10 de agosto de 2022
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Derechos humanos

9 de julio de 2021
Por Hernando Arango Monedero
Por Hernando Arango Monedero
9 de julio de 2021

Tonto es preguntar si aspiramos a que se respeten nuestros Derechos Humanos. Pregunta que sobra sin lugar a dudas. Más no es menos obvio que para que se respeten nuestros derechos humanos es necesario de nuestra parte el respetar los derechos humanos de aquellos que nos rodean, pues, de no procederse recíprocamente, nuestra aspiración a que se respeten los nuestros será nugatoria.

Lo anterior nos indica que, en este campo, hay unos deberes que es necesario cumplir, respetar y guardar celosamente, como único requisito para poder exigir que esos derechos sean respetados en nosotros. Cabe entonces preguntarnos si aquél que no respeta los derechos humanos puede reclamar para sí el respeto a los suyos.

Toda esta disquisición viene a propósito de la interminable serie de recomendaciones que la CIDH le hace al gobierno colombiano a raíz de la visita que realizaron en días pasados, originada en la serie de reclamos que algunos colectivos nacionales hicieron llegar a sus oficinas. Y sí, allí sugieren que en general hubo excesos en contra los manifestantes por parte de las autoridades, excesos en los que incurren los agentes del orden cuando detienen a algún violento que ha desafiado de antemano a la Policía lanzándole toda clase de artefactos tan letales como piedras, algunas de gran tamaño, unas inofensivas bombas incendiarias, cuando no proyectiles de armas de fuego y cohetes dirigidos desde tubos de PVC. Olvidan los integrantes de esa comisión que las piedras matan y que fueron usadas en alguna época para ultimar personas, a lo que se  llamó lapidación, vocablo que seguramente desconocen esos funcionarios y algunos colombianos. Y vimos como algunos salvajes se solazaban lanzando piedras inmisericordemente a los policías que simplemente buscaban guarecerse atrás de unos escudos y soportaban estoicamente el ataque. Muchos policías fueron heridos con estos proyectiles. Y ni qué decir de los policías que fueron gravemente lesionados por quemaduras proporcionadas por salvajes al lanzarles bombas incendiarias. Y, algunos de estos ciudadanos, cuando son aprehendidos, ofrecen resistencia y hacen repulsa para evitar la detención. En esta operación, algunos son lastimados, sí, y de allí su manifestación por el atrevimiento de la fuerza pública al detenernos sin orden judicial de por medio. Eso, al menos, le parece a la comisión de marras violencia policial.

Y como para no entender lo que esos personajes integrantes de la comisión piensan,  solicitar que el gobierno colombiano no estime como acto propio de la protesta ciudadano el cierre de vías es simplemente posible en quienes en su vida han creado empresa o han padecido la limitación de su propia movilidad, la de víveres, y hasta de equipos y personal médico y de salud. Por si acaso no lo saben, las pérdidas de las pequeñas empresas alcanzaron 40 millones de pesos, las pymes perdieron 100 millones y las medianas cerca de 350 millones. Y no hablemos de los millones de aves que murieron por hambre, los campesinos que perdieron sus cosechas. Y qué decir de quienes debían pagar peajes para poder acceder a sus viviendas o a su trabajo. Eso no lo consideran algunos bárbaros en Colombia y menos los de la tal comisión.

Y para que hablar las salidas de tono de estos comisionados cuando han hecho referencia a procesos habidos a algún político del país, lo  que no fue objeto de su misión, con lo que simplemente muestran la orientación que a su visita dieron lastimosamente. 

Todos tenemos que celebrar que el mundo entero esté al tanto del cumplimiento y respeto a los derechos humanos, pero de igual manera esa vigilancia debe llevar también a rechazar el pedido que los violadores de esos derechos hacen para que, por sobre los demás, sus derechos humanos sean privilegiados. Flaco servicio ha prestado esta comisión al no señalar a esos violadores, los que croan desde el pantano que con su propia existencia han formado con su conducta errada y su mala orientación. La comisión, más bien, se une a ellos.

Manizales, julio 9 del Segundo Año de la Peste.