15 de agosto de 2022
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Quiet obsession

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
2 de julio de 2021
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
2 de julio de 2021

El Doctor Calle decía que un lector debía guardar ciertas lecturas para hacerlas bajo el efecto de la fiebre. Alguno dirá que eso puede suplirse mediante el consumo de un alucinógeno y algo de razón debe tener, pero la consecuencia de que el cuerpo esté sometido a una temperatura irregular genera, creía él, una condición especial. Como si lo que se fuera leyendo cayera en un caldero hirviente y se disolviera tan pronto como cae, no para desaparecer, sino para hacerse uno con todo el contenido, y luego se fuera reconcentrando hasta quedar apenas la mera esencia.

Tengo una lista de autores o libros para ser leídos bajo el efecto de la fiebre, aquí van algunos ejemplos: Ezra Pound, Malcolm Lowry, Edmond Jabès, W. H. Auden, Simone Weil, Georg Trakl, Angelus Silesius, Hugo Mujica; este último es el único latinoamericano que, por lo pronto, integra la lista. Hay más, claro. Algunos, como T.S. Eliot, tienen poemas para ser leídos con fiebre y otros que no.

La recomendación del Doctor Calle puede extenderse, obviamente, a la música y a la pintura. Toda manifestación artística, que es en últimas resultado de la imaginación y muchas veces de la exacerbación de los sentidos —y a veces malamente de los sentimientos—, es posible percibirla mejor, o al menos diferente, si el estado del receptor se encuentra sobresaltado, si tiene, o sufre, un aparente y transitorio desperfecto de la conciencia, e incluso del cuerpo.

Y eso fue lo que me sucedió hace unos días. Unas horas después de que me hubieran aplicado la segunda dosis de la vacuna contra el covid, estaba alelado frente a tres cuadros de Vilhelm Hammershoi. No los había visto antes, no recordaba la existencia del pintor danés nacido a mediados del siglo XIX, y sin embargo estaba allí parado, extasiado, mirando fijamente las pinturas, y volviendo a mirarlas desde distancias diferentes, intentando descubrir qué experimentaba si las miraba de soslayo desde la derecha o desde la izquierda. Algo, no sabía qué, estaba conectando especialmente aquellas pinturas con mi espíritu, que parecía estar fuera de lugar, seguro acalorado por cuenta de la fiebre que tenía, y que era resultado de un mínimo efecto adverso de la vacuna.

Una grisura nórdica caracteriza los tres cuadros, eso y dos imágenes que comenzaron a dar tumbos en mi cerebro mientras sentía que la presencia y cercanía de los demás visitantes del museo me perturbaba. La primera, que luego supe era una de las principales motivaciones de Hammershoi, era una ventana y la luz que entraba por ella reflejándose en el piso de la habitación. Una luz de atardecer o de amanecer, de esa que, ya dije en otra columna, delata el polvo que se sostiene en el aire. La segunda, una mujer, o mejor la espalda y la nuca de una mujer que, de nuevo como en el caso de la ventana, aparece en muchas pinturas del artista; se trata de su esposa Ida Ilsted, que en el caso del cuadro que me tenía cautivado, está leyendo concentrada.

Las tres pinturas son de una monotonía y de una interrelación evidente. Justo por ello, y por la fiebre, mi cerebro se adentró en aquellos espacios sin dificultad y abandoné por unos instantes la sala del museo. Era tan íntimo lo que las pinturas me provocaban, que sentía el frio boreal pintado por Hammershoi en mi piel, y al mismo tiempo una soledad brutal. Carolina me cogió de la mano y me llevó a otra ventana, una supuestamente real, desde la que se veía una neblina tan gris y triste como la del cuadro.

Regresé a casa y no he dejado de buscar en internet imágenes de la obra de Hammershoi. Todas son iguales, es decir, en casi todas está Ida, o está la ventana, y esa luz que tiene una realidad que seguro existe en otra frecuencia o dimensión y que yo percibí gracias a mi estado enfebrecido.

Hace muchos años leí Dublinesca de Vila-Matas, y pasé por alto, ahora me doy cuenta, infinidad de cosas, entre otras la alusión a Hammershoi. Digamos que esto es natural, uno no lee a un autor sino a sí mismo, así que busca y conserva los referentes que en ese instante le son apropiados o necesarios, y yo andaba en otros mundos cuando leí la novela. Pero ahora el pintor se me ha convertido en una obsesión, y esas ventanas y la luz que pasa por ellas y la nuca de Ida siguen insistiendo en mi cerebro con tanta obcecación como la que el artista tenía, así que, dando vueltas y buscando, vine a dar con el interés que Vila-Matas tiene por el danés, precisamente, “porque, en medio de la aletargada quietud de sus espacios vacíos, todo en él es obstinado, insistente”, y porque el pintor “vive permanentemente en una quiet obsession”, resultado según el español de esa especial persistencia por los mismos espacios y en la nuca blanca y erguida de Ida. Otro que no para de repetirse.

María Gainza escribió refiriéndose a la sensación que le provoca una pintura de Courbet: “Cada vez que miro […] algo se comprime dentro de mí, es una sensación entre el pecho y la tráquea, como una ligera mordedura”. Afortunada ella que lo siente sin más, algunos en cambio necesitamos, a veces, para ver lo que no hemos sido capaces de ver antes, que el cuerpo nos hierva.

Manizales, 2 de julio de 2021