19 de junio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Tiros al arco.

6 de junio de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
6 de junio de 2021

Hace como cuarenta años que no asisto a un partido profesional de fútbol. La última vez, si mal no recuerdo, fui al Estadio Fernando Londoño Londoño, hoy estadio Palogrande, de Manizales, donde jugaba el América de Cali y el Cristal Caldas, hoy Once Caldas. Había en las tribunas de sol y sombra pocos hinchas del equipo visitante, debido quizás a la dificultad del transporte, por el estado de las carreteras – se demoraba unas ocho horas en recorrer la distancia entre Cali y Manizales- pero los pocos que concurrían eran bulliciosos y alborotados y ondeaban sus trapos rojos y entonaban sus consignas con permanencia invasora.

Los locales, sus seguidores, en especial los de la tribuna central de sombra donde yo estaba, eran monjes de clausura comparados con los de la visita. Pero algo debió haber sucedido, cuando de un momento a otro y a pocos minutos de terminar el encuentro, se armó tremenda gresca. Unos treinta seguidores de los Diablos Rojos, se quitaron la camiseta, y a pecho batiente, la emprendieron contra unos amigos, espectadores vecinos, que no se amilanaron y se trenzaron a pescozones y patadas con los desafiantes caleños. Rodaron por las graderías varios cuerpos y yo fui víctima indefensa e inocente de un empujón, que también me arrastró en la ola de la caída. Consecuencia, una mano «abierta» y un susto de la madona. Cuando los dos policías que llegaron lograron calmar los ánimos, reflexioné, en medio del tremendo dolor físico, y me dije que no volvería a los estadios, porque ya se habían presentado en varios de ellos incidentes repetidos y trifulcas, y que yo no iría a regalarme para semejantes episodios. Y creo que hice como un santo. A partir de esas calendas, numerosos muertos se han presentado dentro y fuera de los estadios y el fútbol se ha convertido en un factor más de intolerancia y de violencia en la convulsionada y maltrecha sociedad colombiana.

Por estos días, se han presentado una serie de hechos en el fútbol nuestro, a los que hay que prestarles la importancia debida. No podemos desconocer los fenómenos que se vienen sucediendo alrededor del deporte más popular del mundo, pero a la vez el más oscuro y permeado por la corrupción y la podredumbre por parte de sus directivas. No pasan meses sin que escándalos financieros aparezcan en las ligas y las federaciones de todas partes, incluyendo a Colombia, desde luego. La impunidad campea en estos toldos y su semejanza con los ambientes fétidos de la política es una realidad. Complicidades y compadrazgos han sido denunciados por los especialistas en estos temas, los mismos que, espero, se encargarán de ejercer su vigilancia y auditaje.

Ojo, que no estoy hablando del fútbol como tal. Sino del ambiente que observo a su alrededor. Porque zapatero, a tus zapatos.

Dos circunstancias hasta ahora. La violencia en el fútbol. Y la corrupción. Tercero, las denominadas barras, bravas y no bravas, solo vociferantes o actoras en extorsiones y en conductas desenfrenadas. Contra los integrantes que van a aupar a sus equipos miércoles y domingos y salen como nuevos para sus casas y se ahorran el siquiatra después de haberse desfogado contra jugadores leñeros del onceno forastero o contra el árbitro, no tengo reparo alguno. Me parece inaudito eso sí, que, por una bandera, unos colores, un trapo, se llegue hasta el asesinato. Cuando esto sucede, maldigo la pasión futbolienta.

Si predominan el jolgorio, los himnos, los cantos, las consignas, me parece que no hay más bello espectáculo. Y que decir cuando hay gestos de juego limpio, de intercambios de banderines y camisetas entre victoriosos y derrotados, de saludos y abrazos. Ahí se justifica ese invento, cuyos orígenes se remontan hasta el siglo III antes de Cristo, según los sabihondos. Como lo juegan ahora viene desde el año 1863, año en que se oficializó en Inglaterra su reglamento, para moderar las anarquías en los campos y los encuentros físicos desmedidos, que de por sí son bruscos, entre sus actores, como diría el ex presidente César Gaviria. Bruscos no.

Pero aterrice señor columnista. Sí. En este corto espacio solo quiero pedir que no le vamos a agregar a los sacrificios de seres humanos, que vemos en las calles y las carreteras de Colombia, nuevas víctimas, víctimas de la pasión futbolera. Ahora, cuando ganó la selección ante Perú, no hubo celebraciones públicas que ocasionaran desmanes y enfrentamientos. O al menos que se sepan. Pero este martes, en Barranquilla, viene Argentina a jugar contra nosotros y las barras están beligerantes como nunca y los ánimos exacerbados y el coctel entre fútbol y política ya se fabrica en peligrosas bodegas. Las barras, han logrado interferir en decisiones propias de la organización futbolera y sus dirigentes, con éxitos que están a la vista. Clausura de eventos, de partidos, amenazas contra periodistas y jugadores y etcéteras y etcéteras. No pretendo ser alarmista. Pero ese triste espectáculo de ver partidos suspendidos, con jugadores afectados por gases lacrimógenos y batallas campales alrededor de los estadios, ante las cámaras de televisión del mundo, no se pueden repetir.

Tremenda responsabilidad la de las autoridades barranquilleras para este compromiso internacional del país. La prevención será la mejor arma. Y a cruzar los dedos. Para que se consolide la resurrección de nuestra enseña futbolera, con Cuadrado como inspirador, pero, sobre todo, para que no se manche la jornada con muertes y heridos que nos laceren y avergüencen.