21 de mayo de 2022
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Capítulo erótico de “San Rafael de los Vientos”

26 de agosto de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
26 de agosto de 2021
Segmento del capítulo 25 de mi novela “San Rafael de los Vientos”. Lo reproduzco en esta columna a pedido de algunos lectores que no han podido leer la novela porque está agotada

La vio llegar vestida con un bluyín que resaltaba su cuerpo espléndido. Traía el cabello amarrado atrás en cola de caballo, el rostro con un ligero rubor en las mejillas, los ojos pintados con una sombra suave que los hacía refulgentes. Los párpados cubiertos de un azul celeste le daban luminosidad a su mirada, y las pestañas encorvadas hacia arriba como haciéndole sombra a unas cejas grandes resaltaban su feminidad. Una blusa con un marcado escote dejaba ver unos senos turgentes, como naranjas frescas listas para ser degustadas. Un cinturón rojo de hebilla grande, que le daba la vuelta a la cintura atravesando los pasadores del pantalón, mostraba las líneas perfectas de su abdomen plano. Las piernas, bien torneadas, se veían seductoras con ese bluyín apretado que enseñaba unos glúteos de redondeces exquisitas. La sonrisa, que afloraba como expresión de alegría, iluminaba su cara de tez suave donde el tiempo no había producido estragos. A sus cuarenta y dos años, Rosalinda era una mujer conservada que sabía cuidarse para verse hermosa. Juvenal Bustamante la siguió con la mirada desde el momento mismo en que la vio caminando por entre las heliconias que bordeaban el camino de piedras grises que conducía hasta la roca grande donde estaba sentado, esperándola. Vio su cuerpo escultural como mecido por el viento, vio su cara de luna bañada por el sol de las tres de la tarde, vio sus labios de cereza iluminados por una sonrisa fresca, vio sus manos de aurora jugando con el aire y vio, al acercarse, una diosa coronada que le sonreía desde la distancia, nimbada de una luz que resplandecía en su mirada alegre.

Juvenal Bustamante se quedó inmóvil cuando Rosalinda se le acercó, los brazos abiertos para darle un abrazo, los labios preparados para recibir el beso, la mirada brillando por una alegría inmensa. Por un instante cerró los ojos. No podía creer que tanta belleza estuviera ahí, al alcance de su mano, ofreciéndosele. Al abrirlos de nuevo, sintió sobre su cara una mano que lo acariciaba deteniéndose en los labios. La tomó entre la suya y, apretándola, la llevó hasta su boca para darle un beso largo. Luego la miró fijamente a los ojos, como queriendo decirle que tenía mucha pasión para darle. Ella le respondió con una mirada donde parecía encenderse una llama que le quemaba el corazón. Sin decirse nada, dejando que el viento que silbaba desde arriba los arrullara, se fundieron en un beso eterno. No se dieron cuenta en qué momento una paloma blanca se sentó sobre la piedra para mirarlos como embrujada por la escena. Cuando dejaron de besarse, la paloma voló hacía el cielo, rozándolos con sus alas. Se estrecharon las manos con fuerza y, recostándose sobre la piedra, sintieron los rayos del sol que les quemaba la piel, sintieron el murmullo del agua como una música secreta que los bañaba, sintieron el silbido del viento ahogándose en la corriente, sintieron el silencio de la tarde caer sobre sus cuerpos y, finalmente, sintieron correr por su sangre como un río desbordado las corrientes eléctricas del deseo.

