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Morin: Cien años de vida (4)/ Jorge Emilio Sierra El humanismo contemporáneo

8 de julio de 2021
8 de julio de 2021
Imagen Wikipedia

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

“¡Feliz centenario, maestro!” es el grito que hoy resuena en todo el planeta, donde se celebra con cariño, admiración y respeto los cien años de vida del gran pensador francés Edgar Morin, Padre del Pensamiento Complejo, que tanto ha influido en el mundo contemporáneo al que sigue reclamando un nuevo humanismo del que hoy precisamente nos habla en esta serie periodística escrita en honor suyo.

¡Que tenga mucha felicidad en su cumpleaños número 100! ¡Y que cumpla muchos más!

Preguntas de fondo

¿A quién se educa?, inquirió Edgar Morin en su conferencia inaugural del foro-homenaje a su vida y obra en Barranquilla. Se educa al hombre, fue su respuesta. ¿Quién soy yo o quién es usted, cualquiera de nosotros? El asunto es complejo, de veras. Y es que el hombre también lo es, demostrándose así, una vez más, la plena validez del Pensamiento Complejo.

No basta -recordemos- definir al hombre como ser racional, pues todos sabemos, por nuestra experiencia personal, que en él, o sea, en mí, existen igualmente elementos irracionales, de modo que no somos sólo seres racionales, como se ha pretendido desde Aristóteles hasta el racionalismo nacido con Descartes. Otro viejo paradigma que se va a pique por la reforma educativa y del conocimiento a que venimos aludiendo.

Más aún, si nos atenemos a las conclusiones últimas de la biología y la misma sicología, debemos admitir que el ser humano no existe -“Somos una suma de pedacitos”, precisó Morin-, cuya unidad surge por obra del pensamiento en ejercicio de aquel proceso de reconstrucción que había explicado minutos antes.

¿Qué tan válido es decir, por ejemplo, que el hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma, elementos que aparecen separados de creer a la biología y la sicología, ciencias que los estudian en forma aislada, sin relación entre sí, consecuencia lógica de las especializaciones y de la ruptura existente entre las ciencias humanas y las ciencias naturales, también de vieja data?

¿O acaso se justifica dejar a un lado la dimensión social del ser humano tanto en la sicología como en la biología, que es igualmente común en los medios académicos?

Eso confirma, sin lugar a discusión, que el conocimiento científico, al menos como ahora se enseña a través de las especializaciones, no es pertinente, acorde con la realidad, al dejar por fuera elementos básicos, imprescindibles.

Defensa del arte y la naturaleza

¿Cómo negar, de otra parte, la importancia del conocimiento que del ser humano se tiene por medio de la literatura o la poesía, del arte en sus ricas expresiones, que tanto se menosprecia desde el conocimiento científico, el cual presume de ser el único verdadero?

¿La educación del futuro no debería comprender este fascinante mundo de la creación artística, en la que a veces se conoce más al hombre que desde cualquiera de las ciencias?

Por último, está la visión del hombre como fruto de la evolución y, por ende, como un ser de la naturaleza, a cuya protección está obligado si quiere -si queremos, mejor dicho- sobrevivir en el planeta.

No obstante, además de identificarnos como seres naturales o de la naturaleza, poseemos otra identidad, humana en sentido estricto, que se refleja en valores como la libertad, la igualdad y la justicia, incomprensibles a la luz del análisis biológico o físico, por avanzado que sea.

“La hominización -escribió Morin en Los siete saberes– es fundamental para la educación del hombre porque nos muestra cómo la animalidad y la humanidad constituyen juntas nuestra condición”.

La hominización manifiesta, sí, el auténtico humanismo contemporáneo, evidente en otra de sus frases: “La educación del futuro deberá ser una enseñanza primera y universal, centrada en la condición humana”.

Alerta en la globalización

Para Morin, la era planetaria se inició con el descubrimiento de América, cuando el nuevo continente se integró al resto del mundo y éste ya se pudo conocer en su totalidad, pero ha tenido un desarrollo espectacular con la globalización en curso, la cual ha convertido al planeta e incluso al universo -según Mc Luhan- en una aldea.

