28 de mayo de 2022
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Guy Roger, Egan Bernal y los hijos de la cordillera (Luna Libros/Laguna Libros)

1 de junio de 2021
1 de junio de 2021

Redactor:
Darío Jaramillo Agudelo

Ésta es la historia del ciclismo de competencia en Colombia.- Por ser el más grande, Egan Bernal está en el título de este libro que cuenta la historia de las carreras en bicicleta en Colombia, mejor, la historia de sus grandes héroes, “los hijos de la cordillera”. Aquí Guy Roger se remonta setenta años a Efraín Forero; y sigue con Ramón Hoyos y con una fila de superhéroes que protagonizan la historia mítica de estos sobrehumanos.

El periodismo deportivo –prensa escrita, radio y televisión– cada vez es más lacónico. Informaciones en cifras. Resultados escuetos y desnudos. Cuando hay palabras, corresponden a discusiones de café que ahora trasmite la radio como comentarios especializados o a discursos que suponen que el respectivo deporte –fútbol o ciclismo– es una rama de la física cuántica, y hablan en esa jerga técnica que hace sentir unas bestias a los no iniciados. Y son escasas las crónicas o los perfiles de deportistas. En la Antología de la crónica latinoamericana actual hay un magnífico texto sobre un ciclista, debida a Luis Fernando Afanador. Pero no es lo habitual y, por eso, es una delicia esta crónica en forma de libro que cuenta, completa, la historia del ciclismo de carreras en Colombia, sin duda el deporte nacional. Se debe a un periodista francés, Guy Roger, que tiene más de treinta años de experiencia en L’Équipe. La traducción al castellano es de Katerina Sierra Fiodorova.
Hípica y épica.- Podrían ser una buena definición de las carreras en bicicleta. Hípica, sí, atendiendo al mote del vehículo, el caballito de acero. Y épica, que va en dos sentidos. La carrera es una proeza, en sí misma. El observador sabe que ir en auto, por ejemplo, de Armenia a Ibagué, es un viaje que fatiga, aun dentro de un carro, como pasajero: ¿cómo será subir al alto de La Línea pedaleando una cicla? Cualquiera lo acepta: la carrera de ciclismo de ruta supera los esfuerzos, es una tarea sobrehumana, heroica: aquí la épica. El ciclista sufre más allá de cualquier capacidad de sufrimiento, se rompe los huesos en la caída –y no es una metáfora– y se levanta sonámbulo y se monta de nuevo en su cicla, y continúa la búsqueda de la meta mientras sangra sin darse cuenta. Y después, cuando habla, lo hace como un poseso, como un místico de la religión de dos ruedas.

Y, más allá, esa épica no se queda en la hazaña del deportista sino que, vuelta pública, pasa a formar parte de los valores sociales. El deportista como héroe de toda una sociedad. Miren lo que somos –¡todos!– capaces de hacer; la batalla que el héroe gana es un triunfo de todos, una historia más de la mitología colectiva. Así lo dice Carlos Vives en el prólogo de este libro: “como colombianos hemos sido muy desunidos, siempre estamos en cosas que nos apartan, siempre estamos viviendo en nuestras diferencias. Es nuestra historia (…). Hemos vivido muchas guerras civiles. La política siempre, hasta hoy, exacerba las diferencias sociales cuando de repente las cosas hermosas, naturales, nos sorprenden y nos damos cuenta de que estamos todos unidos a través de un evento. Nos unió un niño como Egan con su grandísimo Tour 2019. Nos unió un sentimiento como el que se refleja en la cara y nobleza de los escarabajos. Y de repente todos nos abrazamos y todos nos queremos y todos somos iguales y todos somos colombianos”.

Cuando el héroe se convierte en dios.- Es el sino de los héroes, el esfuerzo sobrehumano, la casi derrota, la inminente renuncia eludida con coraje. Y cuando se trata de la religión del ciclismo, el héroe que gana el Tour de Francia se convierte en dios. Un dios muy especial, porque no deja de ser humano y permite que se vean sus heridas; pero él, aún herido, coronado en el Tour, ya es dios. Por esto mismo, Egan Bernal es el centro de la religión ciclística colombiana. Haber ganado el Tour lo convierte en inmortal.

