20 de mayo de 2022
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Evelio Giraldo Ospina

Oficios domésticos 

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de junio de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
9 de junio de 2021

No ha sido fácil pero lo vamos logrando. Gracias a la pandemia, los machos hemos descubierto el encanto de los oficios domésticos, incluido el de lavaplatos.

Mientras se lava la loza se pueden pensar pensamientos creativos. Este de los oficios domésticos es una especie de billar o yoga a base de agua y jabón. Desestresa.

Cuenta Oriana Fallaci que la primera ministra israelí Golda Meir practicaba el embellecimiento lícito de los trastos. Para exonerar a su empleada de camello adicional, “Golda se puso a fregar platos y vasos, a limpiar, a abrillantar, y no se fue a dormir antes de las tres de la mañana”, contó la Fallaci.

Más recientemente, la canciller alemana Angela Merkel que agarra su eterno femenino y se va después de lucirse, aclaró que no tiene empleada doméstica: “Mi esposo y yo hacemos este trabajo en casa todos los días”.

Pepe Mujica, expresidente uruguayo, revindicó la importancia de los oficios domésticos y declaró a la BBC de Londres: “Para vivir preciso de dos o tres piecitas, una cocina, lo elemental; con mi compañera arreglamos en un momentito”.

Cuando gobierno y centrales obreras tarden en llegar a acuerdos sobre lo fundamental deberían decretarse sesiones conjuntas de “lavoplatoterapia”. Solo así podremos seguir adelante con lo que ha quedado de país después del tierrero de los últimos tiempos.

Hace unos meses el excandidato Humberto de la Calle sorprendió con un taquillero trino: “Acabo de terminar de lavar platos. Lucha por la igualdad de género compromete a todos. Hombres: la pandemia debe ser aprovechada para asumir responsabilidades en el hogar”.

El exministro es de los que le mete música al destino de friegaplatos. Suele escuchar mexicanas como ‘El corrido de Rosita Alvirez’ que recibió tres balazos por desairar a un fulano. Menos mal, solo uno de los balazos era mortal.

Mientras me le mido al locero, suelo escuchar tangos, boleros, “Gaviota traidora” y otras guascarrileras de las hermanitas Calle.

De la Calle se larga para España dejando a los «esperanzados» de su coalición colgados de la brocha. En dos meses regresa a ponerse al frente del chuzo. Y como la historia se repite dizque porque carece de imaginación, Juan Fernando Cristo ya lo defenestró.

Según estudiosos made in USA, las amas de casa gringas deberían ganar en promedio 75 mil dólares-año, unos 274 millones de pesos. Si viven en un sector de dedo parado, el salario subiría a 100 mil dólares, unos 365 millones. Una moraleja podría ser: Retrecheros a barrer, trapear, planchar y lavar platos, sus días están contados. (Hasta aquí la columna de El Tiempo)  

AMAS 

        En plato aparte, veamos algunas de las cosas que les toca hacer a las amas de casas encargadas de gerenciar una casa y las vidas que están dentro de las cuatro paredes:   

         Tienen que barrer, trapear, limpiar el polvo,   agacharse setenta veces siete, cocinar, lavar la losa, estregar duro la ropa interior, el cuello y los puños de las camisas, conectar y desconectar el calentador, mercar grano y plaza. Asesorar al marido en la pinta diaria.   

         Acordarse de cuando eran novios, añorar la época de vacas gordas cuando hacían el amor hasta viendo pasar el tren. O debajo de la alfombra.   

Pegar botones, planchar el vestido del marido teniendo cuidado de que las rayas quedan bien rectas, enhebrar agujas, rezar por la salvación de todos, dar a luz, limpiar la caca de las mascotas, cambiar pañales. Lidiar con la suegra.   

         Les toca sacar la basura, subirse a un taburete cuando aparece un   

ratón; matar cucarachas, fumigar, purgar a todo el mundo en casa, casar a las hijas bien casadas, acoger a las separadas, atender visitas, hacer mandados. Atender hasta altas horas a los amigotes del marido cuando los echan del bar.   

         Morirse de la risa con la revolución femenina que les abrió puertas laborales pero las mantiene en la cocina. Si trabaja en la calle «porque con un solo sueldo no alcanza», tiene que dejar listo el almuerzo y adelantar la comida, aspirar, hacer rendir la plata, llevar todas las cuentas, pagar los servicios, pedir que ahorren luz. Llamar cada cinco minutos para monitorear la marcha de la casa.   

Estar pendientes de que no se vayan a entrar los ladrones. Sacarlos si se entran. Hacer las tareas de los hijos, asumir como propias las angustias de la prole, no descansar nunca.   

Ir a misa, dar limosna, pero no mucha. Volverse ateas ante tanto desgaste físico, mental, emocional. Y de reconocimiento, cero pollitos.  

         Les toca comprar ropa para todos, hacer de doctora corazón de los hijos que se asoman al amor, tender camas hasta que las sábanas queden sin ningún pliegue, alegar, gritar, llorar, reír, seguir las telenovelas con el oído alerta, cerrar puertas y ventanas para que entre el aire, preparar el plato que le gusta al marido.  Pedir rebajas y estar atentas a las gangas. 

  

         Al sexo débil le toca limpiar paredes, velar porque el gas no se esté escapando, hablar mal del gobierno de turno, arreglar la plancha, la aspiradora, ahorrar en plomero, en siquiatra, electricista y médico.   

Asear la nevera, acondicionar la ropa del mayor para el que le sigue, pelear con la empleada del servicio doméstico, pulir lo que esta hace, o no hace bien.   

         Sacar tiempo para amar, soñar, perdonar, olvidar; no olvidar. Y saber que estas líneas que terminan no ayudarán un carajo a su causa.