19 de agosto de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Desconfianza

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de julio de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de julio de 2021

La sociedad es posible porque existe el Derecho. Sin reglas de juego, el entendimiento entre los seres humanos se haría imposible, porque cada quien trataría de sacar ventaja en su favor, lo que de alguna manera mantendría la vigencia de la denominada ley del más fuerte. Y no procede una sociedad en la que haya quienes tengan ventajas frente a los demás, pues eso la hace carecer de convivencia. El Derecho no es más que la regla de conducta social. El Derecho no toca con los comportamientos individuales de los seres humanos, que son bien  difíciles de identificar, como que desde el momento mismo de la concepción, los humanos somos sociales, si se toma en cuenta que ello es posible, normalmente, en la relación física de una pareja heterosexual. Se trata de la regla social que regula todos los comportamientos que tiene el ser humano en relación con los demás, por eso se habla de que el Derecho  se ocupa de las conductas sociales de los seres humanos, pero no de sus individualidades. Y todo lo que se hace o deja de hacer, de alguna u otra manera está relacionado con el otro u otros, es decir es el contenido de alteridad  del que se integra la existencia de todos.

Sociedad hay desde cuando el ser humano dejó de ser nómada y autosuficiente en el cubrimiento de sus necesidades básicas, que son alimentarse y reposar. Es todo lo que se necesita para tener vida. Dicho de otra manera, se trata de las fuentes de energía que mantienen vivo al hombre en todas las circunstancias. Dado que el mundo es finito y la población –a pesar de sus constantes renovaciones generacionales- es infinita, como que la reproducción en su doble calidad de placer natural y conservación de la especie, se requiere, siempre, de una mínima organización en cualquier núcleo humano en que pueda haber convivencia diversa. De ahí nació la preocupación en el medievo de imaginar tal organización con instituciones que fueran mensurables. En ese entonces se concibió la idea del Estado, de lo que es este y de sus fines.

Es común que la gente entienda que el Estado es el gobierno. Y cuando se habla de responsabilidad del Estado, quien lo hace olvida que al hablar de ello se está auto inculpando, pues como parte del Estado, le corresponde una porción de responsabilidad, por pequeña que aparezca, como que la responsabilidad general es el conjunto de la sumatoria de todas esas responsabilidades de orden individual. El Estado somos todos. El Estado no es el gobierno, que siempre será accidental y temporal, por más métodos que se inventen quienes gozan del poder como si fuera la última razón de su existencia. Lo que permanece es el Estado, es decir la sociedad. Los gobiernos son los responsables de la administración del Estado, que deben procurar de la mejor manera, con el fin de alcanzar la satisfacción de todas las necesidades comunitarias, cumplir con sus funciones y competencias.

El Estado somos todos, pero es un imaginario  que existe como una manera de mantenernos unidos y de crear, desarrollar y consolidar objetivos comunes. Los gobiernos son tan buenos o tan malos, como acertada sea la decisión del colectivo en su escogencia. Si algo sale mal, la primera culpa corre a cargo de quienes votaron por esos nombres, por esos programas, por esas ideas, por esos propósitos, por esos fines. Si el gobernante elegido o designado es de malos resultados, quien debe examinar, antes que nadie, la causalidad de esto es el elector.

Culpar al Estado de todo lo malo que sucede o puede suceder, es tanto como auto-inculparse. No es buen camino para encontrar soluciones.  Hacerlo de esa manera es llegar a lugares en que todos observan como se han quedado con las manos completamente vacías. Cuando de buscar culpables  sólo se mira hacia los demás, no es más que equivocar el objetivo, ya que se parte de la premisa de que se es ajeno a lo que pasa y las consecuencias de ello. Si el Estado somos todos, las dificultades  y los tropiezos tienen que ser superados entre todos. Mirar solo hacia los demás, es una manera de eludir responsabilidades.

El Estado como imaginario no es más que esa Atlántida de la que hablaba Platón, de la Utopía a la que se refería Tomás Moro, del Contrato Social de Rousseau y se forma con el aporte de la voluntad de todos. En cualquier concurrencia de voluntades de los seres humanos, esta se tiene que mantener en todos los instantes, pues de lo contrario  va al fracaso. Y el elemento común que permite la creación y existencia constante de esa clase de instituciones que hacen posible la vida en sociedad, es la confianza. Quienes concurren a un pacto deben tener confianza entre si, deben confiar los unos en los otros y en los demás, de lo contrario el intento de unidad será infructuoso. Sin la existencia de esa confianza plena entre los seres humanos, lo social no se hace posible. Hay muchas maneras de identificarla. Una de ellas es la confianza que se debe tener en las instituciones que dirigen ese Estado. En la medida en que se genere, se mantenga, se consolide en conseguir metas generales, comunes y positivas, se convierte en algo tangible. Del mismo modo, si se pierde, si se lesiona, si deja de existir, esa organización que administre lo social, se convierte en algo inviable.

