12 de agosto de 2022
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Por Esperanza Jaramillo La luz, metáfora de la vida

6 de julio de 2021
6 de julio de 2021

La luz / es un pájaro

atardecido / en el alero / del árbol

Por Esperanza Jaramillo

Imagen Olga Lucía Jordán

La vida es el ángel de gloria de la luz. Hablar sobre la luz es afirmar la existencia, sentir su fuerza intangible. Es reconocer la energía que ordena y mueve nuestro ciclo vital, que se multiplica y renueva. Aceptar que hay una Inteligencia Superior, un ímpetu que anima nuestros sentidos, y cuyo carácter abstracto trasciende las discusiones filosóficas y nos señala, al mismo tiempo, los límites de nuestro intelecto. Es admitir una certeza que nos doblega.

El hombre atravesó océanos y desiertos, soportó la selva y la tundra, hasta que, un día, en su cerebro algo extraordinario surgió y alumbró la zona gris de sus tinieblas. Entonces vio en el sol el origen de su vida y copió esa llama en la madera; en torno a ese fuego inventó la oralidad, la forma de contar el mundo.

Descifró el brillo aferrado al polvo, el milagro de la luz que invade una sortija de agua y consuela la semilla en su afán de brotar entre las piedras. La luz que inventa oleajes y traza el mapa de los continentes. Ese esplendor que saluda a las flores y ensaya en sus corolas los matices del tiempo. Y se vuelve cristal ascendido en el alba de los bosques y otoño anaranjado en el aire triste de las hojas al caer.

La luz habita todas las formas del arte. El fotógrafo y el cineasta captan lo bello, lo imperceptible y lo oscuro de una imagen, o de un ambiente, a través de la energía que hace visibles las cosas y pulsa la claridad entre las sombras. En la literatura es un lento y paciente discurrir de las ideas hasta transmitir en un tono original el pensamiento. En la poesía, particularmente, escribe los silencios y los hallazgos con la palabra exacta. La música tuvo su origen cuando la luz le contó sus secretos al agua. En el ballet es la pasión y lo apacible: todo el fuego del corazón.

Foto Olga Lucia Jordán

Nuestra conexión con lo luminoso nos mueve a buscar claridad en los espacios donde nuestros años se gastan. Requerimos entonces diseños arquitectónicos que ofrezcan una mirada compasiva a la naturaleza: al perfil violeta de la montaña, a un árbol para imaginar un nido y un mar más allá. Y así vamos por la vida con nuestro pequeño sol por dentro, reclamando el resplandor de otras estrellas más encendidas, para llenarnos de fortaleza ante lo imprevisible.

Estas reflexiones me devuelven a aquello que experimenté en el bellísimo Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México, ante los restos fosilizados de un neandertal: la certeza de la vida como una búsqueda constante de la luz. Un remoto antepasado nuestro, del género Homo, desaparecido hace cuarenta mil años, fue sepultado mediante un rito funerario que tal vez heredamos: un ramo de flores pálidas a su lado lo alumbraba en el viaje; una especie de tímida luz llamada a contar su historia, a decirnos de sus sueños y temores. Un resplandor de polen azul aún navegaba en sus huesos, dando fe de la existencia de esa energía a la cual nos aferramos en cualquier forma de vida.

Al caer la tarde, de regreso, mientras caminaba por el Bosque de Chapultepec, sentí el peso del silencio. Había cesado el alboroto de los vendedores, ocupados en guardar los globos rojos y anaranjados; ya se habían agotado el algodón de azúcar, con sus velas rosadas, y los dulces de calabaza. Observé los bosques de fresnos mientras recogían despacio su sombra frente a los lagos.

A un costado de la vereda surgió la imagen extraordinaria de un tótem de gran altura, obsequiado por el pueblo canadiense, exaltando la vida con las imágenes del águila, el halcón y la ballena: un árbol de cedro rojo sostenía toda la luz de un pueblo que descifró en el hielo su existencia y compartía la historia de su llama. Todos vamos en busca de la estrella: energía oculta en el átomo y en un puñado de hierba. Por eso es preciso llevar un ramo de flores, para no sentirnos solos en la partida.