El relato de Roger coincide con el esquema general de la epopeya; por lo menos al principio, donde aparece clara la predestinación a esta aventura épica: José Bulla es amigo y es el médico de la familia Bernal. Él es quien le dice a doña Flor que está embarazada. Roger recoge las palabras del doctor a la señora: “este niño te lo envía el cielo. Hará grandes cosas en la vida. Déjame escoger su nombre y concédeme el honor de ser su padrino”. Sigue Roger: “a Flor no la convence mucho Egan. No combina bien con Bernal. Pero el doctor insiste: ‘en griego antiguo, Egan es un triunfador, un hombre que emprende y jamás se rinde. Es también el que domina el fuego. Tiene su propia luz, tan luminosa, tan atrayente, que Afrodita se enamoró de él’”. Al fin la señora acepta y decide por su cuenta añadirle un segundo nombre: Egan Arley, predestinado a grandes hazañas.

Las profecías comienzan a cumplirse. A los diecinueve años, Egan Arley
–nuestro Ulises en dos ruedas– merece este comentario de Giovanni Ellena, director deportivo del Androni, su primer equipo europeo: “no sé si algún día volveré a ver algo así. Porque además de sus excepcionales cualidades físicas, su fantástica capacidad de recuperación, su potencial como escalador y rodador, para su edad, Bernal tiene una inteligencia y una madurez extraordinarias. Su reflexión no es la de un joven de diecinueve años sino la de un adulto de cuarenta”.

Pocos meses después vendrá la siguiente profecía, la nueva anunciación. Después del médico Bulla vino ahora Gianni Savio, el primer mánager de Egan en Europa, auténtico gurú del ciclismo europeo, anunció los nuevos tiempos, la nueva era: “estamos ante el inicio de una era Bernal. Iguales a él sale uno cada veinte años. Tuvimos los años Merckx, los años Hinault, los años Induráin, vendrán los años Egan. Y no puedo evitar añadir: ¡qué bella mentalidad, qué bella persona!”.

Egan Bernal y los hijos de la cordillera.- La primera parte de este libro está dedicada a contar la vida de Egan Bernal como le corresponde por ser el mito central. Las otras tres cuartas partes están dedicadas a otros héroes, de seguro menores que Egan, a quien nadie ha igualado, pero sin duda también personajes épicos, héroes de carne, huesos y persistencia más allá de los límites habituales. Comenzando por su amigo, el que de seguro estaría a la derecha de Egan, sí, Nairo Quintana, ganador de las otras dos grandes carreras, de la Vuelta a España y del Giro de Italia. Todo un personaje, hombre de pocas pero siempre precisas palabras.

Después del referido a Nairo, sigue el texto dedicado a Rigoberto Urán. Este ‘míster simpatía’ vio romperse su vida a sus catorce años: “vivíamos en Urrao, una pequeña ciudad devastada por la guerrilla, los paramilitares y, en la mitad, los campesinos, los civiles. Esta guerra mató a muchos inocentes, trabajadores como mi padre. Una mañana, era el 4 de agosto de 2001, salió a pasear en bicicleta con unos amigos. Se encontraron con un retén de paramilitares, no regresó nunca. Después supimos que ese grupo les había dado la orden a mi padre y a otros dos de ayudarles a robar ganado en una finca. Mi padre se negó, los asesinaron a los tres”. Esteban Chaves, Miguel Ángel López y Fernando Gaviria son los siguientes. Con la excepción de Gaviria –habrá algún otro–, el rasero común es que se trata de muchachos de un origen muy, muy humilde, algunos campesinos, que crecieron con lo básico y, más veces que las esperadas, superdotados físicos a la hora de hacer pruebas técnicas y tipos –también– con una dureza de carácter y una resistencia al dolor completamente excepcionales.

Después de hacer la crónica del presente –cenit de toda una historia de leyendas– Guy Roger retrocede a los orígenes, comenzando por alguien de Zipaquirá, la tierra de Egan, el ganador de la primera Vuelta a Colombia, Efraín Forero; para efectos de la genealogía de los dioses, Forero viene siendo el san Juan Bautista de Egan Arley, el mesías. Y enfrente de Forero, el primer mito nacional, Ramón Hoyos Vallejo, ganador de cinco Vueltas a Colombia. De cómo Hoyos llegó al ciclismo, se lo contó a un tal Gabriel García Márquez, por entonces periodista de El Espectador: “nos íbamos a entrenar en un pequeño grupo. En el camino fumábamos cigarrillos, siete u ocho. Si pasábamos por un pueblo donde había una fiesta, parábamos a bailar. Nos tomábamos una o dos copas de aguardiente, era más fácil con las niñas, y nos volvíamos a ir”.