Solo cada individuo sabe y conoce que tanto confía en el otro y en los otros. Conocer la confianza general, es decir de todo el grupo, no es posible si se pretende un resultado que pueda ser considerado como irrefutable, por lo que todos los sistemas de medición de los índices de confianza social,  serán simples aproximaciones, a manera de indicadores generales.

Uno de esos indicadores generales son las denominadas encuestas, que tratan de medir opiniones, que es como la gente expresa lo que piensa respecto de lo que se le interroga. Y antes que pensar -al fin y al cabo este es un país de creyentes emocionales-, debería decirse que la gente responde a las encuestas con lo que está sintiendo en el momento de ser interrogado. Habría que decir que son respuestas emocionales, que hacen saber de la opinión en ese momento, de ese núcleo humano que es objeto de las preguntas de medición.

Entre el 4 y el 17 de junio de 2021, dos empresas de opinión, por encargo de una casa periodística radial, realizaron una encuesta de opinión, consultando a 900 personas  –lo que ya de por si es un universo humano muy pequeño para hacer mediciones  respecto de la opinión de unos 50 millones de colombianos-,  aplicada en unos pocos centros poblacionales, lo que viene a convertirse en  otra limitante que no permite tomar con certeza sus resultados. En esencia se perseguía tomar el nivel de percepción, con calificaciones numéricas respecto de instituciones, su cumplimiento funcional y personajes que de alguna u otra manera están ligados a la vida del país en sus diferentes ámbitos de lo que es la organización social.

El momento de la encuesta no podía ser  peor escogido. Apenas se trataba de salir de la parálisis de los bloqueos, las agresiones, los daños, los saqueos, la detención de la vida en desarrollo de un Paro nacional que se prolongó por más de un mes, con marchas, protestas, pronunciamientos y desconocimiento de los derechos humanos de todos, hasta cuando de alguna manera se filtró el objeto específico que ese movimiento perseguía, que no era otro que crear un clima de angustia, miedo, temor, humillación, para ser aprovechado  en favor de causas electorales en los comicios del 2022, cuando en Colombia se debe designar a quien habrá de suceder al actual gobierno. Es decir, se trataba de poner al servicio de una causa electoral a todo aquel que quisiera protestar, por tener motivos, o se negara a hacerlo al sentirse profundamente agredido al ver como sus derechos y el Estado de Derecho se desconocían profundamente y se sometía a las instituciones al simple ejercicio de la violencia.  Apenas era el momento en que la gente trataba de retornar a su vida ordinaria, tratando de producir lo de su manutención diaria, en precarias condiciones y sometiéndose a exigencias que se salen de cualquier criterio de racionalidad.  El estado de ánimo de todos los encuestados necesariamente tenía que ser el peor. Por frustración  de quienes se vieron usados por causas electorales, que ellos desconocían, por rabia de quienes fueron objeto de tanto daño y por angustia de quienes ya estaban trabajando -por efectos de la pandemia- en condiciones muy precarias y ya en medio del movimiento, lo habían perdido todo, comenzando por su empleo, ante el cierre definitivo de empresas que no tuvieron el suficiente oxígeno financiero para seguir aguantando sin vender lo que hacen.

Nada diferente a las descalificaciones podían salir de esa encuesta. Sus resultados eran más que previsible. A nadie llamó a sorpresa, aunque quienes la contrataron dijeron estar extrañados de lo que había salido y en su emisión de radio de mayor sintonía desde las cinco de la mañana anunciaron que la darían a conocer con todo detalle a las seis de la mañana, mientras iban entreteniendo a la gente con sus consultas diarias, normalmente sobre percepciones negativas, para aparecer como los grandes fiscales de la Nación, quienes todo lo cuestionan y pretenden convertirse en órgano no solamente de opinión, sino de decisión. Mantuvieron a más de un oyente pendiente de esa encuesta y sus resultados y apenas a las 7:30 de la mañana la dieron a conocer. Es decir,  dos horas y media más. Si eso no es burlarse del oyente, entonces ¿Qué es?

