23 de mayo de 2022
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35 años de un magnicidio en el olvido

6 de agosto de 2021
6 de agosto de 2021

Por Guillermo Romero Salamanca

Veinte días después de la visita de Juan Pablo II a Colombia y cuando se pensaba que habría un nuevo país por sus mensajes de paz y de esperanza los colombianos recibieron la noticia que esa mañana gris bogotana del 31 de julio de 1986,  un grupo de criminales apodados como Los Priscos, a órdenes de la mafia del narcotráfico y de algunos sectores políticos que no estaban de acuerdo con la Extradición, asesinó con tiros de ametralladora y pistola al magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Hernando Baquero Borda.

El curtido periodista judicial Guillermo Franco Fonseca, al servicio de Caracol Radio, fue el primer comunicador en llegar al lugar de los tristes acontecimientos en el barrio Niza, al norte de la ciudad.

Las lágrimas se le atravesaron en su garganta al ver a su amigo, el magistrado, inerme ante las balas asesinas.

Casi nueve meses atrás, el hombre de las leyes y la justicia se había salvado del holocausto del Palacio de Justicia ocasionado por el enfrentamiento militar entre la guerrilla del M-19 y el Ejército Nacional, hecho en el que perecieron más de 100 personas, entre ellas once magistrados.

Han pasado 35 años y aún los verdaderos culpables de este crimen permanecen libres y no se ha podido esclarecer el escabroso acontecimiento.

“Cuando el doctor Hernando Baquero Borda se dirigía a su trabajo en la Corte, los sicarios lo atacaron y después lo remataron en el piso. Su escolta y un joven que pasaba por el lugar también perecieron. Su esposa, por fortuna, alcanzó a salvarse”, informó Guillermo Franco Fonseca en su primer informe.

Este magnicidio permanece casi en el anonimato y no se ha declarado como crimen de lesa humanidad.

POR LA VERDAD

El doctor Hernando Baquero Borda luchó por la justicia, la verdad y la honestidad. Era abogado de la Universidad Externado de Colombia, y especialista en Derecho penal y Criminología de la Universidad de Roma. Se desempeñó como funcionario de la Procuraduría General de la Nación durante 21 años hasta llegar al cargo de Viceprocurador.

En la década de los 80 y bajo el gobierno de Belisario Betancur, siendo Procurador en asuntos penales corredactó la Ley de Extradición, hecho este que le costó la vida.

Para muchos será un nombre más. Otros con un poco más de memoria recordarán a un hombre que valientemente dio su vida por liberar al país del flagelo del narcotráfico, que muy a pesar sigue cobrando vidas. Un mal que no solo acaba con la vida de quienes están en sus garras, sino que termina con la de aquellos que lo viven de forma tangencial.

Al recordar este hecho poco y nada ha cambiado. Organismos internacionales hablan de cifras de aumento de cultivos, mientras el gobierno habla de disminución de los mismos, y en las calles los distribuidores siguen envenenando la vida de miles de personas.

Ya no hay Hernandos Baqueros ni tampoco Luis Carlos Galanes y muchos más que murieron luchando por una batalla que hoy está perdida por la apatía de un país que se conformó con la muerte de jóvenes a manos del narcotráfico, una justicia que vendió su alma al diablo y que en su mente amnésica olvidó a todos aquellos que dieron su vida y más en pro de esta causa.

La muerte de cualquier persona es dolorosa pero la muerte del que sin reparo entrega su vida por una causa nos duele más y duele cuando el tiempo demuestra que fue en vano y que el llanto de una esposa, el dolor de unos hijos y la tristeza de un hermano, no son suficientes para seguir en la lucha.

TODO UN PROFESIONAL DE DERECHO

No provenía de una familia adinerada, todo lo contrario, quedó huérfano muy pequeño, y fue criado por algunos de sus familiares más cercanos. Se propuso estudiar. Así fue como haciéndose acreedor a algunas becas llegó a Europa donde estudió Derecho Penal Comparativo.

Detrás de ese ser estricto, cumplidor de su deber, exigía a sus colaboradores la mayor responsabilidad, pero nadie imaginaba su gusto por el vallenato, la ópera y el buen humor.

Nunca fue a un Festival del Valle de Upar, pero en su conversación siempre se recreaban los comentarios de los mejores compositores de ese género, dejando sin palabras a aquellos que le escuchaban atentamente.

Su buen humor contrastaba con la seriedad en su trabajo. En sus momentos familiares y de descanso se podía dar el lujo de bromear sin que nadie se ofendiera. “Era tan serio que hasta la gente le creía y su burla no era tomada como tal”, comenta Susana, su esposa y agrega: “nadie nunca se sintió ofendido porque hasta para hacer bromas era bastante respetuoso”.

Como miembro de familia siempre estuvo al lado de los suyos y como padre inculcó a sus hijos respeto, amor por el estudio y nunca jamás rendirse. Fue un estudioso incansable. Su casa contaba con un estudio, que para muchos se convirtió en el templo del saber. Horas enteras de trabajo eran las que pasaba allí. Nadie lo podía interrumpir y solo cuando él lo veía necesario, se paraba, se acercaba a la cocina, secaba los platos, ordenaba lo que se debía hacer y así descansaba.

No fue el más hábil para ciertos trabajos en casa: un bombillo difícilmente lo cambiaba, pero eso sí, para degustar la buena comida y saber que algo bueno se estaba preparando, nunca le faltaron ni el gusto ni el olfato.

Así fue como su esposa aprendió a cocinar. A “Nano”, como familiarmente lo llamaban, el gusto por el buen comer siempre lo persiguió. Una buena pasta tenía siempre que estar al dente y acompañada de un excelente vino y la más sencilla de las comidas, tenía que estar perfectamente sazonada. En su casa, una reunión familiar se disfrutaba al lado de un buen plato.

Fue un hombre generoso, desprendido, tanto en su vida familiar como profesional.  Su carrera la puso al servicio de los demás, nunca buscó ganar puestos o dádivas por su trabajo. Honró su profesión como el que más, entregó su vida por sus creencias y convicciones. La mentira nunca fue parte de su accionar tanto que por no mentir la mafia lo calló.

No conoció a ninguno de sus seis nietos, pero su esposa se atreve a decir que sus hijos han sembrado en ellos, lo mismo que su papá les inculcó: “vivir bajo el amor de Dios, trabajando con honestidad rectitud y amor por lo hacen. Velando siempre por la verdad y la Justicia como él lo hizo”.

“Solo esperamos que algún día este país pueda decir gracias Hernando Baquero Borda por haber entregado su vida a esta causa por haber ofrendado sus conocimientos a esta lucha y que esta nación le pueda decir como homenaje póstumo: “aquí está su país libre del narcotráfico”, como dijo una de sus sobrinas.