1 de agosto de 2021
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En la muerte de la señora del tinto

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
12 de julio de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
12 de julio de 2021

Esa ráfaga, Rosita  

Para Rosita Castellanos, la señora del tinto, fallecida el sábado 10 de julio,   todos los días era 1º de mayo, día del trabajo,  y 27 de junio, día nacional del café. 

La princesa de Tinjacá, Boyacá, como la llamaron en la misa por Facebook live, vivía en mayo y junio permanentes.   

Doy fe de que Rosita era una ternura que venía en estuche pequeño, como los perfumes que incitan al pecado mortal. Provocaba agarrarla a picos. Con nadie tuvo nunca un sí ni un tampoco. Verla trabajar era una fiesta, un paseo de día entero.   

Servir el tinto era para ella ceremonia, tic, pausa, recreo, ritual, misa, fiesta, religión, costumbre. Verla no más equivalía a una sesión de sauna y  turco. Veía a cualquiera bajo de forma y le trepaba la moral al último piso. Era siquiatra aficionada sin que la empresa tuviera que incurrir en gastos adicionales por ese concepto.  

Sábados y domingos nos castigaba con su diminuta y sonriente ausencia. Los lunes valían la pena por la llegada de Rosita a la agencia de noticias Colprensa, donde compartimos.  

Los personajes que  visitaban la agencia preguntaban primero  por ella. Sólo después de despachar el café que les servía, se decidían a soltar la lengua. Algo le echaba al tinto para que aflojaran la sin hueso. Era su forma de hacer reportería, de contribuir a la productividad noticiosa .  

No era brava. Bravita sí, cuando descubría que habíamos dejado enfriar el café, o su carnal el agua aromática, que también preparaba con sabia sazón boyacense.  

Sabía las cantidades exactas de café y azúcar per cráneo cuadrado que consumíamos. Nos daba gusto, así se afectaran las finanzas de la compañía.  

Era la abuela de todos aunque nunca se hizo leer la epístola de Pablo. Ese amor que tenía para dar al varón domado lo repartió  “adecuada y equitativamente” entre todos.  

Era discreta, de pocas palabras. Hablaba el certero esperanto del monosílabo. No se dirá de ella que le jalaba al blablablá.   

Para sus devotos valía más que todas las veinte mil tiendas Starbucks y Juan Valdez juntas. Trabajaba con una  cierta sonrisa que le iluminaba el rostro.  

Nunca reveló su receta para preparar el tinto. Se pensionó con ese secreto. En el Walhalla en  que se encuentre tiene que estar bien. Se ganó el reposo éterno. Se le quiere, mi viejita Rosita Castellanos. No murió, la recogió el silencio. Usted es la indiscutida patrona de las señoras del tinto que en el mundo son.