26 de julio de 2021
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Mundo curioso (2)

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
4 de junio de 2021
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
4 de junio de 2021

(17/9/1918). Todo da a entender que Rodrigo Vela, el enigmático personaje de esta historia, no tenía amigos en sus noches de licor. No se trataba de un ciudadano lunático o buscarruidos, como tanto borrachito insoportable, sino que, por el contrario, se vestía con compostura y era correcto en los modales. También puede pensarse que era un poeta taciturno y romántico, personaje fácil de imaginar en la Bogotá monacal que todavía sentía en sus noches lúgubres el eco del disparo con que Silva, 22 años atrás, se había suicidado.

Rodrigo llegó aquella noche al bar Árabe, en el centro de la ciudad, acompañado de Jalisco, su garboso y fiel pastor alemán, y buscó una mesa para los dos. Amo y perro tomaban a la par, y entre trago y trago, Rodrigo le contaba sus confidencias a su mascota.

Cuando la comisaría lo citó para responder por el escándalo y los daños que el perro, excedido de copas, había causado en el bar, se presentó de inmediato a la autoridad, escuchó los cargos y aceptó su culpa como todo un caballero (el perfecto cachaco o rolo bogotano). Iba acompañado por su mejor amigo, su inseparable Jalisco, que en medio de la resaca lo miraba con ojos traviesos y le batía la cola. Y abandonaron la comisaría como si nada hubiera sucedido.

(7/3/1967). El circo Atayde, de Méjico, se desplazaba a Colombia con su caravana de payasos, magos, acróbatas, bailarinas y animales amaestrados. Cuenta la noticia que el león africano Yoyo cayó en desgracia: pasó por otros circos de inferior categoría y se salvó de un naufragio. Más tarde tuvo la suerte de llegar al zoológico de Pereira, donde fue recibido con vítores. Su sociabilidad, soberbia melena y oros poderosos atributos estimularon las ansias de las leonas, pero él solo puso los ojos en la más atractiva y sexi de la manada.

No fue fácil la conquista, ya que la pretendida tenía pareja. Sin embargo, no demoró en caer en sus redes. Dicha que duró poco, pues Yoyo descubrió que su favorita le era infiel. La ingrata no accedió a volver a su lado, y él se creyó el más miserable de los leones. Se le veía triste y abatido. Como consecuencia, lo atacó la depresión y murió de un infarto. El corazón le puso término a este amor trágico.

(8/4/1995). ¡Ah, las ratas de París! Pero no cualquier clase de ratas, sino unos voraces roedores –de cuerpo alargado, horrible hocico, mirada diabólica e ímpetu destructor– que invadían las calles, las casas y las alcantarillas. Se calculó que su número pasaba de seis millones en el casco urbano, sin contar los suburbios. Y habían acabado con la tranquilidad de la ciudad. Se trataba, nada menos, que de la rata noruega, de sanguinario instinto. Esta historia hace recordar el mar de ratas enfurecidas que se agita en la novela El pájaro pintado, de Jerzy Kosinski.

La Ciudad Luz acabó al fin con esta pesadilla, invirtiendo cifras millonarias. Escena similar se vivió en Colombia cuando el médico Tulio Bayer era secretario de Salud de Manizales. Allí se sufrió la misma invasión de ratas noruegas, con iguales efectos desastrosos. Ante dicha calamidad, Tulio Bayer, hombre genial, ofreció un billete de baja cuantía por rata muerta. Los muchachos, sobre todo, gozaban cazando al enemigo común. El ataque a la plaga se volvió una diversión. En pocos días, no quedaba una sola rata viva en Manizales, y el costo de la operación había sido mínimo.

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