De los resultados no sale títere con cabeza. Todo el mundo es descalificado. Todos los personajes son evaluados de la manera más negativa posible. Todas las instituciones  reciben calificativos  negativos en exceso. Si se acoge el resultado de esa encuesta de percepción de los colombianos de sus instituciones y de los personajes que de alguna manera tienen a su cargo la dirección del Estado, habría que decir que Colombia no existe. Y si existe es un simple hueco por donde nos estamos yendo todos. La lucha y los esfuerzos que la mayoría de sus habitantes hacen todos los días por salir adelante y de esa manera contribuir a que el conglomerado lo haga, según esa encuesta, son completamente inútiles.  Frustrante por demás ese nivel de percepción. Frustrante para todos aquellos que diariamente se levantan temprano a dar la batalla de la supervivencia, en medio de las más difíciles circunstancias.

Todo el mundo sale descalificado. El poder ejecutivo, el legislativo, el judicial, la economía, el  empleo, las Fuerzas Armadas, el poder jurisdiccional, la seguridad nacional, la educación, el medio ambiente, la agricultura (que no ha dejado morir la gente de hambre durante la pandemia), el sistema fiscal, las relaciones exteriores, la corrupción, el narcotráfico, las iglesias, todos los ministros etc. En ese momento, luego de la crisis más delicada que ha conocido Colombia en toda su historia, sobre cualquier cosa, asunto, circunstancia, personaje, resultado que se interrogase respecto de su percepción daría un resultado descalificador. Y eso fue lo que pasó.

No se salvó nadie. No era posible que nadie, ni ninguna institución pudiera  salir con calificaciones aprobatorias. Era el momento para descalificar a todo el mundo, hasta para auto-descalificarse.

La gran conclusión que se obtiene de esos resultados, es que este país carece de confianza en lo social. Que sin confianza no es procedente el Estado. Que sin Estado no hay organización social viable. Que el orden no es alcanzable. Que estamos dispuestos a ir en el todos contra todos. De ahí resultará el caos y del caos nadie, absolutamente nadie, puede beneficiarse, aunque se tome como beneficio esas apropiaciones indebidas que se hacen en medio del completo desorden. Solución de necesidades instantáneas, siempre serán necesidades  continuas en adelante.

No puede desconocerse que en el ejercicio de la democracia en nuestro país se han cometido constantes errores y equivocaciones. Y se hace como producto de que la mayoría se siente ajena al ejercicio de la política, confundiendo esta con lo electoral. Y en lo electoral solamente votan, históricamente, quienes han recibido, reciben o van a recibir algo. Es el clientelismo puro. Y el clientelismo le ha hecho tanto daño a la sociedad que puede detectarse que atenta directamente contra la misma existencia del Estado. Sin confianza social no es posible contar con una organización capaz de emprender las numerosas soluciones de los miles de males que se identifican cada día. Si los comicios del año venidero se realizan en ese clima de desconfianza que ahora se identifica, se van a cometer peores  errores que los que se han cometido en tiempos anteriores. Salir de lo malo para pasar a lo peor.

Cuando se escuchan posibles caminos de solución, lo que se oye es el mismo lenguaje tradicional  de los mismos de siempre, que hacen planes con el ejercicio de lo electoral de la manera que lo aprendieron a hacer y lo han hecho desde siempre. No se escucha hablar de programas, de propósitos claros y eficientes, realizables, sino de nombres de los mismos con las mismas.

Sin confianza social no es posible encontrar el camino necesario al trazado que se demanda en una sociedad que cada día es diferente. La confianza la han agotado quienes han dirigido el Estado por tanto tiempo y quienes salen a dañar las pocas soluciones ciertas que se han conseguido a las necesidades sociales, como arrasar los bienes públicos, incendiar las instituciones, desconocer la autoridad, pasarse por la faja la ley, apoderarse de la vida de los demás mediante el ejercicio de la violencia que ellos, los que lo hacen, no se atreven a aceptar que es violencia y cualquier reacción de quien se siente dañado, lo toman como violación de derechos humanos, lo que es evaluado por comisiones conformadas por ideologías que corresponden a las que animan a quienes dañan, si es que tienen alguna.

En medio de la terrible desconfianza que se detecta ahora en Colombia, no tenemos una sociedad viable, por lo que  llegaríamos a carecer de lo que se denomina Estado, imaginario del que hacemos parte todos.