1 de agosto de 2021
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18 de julio de 2021

Por Augusto Trujillo Muñoz

En el New York Times del 27 de mayo del presente año, se leyó la siguiente información: “Colombia se encuentra entre los países más desiguales del mundo. Un informe del 2018 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos afirmó que se necesitarían once generaciones para que un colombiano pobre se acerque al ingreso medio de su sociedad, el número más alto entre treinta países investigados”.

Pocas semanas después, el 14 de julio, en el mismo diario, un columnista invitado publicó un artículo que comienza así: “El domingo, de manera inesperada, los cubanos salieron a las calles. Decenas de miles pedían libertad y alimentos a coro. Resulta difícil un diagnóstico más sucinto del problema con la dictadura más antigua de Latinoamérica. A lo largo de seis décadas, el régimen cubano le ha negado a su pueblo los pilares más básicos del espíritu y del cuerpo humano”.

El País de Madrid publicó, el 31 de mayo, lo siguiente: “Desde que el pasado 28 de abril se iniciaron las protestas, no hay día en que Colombia no se vea sacudida por la violencia. El detonante ha sido la reforma tributaria, el proyecto estrella del presidente Duque. Una ley que…pretendía enviar un mensaje de rigor a los mercados…De poco sirvió retirarla”. Días antes, el mismo diario había informado que el partido de gobierno le pedía al mandatario colombiano aplicar más mano dura. La misma que critica en el gobierno de Cuba. “Su mentor y líder…una figura omnipresente en la vida del país…aconsejó al presidente, desde su cuenta de Twitter, aumentar los efectivos de policía y antidisturbios en Cali y que se detenga a la horda de bandidos que han invadido la ciudad”.

Sobre las protestas sociales en Cuba, el mismo diario en su edición del 15 de julio, publicó este texto: “La chispa que extendió las movilizaciones fue un coctel de descontento social, de la escasez de alimentos, la falta de vacunas contra el Covid-19 y la fragilidad económica. Eso provocó que los cubanos tomaran las calles para mostrar su descontento en contra del gobierno de Miguel Díaz-Canel. Las autoridades respondieron con dureza. El mandatario aseguró que ‘no se permitirán provocaciones’ y acusó a Estados Unidos de estar detrás de las movilizaciones. Grupos afines al Ejecutivo tomaron las calles para aplacar el impulso de las manifestaciones”.

El secretario general de la OEA censuró duramente al gobierno de Cuba por responder con represión a las protestas de su pueblo. El canciller cubano se preguntó por qué ese organismo no se pronuncia contra el bloqueo norteamericano a Cuba, el presidente hizo lo mismo y culpo a Washington de provocar los estallidos sociales. Algo similar declaró Almagro frente a los excesos de la fuerza pública en Colombia, si bien hizo lo mismo frente a la violencia de los manifestantes. El embajador colombiano en la OEA dio una respuesta sorprendentemente similar a la del gobierno de Cuba. La protesta, dijo, “ha sido permeada por el vandalismo” y agregó que hay grupos en las movilizaciones que «pretenden destruir todas las instituciones ejecutando agendas insurreccionales financiadas, planeadas y articuladas por la subversión y el crimen transnacional».

Son dos países distintos con políticas que, supuestamente, nada tienen en común, pero donde nadie reconoce nada y todos culpan “al otro”. La pregunta resulta válida, oportuna, pertinente: ¿Por qué su problemática, el descontento social y las reacciones de sus respectivos dirigentes, en el gobierno y en la oposición, se parecen tanto?