1 de agosto de 2021
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Y salvó a sus tres hijos

17 de junio de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
17 de junio de 2021
Cuento leído por el autor en el IX Encuentro de escritores Literatura al mar, de la Guajira.

Lo despertó el golpe seco de una piedra contra la pared de su casa. Eran las dos de la mañana cuando sintió en el exterior de la vivienda lo que él llamó un “guarapazo horrible”. Asustado, abrió el portón. Lo que vio en ese momento lo llenó de pánico: una cantidad de tierra arrastrada por el agua pasaba frente a su humilde casa, llevándose lo que encontraba. Cuando trató de reaccionar a la emergencia ya era tarde. Sin saber cómo, el lodo se metió al interior de su vivienda. En medio de la oscuridad, se vio arrastrado por la corriente loma abajo. Aunque trataba de asirse a algo para evitar el descenso vertiginoso, no encontraba en qué. Sólo cuando el lodazal que lo arrastraba se detuvo al fondo de la hondonada comprendió la dimensión de lo que estaba viviendo.

No sabe de dónde saco el valor para sobreponerse a la tragedia. Al sentirse sumergido entre los escombros de lo que fue su vivienda allá arriba, en la mitad de la ladera, pensó que iba a perder la vida. Pero tuvo fuerzas para salir. Fue ahí cuando escuchó el quejido de las personas que vivían con él en la casa construida en una zona de alto riesgo. Con sus treinta y cinco años encima, no pensó tanto en salvarse él sino en rescatar a su familia. Miró a su alrededor. Lo que vio le dio el ánimo para meterse de nuevo al lodazal: sus tres hijos gritaban pidiendo auxilio. Sin pensarlo, asumiendo el riesgo de ser sepultado por el lodo que seguía bajando desde la parte alta, se metió hasta donde estaban atrapados entre ladrillos y tejas de Eternit.

Nunca en la vida le había tocado enfrentarse a una tragedia de esta naturaleza. Siempre vivió confiado en que el sector donde había levantado su vivienda ofrecía las garantías de estabilidad para asegurarle que un deslizamiento de tierra jamás lo afectaría. Pero el fuerte aguacero que empezó a caer sobre la ciudad a las ocho de la noche de ese martes, que superó el promedio de agua que cae durante un mes, fue más potente que las bases mismas con que su casa fue sembrada en la tierra. No resistió el embate de la naturaleza. Todo lo que levantó con esfuerzo estaba ahí, destruido, lleno de barro, sumergido en un lodazal profundo. Pero no le importó. Lo único que quería en ese momento era salvar a sus hijos. Por encima de sus miedos estaba su amor de padre.

A la primera persona que vio con el cuerpo atrapado en la tierra que continuaba bajando de la ladera fue a su prima Esperanza, una mujer de cincuenta años que desde la hondonada levantaba las manos pidiéndole que la salvara. Pensando que podría hacerlo, se metió al lodazal. Pero su esfuerzo fue en vano: cinco minutos después estaba sin vida. Cuando sacaron su cuerpo a la superficie sintió un frio extraño en la espalda. Era el frío de la muerte. A la que sí pudo salvar fue a su hermana Gloria, Ya afuera, sollozando, ella le pidió que tratara de salvar a los hijos, que estaban aprisionados entre los escombros. Recordó que, a las nueve de la noche, mientras la lluvia caía sobre la ciudad, les ordenó acostarse. “Dios mío, que pueda salvarlos”, exclamó dejando ver su angustia.

No se dio por vencido. Volvió a la hondonada, y con la convicción de que podía salvarlos se metió en el lodo. En medio de la oscuridad, alumbrado por linternas, mientras tocaba enseres destruidos palpó el cuerpo de un niño. Tenía la respiración acezante. Lo agarró con sus manos y, asombrado, al iluminarle el rostro vio que era su hijo. Para continuar buscando, lo entregó a los socorristas. Un metro más abajo vio a los otros dos. Estaban agarrados de las manos, como brindándose ayuda. Fue hasta ellos, y ayudado por un bombero logró rescatarlos. Entonces le agradeció al destino haber podido salvarlos. “Nunca pensé que podría encontrarlos”, dijo. No obstante haber perdido todo lo material, exhibía en su rostro una sonrisa de satisfacción: había salvado a sus hijos.

Abrazando a los tres niños, exhausto, se sentó en la calle. Esperó un largo rato ahí, como impotente ante la fuerza de la naturaleza. Los socorristas seguían buscando sobrevivientes entre los escombros. Entregadas a la tarea de desalojar las viviendas que estaban en peligro de venirse al suelo, las autoridades no habían diseñado todavía un plan para atender a las víctimas. Se tuvo que resignar a cubrirse, junto a los niños de tres, de seis y siete años, con una cobija que le facilitó un vecino. Impotentes ante la tragedia, la ropa cubierta de lodo, las caras embarradas, los cuatro observaban el movimiento de los integrantes de los organismos de socorro. “Papi, ¿por qué pasó esto?”, le preguntó el niño menor. Apretándolo contra su pecho, el papá le respondió: “Son cosas de la naturaleza”.