20 de septiembre de 2021
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Gilberto Alzate Avendaño Una indagatoria que hizo historia/ Última entrega

29 de julio de 2021
29 de julio de 2021

¿Usted como abogado no sabe que hay recursos judiciales para anular las providencias que pugnan con la Constitución y las leyes? 

-Lo sé. Pero los choferes desesperados no podían aguantar los trámites morosos de un juicio, ni costear abogados de prestigio. Precisamente porque soy un jurista en ejercicio, no tengo la superstición de la letra muerta de la ley.  Creo en un derecho fundado en la voluntad de los hombres vivos. No solamente he estudiado leyes, sino su filosofía, su justificación ética. Teólogos españoles como Suárez y Mariana me han enseñado que no se debe obedecer la ley injusta. ¿No conocía usted los preceptos legales que prohíben el paro en los servicios públicos de transporte? -Claro que los he visto. Sin embargo, una huelga es por naturaleza un acto negativo de fuerza, que no puede encuadrarse cabalmente dentro de los textos legales.

No se trata de discutir sobre parágrafos, sino de resolver una situación social creada en la calle.  Es una majadería hablar de paros ilegales.  El obrero no necesita permiso para abandonar, individual o colectivamente el trabajo. ¿Qué hace? Simplemente, como decía Lacordaire, coge sus brazos y se va. ¿Cómo se puede sancionar este hecho? ¿Usted tuvo la iniciativa de la huelga tendida? -Si no tuve esa iniciativa, sí fui uno de sus más entusiastas partidarios. Los acontecimientos me dieron la razón. La resistencia pasiva de los choferes a dejar romper su paro, dejándose caer sobre las vías, fue lo que determinó la derogatoria de la resolución 779 de 1943; el gobierno no podía pasar sobre los cuerpos de los obreros. ¿Quién aconsejó las barricadas?  -Esos parapetos se levantaron por la espontánea iniciativa popular.  El pueblo enardecido por las brutalidades de la policía levantó sus trincheras. Nadie dio esa orden. Yo quise que desbarataran sus barricadas. Pero comprendo que ellas demuestran la magnífica entereza, el ánimo esforzado, la voluntad de lucha de las clases pobres. Al pie de sus queridas barricadas, el pueblo montaba guardia, para defender su derecho a la vida.  Ellas son una epopeya civil.  ¿Quién tuvo la responsabilidad de la masacre? El señor Alfonso Jaramillo Arango. Sus intrigas, sus truhanerías, su falta de tacto, en ese arte difícil de gobernar.  En un alarde de fuerza, quiso romper la huelga con un convoy. Antes había querido desmoralizar el paro, encarcelando a los cabecillos de los choferes.  Después trató de sabotearlo aseverando pérfidamente que era un complot para derrocar al régimen, conmigo como jefe.  Cuando comenzaron los choques estaba encerrado en su despacho, haciendo chanchullos, chantajeando a los choferes liberales, tratando vanamente de lanzar contra el gremio de transportadores a los sindicatos. Tuvo más tarde miedo. Un medio lívido, abyecto, villano. Estaba en un acceso de histerismo alucinado por el pavor.  Hay un miedo que huye, como hay un miedo que dispara.  Con la sangre fría y el sentido común de Don Roberto Marulanda, el pueblo de Manizales no velaría hoy al pie de unas tumbas. ¿Es usted solidario con la huelga? -Lo soy, plenamente. Me siento ufano de su resultado. Aunque usé de mi influencia ante los choferes para evitar desafueros, hoy asumo la responsabilidad total del paro. Respondo por lo que hice y por lo que no hice, por mis consejos y por las iniciativas ajenas, por lo que yo mismo puse en práctica y por lo que se llevó a cabo contra mi voluntad. La policía es responsable de las reacciones populares, estimuladas por sus imprudentes provocaciones. También lo es de cuatro cadáveres que quedaron tendidos en los alrededores de la plaza de Mercado.  Se trata de un crimen atroz, porque el pueblo se encontraba desarmado. El gobernador dice que usted trató de soliviantar al pueblo en contra suya… El Gobernador tiene lo que los psiquiatras llamamos una constitución mitomaníaca. Sus raptos de histeria, sus fábulas, sus desvergonzadas tergiversaciones de los hechos prueban el acierto de este diagnóstico. Yo siempre me opuse a la violencia, por considerarla contraproducente e inútil. Yo entiendo una huelga, al modo de Mirabeau, como la expresión del poder del pueblo, que para ser formidable no se necesita más que permanecer quieto.