1 de agosto de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Con ganas

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de julio de 2021
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de julio de 2021

Casi nada es agobiante para el impulso sexual primario. El deseo se mueve sin pedir permiso y por encima o debajo de cualquier barrera. Las “ganas” avasalladoras no admiten cualificación racional y hacen de las suyas, ¡por fortuna!, en el instante menos esperado.

Lo predecible va en contravía del apetito amatorio y más bien, corresponde al espacio de la avaricia, la conformidad, la rutina y la inapetencia. Sin sorpresa, la creatividad y la imaginación abren camino a la cuota inicial de ciertos devaneos, tan efímeros, como el suspiro que atraganta.

No es un secreto que la apertura y la libertad instintiva trajo consigo varios riesgos de enfermedades de transmisión sexual, muchas infidelidades, distintas prácticas estereotipadas e infinidad de proyecciones maratónicas vinculadas al porno en línea. La intimidad dejó de ser una zona reservada para formar parte del menú de las interacciones en redes sociales y el sexting, abrió la puerta a la extorsión y la cosificación del otro. Lo explícito y el primer plano genital anularon las fragancias de la seducción, del coqueteo mutuo y de la complicidad que desborda el espacio de lo evidente para insinuar caminos a rastrear. ¡Qué mejor sacudida que dejar puntos suspensivos en medio de la maquinación cómplice y el querer conocer más!

Se repiten sin variación los secretos de alcobas, algunos taciturnos y otros febriles; definidos e impacientes; inmóviles o afanosos; invisibles y espontáneos a toda satisfacción que se aprueba o no. Sean adultos verdes y estén aún tiernos; subrepticios o advertidos maduros; de acá o de otras hierbas; en fin, el placer arde y se extingue por la misma condición.

Regresar a la locura y perder la vergüenza suena tan hipócrita como las promesas a la puerta de un orgasmo, en medio de “todo se vale o se puede” y a punto de mezclar amor con satisfacción corporal. Nadie puede imponer castigo a la ambigüedad y a la liviandad de ser humano en aguas de creciente y de domino privado.

Apetencias que brotan en ocasiones públicas, disimuladas miradas detrás de pasados complejos, visiones inconfesables y atrevidas feromonas a manera de reflujo y en sentido horizontal. Afanes que median entre la proa y la popa que chocan como pétalos de rosas encima de la piel expuesta. Allí el manantial nace perenne; no obstante, corre el riesgo de volverse residual.

El escenario es más extenso e intuitivo que el acopio literario que relata combates y figuras diversas. De puertas abiertas, detrás de los muros, artefactos regados por todas partes, vibrando la lavadora, encima de los troncos de madera silvestre, untados de pies a cabeza con esencias pegajosas y cincuenta sombras de cutícula barata. En luna nueva o solsticios de verano; de postre o con el estómago lleno; rápido y furioso versión rueda libre; coloreando la piel a punto de besos y vertiendo gotas de sudor sobre los últimos rastros de efusión.

Por esto, la sacaron del estadio los organizadores de los Juegos Olímpicos, poniendo camas de cartón “antisexo” en la Villa para evitar, dizque, los encuentros casuales de catre entre los jugadores de élite. Entran risas. Al Comité Mundial se le olvidó que los deportistas de alto rendimiento ¡sí qué saben a la perfección el salto con garrocha!