La globalización, sin embargo, no es en su concepto un fenómeno sólo económico, según pretenden algunos analistas como consecuencia del economicismo reinante, el cual intenta reducir a lo económico la explicación de los fenómenos sociales. No. Tiene que ver también con la población, la cultura, la política, etc., si bien cada especialista la mira, por obra y gracia de la especialización, desde su propio ángulo, no de manera conjunta, integral.

La globalización es como una nave especial -anotó, recurriendo otra vez a un ejemplo para ser más didáctico en su exposición-, cuyos dos motores son la ciencia y la tecnología, las cuales tienen elementos positivos y negativos, característicos de esa complejidad que está presente en toda la realidad.

La ciencia es mala -precisó- cuando sirve para producir armas nucleares, mientras la tecnología libera y esclaviza, como cualquiera de nosotros lo sabe con el uso de teléfonos celulares, computadores, internet…

Por momentos -advirtió-, la nave parece avanzar sin control, sin el manejo debido por parte del hombre, quien es en cambio manejado por ella, transformándolo en un instrumento dócil, a su servicio. Y claro, se corre el riesgo de desencadenar terribles catástrofes, poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad.

Ahí están, como pruebas, la destrucción de la biosfera y de la biodiversidad, las armas nucleares y hasta las continuas crisis económicas globales que atribuye, en gran medida, a la ausencia de regulación, como si exigiera una acción más efectiva del Estado para frenar la libertad a ultranza de los mercados.

Educar en la era planetaria

Morin, además, se fue lanza en ristre contra el actual modelo de desarrollo que ha demostrado, en la práctica, impulsar la desigualdad, ampliar la brecha entre países ricos y pobres, generar mayor dependencia, destruir las culturas nativas y estimular por doquier la corrupción, tanto en el sector público como en el privado, en las familias y las demás instituciones sociales.

Hay que educar en una era planetaria en plena globalización, para evitar finalmente que las catástrofes anunciadas arrasen con la vida en el planeta, con nuestras vidas y las de generaciones futuras. Ésta sería acaso la única oportunidad que nos queda.

El proceso descrito -señaló, ampliando sus criterios- ha surgido de la occidentalización del planeta, aquella que se observa aún en Oriente, en países como Japón y China, los cuales adoptaron el modelo capitalista, igual que el resto del mundo, como también es fácil constatarlo en América Latina.

¿Y por qué -se preguntó, pensando en el Tercer Mundo, donde ahora estaba- no elaborar un pensamiento del Sur, sin que éste mantenga su dependencia absoluta del Norte, de las metrópolis desarrolladas o simplemente del centro, como diríamos en lenguaje cepalino?

A lo mejor -sugirió- si fuéramos por ese camino no estaríamos en la encrucijada actual, al borde de la extinción, de la catástrofe ambiental y la guerra nuclear, del fin de la historia…

El camino del Sur

Atacó, entonces, la hegemonía del conocimiento y, sobre todo, de un conocimiento que privilegia lo cuantitativo, los valores materiales (el culto al dinero, para ser exactos) y, en último término, la rentabilidad, la ganancia, el máximo provecho, en el marco del economicismo a que arriba nos referimos.

Es un camino errado, insistió. Porque no todo se puede cuantificar, porque existen valores distintos a los materiales o económicos y porque la realidad del ser humano es mucho más que eso y se extiende al plano cualitativo, de valores espirituales o morales, como el amor y la felicidad, la libertad y la justicia.

“Existe la necesidad de un pensamiento del Sur”, subrayó.

Esto -aclaró- debe servir incluso para cuestionar la crítica situación actual, dejando en claro que se trata de un reto ineludible para profesores y estudiantes universitarios, quienes estaban atentos a sus mensajes, a las señales de ruta que iba mostrando con la sabiduría de que hacía gala a través de sus vastos conocimientos científicos, filosóficos, literarios, políticos, históricos…

Los aplausos resonaron de nuevo en el moderno teatro de la Universidad Simón Bolívar, en Barranquilla, Puerta de oro de Colombia.

(Mañana: Conversatorio de Morin con niños y jóvenes).

(*) Filósofo de la Universidad de Caldas y Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.