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Edgar Morin: Cien años de vida (6)/ Por Jorge Emilio Sierra Danza en La Cueva de García Márquez

10 de julio de 2021
10 de julio de 2021
La cueva de García Márquez en Barranquilla. Imagen tomada de Medio Tiempo.

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Defensa de la democracia

Morin es un demócrata. Así se declaró, con entusiasmo, en el encuentro con sus imberbes contertulios, a quienes impartía estas modernas lecciones de ética, como el debido respeto por las diferentes opiniones, por las ideas ajenas, aunque no coincidan con las nuestras, que es la suprema manifestación de las libertades individuales, especialmente de la libre expresión, en el sistema democrático.

Rechaza, por tanto, el dogmatismo que cree, en forma errada, que no hay sino un pensamiento válido, propio de los regímenes totalitarios, sean de izquierda o de derecha, para recurrir a las ideologías que han dividido al mundo en las últimas décadas, llevándolo, por el fanatismo político que nos recuerda la época del oscurantismo, al borde de su destrucción.

Y como exalta la diversidad de opiniones, lo hace frente a la vida, pues la diversidad se vive en cada persona, en cada uno de nosotros, cuya identidad es como si reuniera varias personalidades a la vez, en forma simultánea.

“Bolívar no es uno solo sino varios”, dijo a modo de ejemplo en esta universidad consagrada a su nombre, pensando en el militar, el amante, el escritor o el visionario, entre muchos otros que conforman la imagen de El Libertador.

La Cueva Imagen de Trip Advisor

Pensamiento Complejo para una sociedad compleja

Exaltó, pues, la unidad en la diversidad, la cual no suele verse sino como fuente de conflictos, cuando lo es también de cohesión, confirmando así, hasta la saciedad, la presencia absoluta de la complejidad en la realidad, la cual sólo podremos captar a través precisamente del Pensamiento Complejo, cuyos cimientos él levantó desde su temprana juventud.

“El Pensamiento Complejo ayuda a encontrar solución a los problemas”, precisó al tiempo que volvía sobre los siete saberes que en su opinión son la llave para entrar por el camino correcto, no por el conocimiento especializado a pesar de los enormes beneficios que han generado los conocimientos científicos.

En definitiva, el Pensamiento Complejo -declaró- es necesario para una sociedad compleja como la actual, aceptando igualmente que el pensamiento especializado aún vigente era válido antes, en una sociedad más simple que la contemporánea, y por tanto hoy es obsoleto, incapaz de resolver los problemas que nos agobian.

El hombre -explicó, para terminar- es un ser complejo, lo es por naturaleza, en su conocimiento que nace en su cerebro, cuyos dos hemisferios, izquierdo y derecho, no deben separarse como lo hace la educación dominante, sino integrarse por medio de la reforma educativa que él propone, uniendo en el ser humano la mente y el corazón, la parte racional y la parte irracional, como expone en su libro Amor, poesía y sabiduría, donde se juntan el homo sapiens y el homo demens, la racionalidad y la locura.

Nadie imaginaba, entre los cálidos aplausos del público, que Morin tendría aquella noche la posibilidad de poner a prueba su teoría.

En busca de García Márquez

En realidad, el terreno estaba preparado para dar rienda suelta a la imaginación, al sentimiento, al “desorden de todos los sentidos” que llamara Rimbaud, el poeta adolescente de Una temporada en el infierno y Las iluminaciones, las dos pequeñas grandes obras que establecieron los cimientos de la poética contemporánea, nacida también en Francia con autores como Baudelaire, Verlaine y Mallarmé.

Lo estaba, sí, porque el día previo, al concluir la primera jornada del congreso académico sobre la vida y obra del Padre del Pensamiento Complejo, el grupo de danzas de la Universidad Simón Bolívar había deleitado al público asistente con una bella coreografía del Carnaval de Barranquilla, donde desfilaron el rey Momo y las marimondas, Joselito Carnaval y sus viudas, todos ellos entre ritmos frenéticos que invadieron al Teatro José Consuegra Higgins, sitio en el que poco antes se guardaba un respetuoso silencio frente a las lecciones de los conferencistas, entre quienes tuve el honor de contarme.

El terreno estaba preparado, cabe insistir. Porque con el corazón rebosante de alegría en tales circunstancias, ese martes en la noche, con otra actividad cultural en el programa para los invitados, resultaba una aventura fascinante irse al centro de la ciudad, cruzar por el famoso Paseo Bolívar, deslizarse por las calles de barrios populares y llegar finalmente a La Cueva, el bar-tertuliadero donde el entonces joven periodista y escritor Gabriel García Márquez, alejado de su natal Aracataca, departía con sus entrañables amigos de farra y aficiones intelectuales: Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, José Félix Fuenmayor, Germán Vargas…

¡El maestro salta a la pista!

Recorrimos las pocas salas de La Cueva, como cualquier turista que se respete; admiramos las fotografías históricas en las paredes, así como los cuadros de Figurita, el pintor del grupo que murió al caerse de una carroza en el carnaval, para gloria y loor del realismo mágico, y fuimos a parar, con emoción, al salón donde se proyecta un video, en inglés, sobre el recorrido vital del Nobel Gabo en su lejana juventud, cuando escribía crónicas de cine en el periódico El Heraldo, donde su director, Gustavo Bell, nos esperaba a la mañana siguiente para hablar sobre lo divino y lo humano.

Concluida la visita oficial, nos trasladamos al restaurante improvisado, con una mesa “en U” a lo largo del más amplio recinto de La Cueva, al que apareció de inmediato un conjunto musical, igualmente de la Universidad Simón Bolívar, para golpear los tambores, abrazar el acordeón, soplar en la flauta típica de millo y cantar, cantar hasta el cansancio, típicos ritmos caribeños como la cumbia y el mapalé, mientras danzaban dos expertas bailarinas del grupo folclórico que después, a mucho honor, conquistaría un premio internacional en Nueva York.

Nadie se pudo quedar sentado, ni siquiera el profesor Morin, el primero en salir a la pista tan pronto le invitaron, siempre sonriente, con sus ojos muy pícaros, con sus manos que se agitaban arriba en un ritmo diferente al de sus pies, los cuales lograban moverse con dificultad, tratando de seguir la melodía.

La Cueva Imagen de Wikipedia.

Era el espíritu dionisíaco, con el dios Baco a la vista, que hacía acto de presencia para echar por tierra la visión acartonada, ceremoniosa y prepotente de los académicos. O el homo demens, opuesto y complementario al hombre racional, que Morin exalta en sus numerosos libros… y en su propia vida, en el baile y la música, en la literatura y el arte.

“¡Esto es maravilloso!”, dijo en algún momento.

(*) Filósofo de la Universidad de Caldas y Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua