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Entre crisis de valores y ceguera política

26 de julio de 2021

Por Augusto Trujillo Muñoz

Este 20 de julio se fundió el sentimiento patrio con una clara sensación de inseguridad. La efeméride nacional se nos enredó con una suerte de síndrome agudo de incertidumbre. En la prensa, en la radio, en la televisión, en las redes sociales, se ponía de presente la necesidad de aumentar el pie de fuerza en distintas ciudades, para evitar los problemas que anunciaban por cuenta de los bloqueos y las protestas.

En un titular de El Tiempo (19 de julio, p. 1.2) leí lo siguiente: “Alerta por los planes del Eln para el 20 de julio”. Según La noticia, un sujeto identificado como J. J. estaría “detrás de los actos violentos contra la fuerza pública” y, además, sería “el único responsable de aprobar acciones armadas en el marco de las protestas”. La fuente del periódico es un informe de las autoridades, destinado a blindar varias ciudades de actos vandálicos y de terrorismo urbano”. Bueno, si tienen identificado al responsable, ¿por qué no lo cogen?

Según el mismo diario, los planes terroristas suponen combinar los atentados elenos y ayudar a financiar el caos y los actos vandálicos “disfrazados de protesta social”. La información agrega que existe orden del Frente Internacional del Trabajo para denunciar al gobierno colombiano por violaciones a los derechos humanos. Es curioso registrar cómo los servicios de inteligencia conocen tanto detalle del plan, pero ninguna autoridad captura a nadie comprometido en el supuesto plan terrorista. O es que ¿acaso los servicios de inteligencia lanzan al aire una moneda con la doble intención de prevenir y amenazar al mismo tiempo?

También resulta curioso ver cómo en Colombia y en Cuba se reacciona de igual modo: Para los servicios colombianos de inteligencia desde Bruselas, capital de la Unión Europea, y desde otras ciudades europeas están desestabilizando al gobierno de Colombia. Para los cubanos, es en Washington, capital de los Estados Unidos, donde desestabilizan al gobierno de Cuba. Inefable: Es fácil identificar intervencionismos políticos desde el extranjero. Lo difícil es encontrar la forma de manejar una buena imagen nacional en medio de tantas malas señales y de tanta ceguera política interna.

En 1987 el sector privado del Tolima denunció la existencia de una cultura de los antivalores que se tomaba por asalto al país y sugirió la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Una década más tarde el expresidente Belisario Betancur expresó que “más allá del tiempo que nos quede en la tierra, la tarea de los colombianos consiste en la formación de un nuevo sistema de valores”: Un gran proyecto educativo que afiance la ética para el trabajo, la tolerancia de las ideas ajenas, la vigencia del derecho como garantía de convivencia.

A menudo se repite una sabia frase que se ha vuelto lugar común: “Es preciso educar al niño para no tener que castigar al hombre”. Sin embargo, en esta crisis que, al parecer, cada día toca fondo, pero en la cual cada día la sociedad se sigue hundiendo más, ante una impasible mirada dirigente, nadie está pensando en reformar los sistemas de educación y en adoptar normas o inducir actitudes que permitan recuperar principios que han sido caros en la historia de este país. Lo que quieren, en cambio, es aprobar leyes contra el vandalismo. Es increíble: Todo eso forma parte de la cultura de los antivalores y, claro, de la ceguera política.