El héroe siguiente es Cochise Rodríguez, el primero que triunfó mundialmente; alcanzó el récord mundial de la hora. A pesar de que lo maltrató en una célebre entrevista, a Gonzalo Arango, el fundador del nadaísmo, le debemos una definición de Cochise que vale para todos estos personajes épicos: “la sublime calidad de ese campeón reside en una animalidad absoluta. Lo sacrifica todo por la bicicleta: el amor, la fiesta, las mujeres. No bebe, no fuma. Se economiza integralmente para la hora de la verdad”. Con Cochise, Rafael Antonio Niño y Patrocinio Jiménez fueron pioneros de la presencia de colombianos en la temporada de ruta europea: “no sabíamos defender la posición rodando en el pelotón –recuerda Patrocinio–, recibíamos golpes, retrocedíamos, y a la primera ráfaga de viento ahí mismo quedábamos descolgados (…). Nos consideraban unos indios. También recibimos putadas. No se me ha olvidado lo que decía Fignon sobre nosotros. Que descanse en paz. Pero decir que éramos una raza inferior es una porquería. Mientras rodaba, ponía su mano delante de la boca y simulaba los gritos de los indios”.

El siguiente personaje de esta Odisea, y ya vamos en los años ochenta, es Alfonso Flórez; su entrenador, Raúl Mesa, lo considera “el corredor más inteligente en la historia del ciclismo colombiano”. Y añade: “las cosas nunca le cayeron del cielo. Lo que ganó lo consiguió con aquel desgarro, con la ruptura y la insolencia que lo caracterizaban. Flórez nunca fue tan bueno como cuando corrió con sufrimiento. Era un pedazo de monstruo”. En esto último, Flórez se identifica con el siguiente mito que desfila por estas páginas: Fabio Parra. Javier Mínguez, que fue el director técnico de Parra, se refiere a él en estos términos: “nunca he visto a otro corredor ir tan lejos en el sufrimiento y soportar ese umbral del dolor sin bajar el ritmo. Parra lo tenía todo para ganar un gran Tour: escalaba, podía rematar una escapada al sprint, rodaba bastante bien en la contrarreloj y, sobre todo, se recuperaba muy bien, condición indispensable en una carrera de tres semanas. Sólo le faltó una cosa: tener un buen equipo a su alrededor”.

Nelson ‘el Cacaíto’ Rodríguez –“con físico de ardilla (1,57 m)”–, Víctor Hugo Peña, Santiago Botero, Mauricio Soler, Dani Martínez: son nombres a los que se refiere Roger y que traen su historia cada vez más cerca de hoy, hasta llegar al nuevo prodigio que anuncian, Sergio Higuita, quien repite, sin saber que repite, casi las mismas palabras de todos ellos: “para mí la bicicleta es antes que nada una pasión que sale de las tripas, un asunto de sentimiento. Cuando me voy a una salida de entrenamiento de seis horas no voy a trabajar. La bici es amor y felicidad y todo lo que quiero es estar todavía aquí a los treinta y cinco o treinta y seis años, con el mismo entusiasmo”.

Lo malo y lo feo.- Como toda historia, además de los héroes, de los hechos gloriosos, de los nudos en la garganta de pura emoción, además de lo bueno, también trae lo feo y lo malo. Lo feo es el doping, que parece ir un paso delante de los controles. Y lo malo es la violencia: ya me referí a la muerte del padre de Urán, pero hay más, mucho más. Lucho Herrera fue secuestrado por la guerrilla. Y termino con el episodio de ese secuestro: “se produce entonces una escena alucinante en el pequeño grupo que avanza en fila india. Detrás de Herrera, de penúltimo, el secuestrador que cierra la marcha es uno de sus grandes admiradores y empieza a hacerle preguntas. Recuerdo de Lucho: ‘entendí rápido que no lo decía con tal de pasar el tiempo. Sabía lo que había ganado, en qué año, en qué equipo. Después llevó más allá la curiosidad con preguntas sobre el Tour de Francia. Que si el Alpe d’Huez era la más hermosa de mis victorias, con qué relación había ganado en lo alto de los lagos de Covadonga (…). Yo estaba muy lejos de todo eso, pensaba en mis hijos, en todos los que jamás regresaron’. Al cabo de siete horas de caminata, a veces de subida, Herrera, extenuado, es empujado y encerrado en una cabaña. El antiguo prisionero confiesa: ‘no podía distinguir lo que decían, pero discutían mucho. Al cabo de unas dos horas, su jefe vino a abrirme, y para mi gran sorpresa me lanzó: ‘Eres libre. Te puedes ir’. Nunca me dijeron por qué me estaban soltando. Como estaba muy oscuro pregunté si podía descansar hasta la mañana. Pasamos una parte de la noche volviendo a hablar de ciclismo (…)’. Pensativo, suspira: ‘sin mis victorias de etapas en el Tour, mi Vuelta a España, mis cuatro Vueltas a Colombia, mis cuatro Clásicos RCN, vaya a saber dónde estaría…’”.