21 de mayo de 2022
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Es el escenario, no el actor

12 de junio de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
12 de junio de 2021

En este mes de junio avanzan, en reuniones informales, las consultas a los países sobre la exención temporal de patentes sobre las vacunas del coronavirus. Inicialmente, la medida fue respaldada por 60 países, a los que seguramente se sumará otro grupo importante persuadidos de que no habrá retaliaciones de EE.UU, pues el Presidente Biden, dando un giro de 180 grados, decidió apoyar la propuesta.

Si en la situación de asedio extremo de enfermedad que vivimos, sin vacunas suficientes,  no se aprueba la liberación de patentes,  es porque esta en ningún caso funcionará. Se  descubre que es una falsa promesa. Así, habrá que cuestionar el esquema en su conjunto. La salud de la humanidad no tiene porque quedar atrapada entre los barrotes de la propiedad intelectual.

No se trata de inculpar a las grandes empresas farmacéuticas, pues fue la opción escogida por ser la que prometía reunir dinero suficiente para fomentar la innovación y desarrollo (I&D) de nuevos medicamentos. No obstante, este sistema apareja una inversión de valores, en donde, por encima de las necesidades sociales, está la rentabilidad de los accionistas.  Son los Gobiernos nuestros, tercermundistas, los que deben explicar porque admiten esa puesta de cabezas de las cosas, y  dar respuesta a  interrogantes como:

¿Por qué solo 13 de los 1233 medicamentos autorizados en el mundo, lo son para enfermedades tropicales? Y, cinco de estos tuvieron origen en la farmacéutica veterinaria, y dos para el ejercito norteamericano. (Kramer 2002)

¿Por qué la extraordinaria creatividad para tratar el COVID-19, no ha funcionado para centenarias y endémicas enfermedades que padece la humanidad?  La vacuna de coronavirus ha generado un poderoso flujo de recursos  que permite contar, en menos de un año, con media docena de vacunas aprobadas. En contraposición, la tuberculosis que tiene más afectados permanentes que el número de contagiados hoy por la pandemia, cuenta con una sola vacuna, la misma que se empezó a utilizar hace cien años; sus efectos son limitados, y  está recomendada su aplicación solo para población en alto riesgo de contraer el mal.  Se ha estimado que una cuarta parte de las muertes prevenibles en el mundo son por cuenta del bacilo de la tuberculosis. No se tiene esperanza de una nueva vacuna en  esta década.

La diferencia no está en la complejidad científica de las enfermedades, de la malaria, el dengue, el mal de Chagas, la tuberculosis,  la leishmaniosis, la lepra, el cólera, sino en lo que les es  común: ser mal de pobres. No son nichos rentables.  Y, si estas representan un gravoso coste a las economías de sus países, su suma es insignificante frente a las pérdidas económicas que ha generado el coronavirus en el G-20.

Es ya anómalo un esquema de salud orientado por los consejos de Don Dinero.  Y, la atrofia se acrecienta si se le suma la deformidad de hacer de los derechos de patentes excesivos  privilegios, por la vía de reconocérselos  con dejos de dogmatismo libertario, a de usufructuarlos con la ética del avispado.

En los años ochenta, hubo una controversia en la Corte Suprema de Justicia de EE. UU. sobre el derecho a patentar una bacteria modificada —la Chakrabartis—. Por su capacidad de degradar el petróleo, era promisoria para la limpieza de derrames de crudo. Con la petición se ponía bajo la guillotina un principio rector de lo que no era patentable: nada que fuera vivo, o imitara la naturaleza. Pero no. El debate demoró una década, y primó ese espíritu de recuperación libertaria frente al Estado que cundía en la era de Reagan. Y ahí, ha venido labrándose poco a poco una debacle para la salud.

Hubo, además una degradación de la jurisprudencia. Para conceder patentes se relajaron  los requisitos, y en poco tiempo la investigación en materia de salud se convirtió en un campo minado de peajes y litigios. Para explorar una proteína humana,  cualquier  fragmento de ADN, o procedimiento de intervención, o método de diagnóstico, hay que avanzar por doble carril, un equipo de científicos investigando las leyes de la naturaleza, y uno de abogados, la ley de comercio sobre patentes.

La empresa Myriad, con la Universidad de Utha patentaron los genes BCRA1 y BCRA2, por cuyas mutaciones se pronostica cáncer de mama. Y también el método para hacer su diagnóstico. Este sistema llegó al absurdo de instaurar un monopolio sobre  la información de ese tipo de cáncer y de su diagnóstico. Por este motivo la Asociación de Derechos Civiles de EE. UU.  demandó la nulidad de esas patentes, lo que consiguió. El Tribunal del Distrito Sur, de  New York,  emitió el fallo basándose en sentido común: un gen aislado es lo mismo que el gen que se encuentra en el cuerpo humano, por lo tanto, es un producto de la naturaleza que no puede ser patentado.

El caso Myriad subió a la Corte Suprema, confirmó lo dictado, pero no quiso asumir todas las consecuencias de tal aserto, y matizó el fallo, para salvar innumerables patentes concedidas. Aislar el gen no es innovación, pero si lo es el ADNc, esto es, aquella copia que se obtiene por manipulación genética, replicando en laboratorio los procedimientos previstos en la naturaleza para obtener sustancias: ¡que no es naturaleza lo que copia la naturaleza¡

Bastó esta diferenciación para romper el monopolio de pruebas diagnósticas del cáncer de mama, que en lo sucesivo podían ofrecerlas otras empresas si tenían el cuidado de explicarlo a partir del gen humano, y no del recombinado, con el enorme beneficio social de que el valor de esas pruebas se redujo a un tercio.

El derecho que en buena ley es recibido por las farmacéuticas, estas sacan ventaja y  lo convierten  en un más gravoso privilegio. La ley de patentes no es otra cosa que un pacto que dice: en retribución a lo que has inventado, tienes veinte años de exclusividad para disfrutarlo. La otra cara del  acuerdo es que, pasado ese tiempo, la invención es patrimonio de la humanidad. Y la manera honrada de cumplirlo es dejando que, llegado el momento, todos los demás pacíficamente lo disfruten. Pero no. Es consistente,  robusta, bien financiada, la política y práctica de las farmacéuticas para desacreditar sus mismos medicamentos cuando son producidos por otros. Son los genéricos, probadamente tan buenos como los de marca,  pero sobre los que recae la publicidad negra patrocinada, pegajosa, y resumida en la falaz sabiduría  del boticario, la que repite el médico: si es la misma droga, el mismo carro, pero no es lo  mismo viajar en un Lamborghini que en un Twingo.