentes, un informe periodístico con la frase: ¨La creciente industria de mercenarios en Colombia¨. NO somos eso, NO hacemos eso, NO lo somos, NO lo hacemos. Pongan en su lista a los 20 o más que cayeron en la trampa convirtiéndose en asesinos. Pero excluyan de esa lista al resto de los colombianos.

Los periodistas del NY Times entrevistaron a un profesor de la universidad Georgetown, Sean McFate, especialista en el Medio Oriente quien dijo: ¨En los últimos años, soldados colombianos han viajado a Irak y a Afganistán empleados por contratistas estadounidenses, y a los Emiratos Árabes Unidos, donde muchos de ellos se convirtieron en fusiles a sueldo en la intervención en Yemen. Algunos colombianos han muerto y otros han matado durante estas misiones¨.  Tampoco niego que eso pueda ser cierto, pero ni McFate ni los redactores del diario muestran pruebas de nada.

Los interrogantes, entonces, van dirigidos hacia el gobierno nacional, hacia nuestra prensa nacional e internacional, a las mismas fuerzas armadas, al sector académico, y a nosotros los colombianos en general: ¿Cómo combatir o contrarrestar esa mala imagen? ¿Cómo ayudar a nuestros compatriotas soldados que dejan del uniforme y pasan a la vida civil? ¿Cómo mejorar la educación de nuestros militares?

Reconozco que no tengo esas respuestas, pero juntos debemos buscarlas y poner en práctica soluciones. Y entre ello, duélale a quien le duela, está el castigar severamente a quienes han comprometido la imagen de nuestras fuerzas armadas, y por ende de nuestro país, con crímenes de lesa humanidad. 

Agosto 11 del 2021