El cielo estaba iluminado por un sol que caía fuerte sobre la piedra donde Juvenal y Rosalinda protagonizaban un concierto de caricias. Pensando que alguien podría verlos, decidieron buscar un lugar más íntimo para disfrutar la pasión que como un animal salvaje los asaltaba. Escogieron un pequeño montículo de pasto verde cubierto por la sombra de un naranjo. Una vez allí, se tiraron al suelo. Sólo se escuchaba el ruido del agua al deslizarse por su lecho de piedras, el sonido del viento que por momentos mecía las hojas de los árboles, el canto de los pájaros que salía de entre la arboleda. Rosalinda se extendió sobre el césped. Sintió en su espalda el frío del pasto al hacer contacto con la blusa. Como los filamentos de la hierba herían su piel al rozar con la prenda de vestir, Juvenal se quitó la camisa. La extendió en el suelo para que ella se protegiera y, ayudándola para que se organizara, se tiró a su lado para contemplar ese cuerpo que le despertaba su instinto varonil. La vio ahí, tendida, como indefensa, ardiente en pasión, esperando los labios que removieran el musgo de su feminidad, anhelando sentir sobre su cuerpo el peso de otro cuerpo encendido de ternura, sintiendo hervir en su sangre el toro ardiente de la pasión. Ella miró su torso desnudo y comprobó que no obstante sus cincuenta y ocho años de edad Juvenal Bustamante se conservaba atlético. Dirigió la mirada más abajo, y vio su estómago plano, sin los excesos de la gordura, firme en su cuerpo. Luego puso sus ojos más abajo del ombligo. Entonces vio, asombrada, que el hombre estaba izando carpa, con su miembro viril erecto, como amenazando con salirse del pantalón.

Rosalinda terminó de desvestirse. Cuando lo hizo, Juvenal admiró esa cintura delgada que parecía moldeada por un artista plástico. La doblegó sobre el lecho verde, y empezó a deslizar sus manos por todo ese cuerpo maravilloso que le inspiraba ternura. Las pasó por el vello suave de su sexo, las deslizó por los muslos excitados, las llevó hasta las rodillas, las condujo por sus plantas delicadas, las bajó hasta la punta de los dedos y, luego, en un recorrido minucioso, las subió lentamente hasta los senos y siguió para arriba hasta llegar al cuello, produciéndole un cosquilleo que la hacía estremecer. Cuando puso la yema de los dedos sobre los labios, Rosalinda lanzó un suspiro apasionado y, abrazándose a su cuello, exhaló un lamento tenue que retumbó en el oído de Juvenal. Entonces el hombre la besó con fascinación en el cuello, en la boca, en los labios, en la frente y en los ojos. Le quitó el moño que sostenía la cola de caballo, y el pelo se desparramó por su cara, dándole una imagen de diosa. Ella empezó a vencer el temor de acariciarle su miembro y, en un acto supremo de excitación, le metió la mano entre el pantalón. Lo que palpó la dejó asustada. Para convencerse de que era verdad el tamaño de lo que tenía en la mano le bajó el cierre y, con cautela, le sacó el asta. Al mirárselo, un gesto de incredulidad llenó su rostro. “Jamás había visto una cosa de estas”, le dijo en forma de susurro.

Juvenal Bustamante se extasió sobre la geografía de ese cuerpo nimbado de aromas. Se sintió más vivo que nunca, orgulloso de su virilidad, con la juventud para hacer feliz a Rosalinda. Se convenció de que todavía no había perdido la magia para hacer el amor, ni los ímpetus sexuales, ni el deseo de poseer una mujer. Cuando se quitó el pantalón, ella lo recibió sobre su cuerpo con las piernas abiertas, jadeante, el nido del sexo en llamas, como esperando el momento supremo. Juvenal la penetró suavemente, como consintiéndola, haciéndole saber que estaba ahí, sobre la colina iluminada de su sexo, para hacerla vibrar de emoción. Al alcanzar, media hora después, el excelso momento del gozo, se sintió realizado como hombre. Quiso prolongar el instante, hacerle beber las mieles de la realización plena, bañarla con el almíbar dulce de su saliva, quemarla con el fuego que ardía en su asta viril. Prolongó entonces el éxtasis de los cuerpos. Saboreó con pasión la manzana de su boca, bebió de nuevo el néctar de sus besos, palpó con sus manos la esfera de sus glúteos y, en el instante final, se dejó desmayar, cansado, sobre el arco iris de su sexo aún caliente. Rosalinda sintió que el mundo se le acababa, que la energía se le agotaba, que la vida le brillaba. En el instante del estallido triunfal, se olvidó de que el mundo existía. Por primera vez en su vida se sintió plena, realizada como mujer, exultante de felicidad. Había logrado el orgasmo que tanto soñaba.