15 de agosto de 2022
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El dilema que hay que evitar

16 de junio de 2021
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
16 de junio de 2021

Transcurrida más de una semana desde la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del Perú, parece definido el triunfo  de Pedro Castillo quien, según lo que informan algunos comentaristas  peruanos e internacionales como el conocido Jaime Bayly, y según lo que transmiten los videos del mencionado candidato que circulan por las redes sociales, es un comunista ortodoxo, de la vieja guardia, de esos que mezclaban la idea del control absoluto del estado sobre los medio de la producción con ideas tan conservadoras como la oposición cerrada al aborto, a la eutanasia y al matrimonio entre parejas del mismo sexo. Un candidato que ha prometido la nacionalización de la banca y de los yacimientos de minerales e hidrocarburos, que se ha declarado enemigo de la prensa libre, de la libertad de expresión y de la propia democracia, y que pretende el cierre del parlamento y de la corte constitucional del Perú y anuncia la convocatoria de un referéndum para cambiar la constitución del país. Algo muy similar a las medidas tomadas por los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba, con los resultados que nos son bien conocidos. Aunque todavía no se produce la declaración oficial de las autoridades electorales de ese país, ya que falta definir la impugnación de algo así como 200.000 votos, hecha en unos casos por la otra candidata, Keiko Fujimori, y en otros por el propio Castillo, sería prácticamente un milagro que se anulara más o menos la mitad de esa cifra, que es lo que se necesitaría para desbancar a Castillo, con mayor razón si se tiene en cuenta que quienes tienen que decidir sobre tales impugnaciones conforman un tribunal de marcada tendencia izquierdista.

Para quienes nos consideramos de centro y esperamos seguirlo siendo, lo cual no significa necesariamente que seamos fajardistas, es una mala noticia el triunfo de populismos extremistas, sean estos de derecha o de izquierda. Todo extremo es vicioso, decía el aforismo que nos enseñaron desde niños.

Aspiremos a que nuestro país logre evitar la situación electoral a la que llegaron los peruanos. Tuvieron una primera vuelta con algo así como 18 candidatos, una verdadera locura. No había entre ellos ningún líder importante. La única muy conocida era la señora Fujimori, de ascendencia japonesa, hija del tiránico expresidente Alberto Fujimori, actualmente condenado a prisión por diversos delitos, y acusada ella misma de corrupción por la fiscalía del Perú; muy conocida, sí, pero muy odiada por millones de peruanos. Ninguno de los candidatos obtuvo siquiera un 20% de la votación de esa primera vuelta. Y los dos candidatos más votados, quienes tendrían que disputarse la presidencia en una segunda vuelta, fueron el mencionado Castillo y la señora Fujimori. Este proceso electoral ha sido una clásica edición del antivoto: dejando de lado los pocos seguidores verdaderos con que cuenta cada uno de estos candidatos, la mitad de los sufragantes depositó su voto contra la señora Fujimori, como consecuencia de ese intenso odio que les despierta, y la otra mitad lo hizo contra Castillo, movida por el terror que les produce su militancia de extrema izquierda. Hasta Vargas Llosa, el ilustre nobel peruano, enemigo político desde siempre de Keiko Fujimori y de su padre, votó por ella y le aconsejó hacer lo mismo a todo el que quiso escucharlo, para salvar la democracia.

El resultado, esta votación casi igual para cada pretendiente al poder, con una diferencia de mucho menos de cien mil votos a favor de Castillo, entre más de 16 millones de electores que acudieron a las urnas. Una estrechísima diferencia, casi tan estrecha como la que obtuvo a su favor el voto por el no en el innecesario referéndum que se le ocurrió a Santos dizque para ratificar el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC. Todavía falta ver si un triunfo definitivo de Castillo conducirá al Perú a un régimen comunista. No cuenta con las mayorías necesarias en el parlamento, y tendrá además que vencer la oposición de la mitad de los ciudadanos. No será tarea fácil para el nuevo presidente, pero el riesgo es demasiado alto.

Por nuestra parte, repito, esperemos que no se nos presente a los colombianos el año entrante una disyuntiva similar. Si después de la primera vuelta tenemos que escoger entre Gustavo Petro y el que diga Uribe, estaremos en problemas. Cualquiera de esas dos alternativas sería mala para el país. La extrema izquierda petrista trataría seguramente de cambiar el modelo económico de libre empresa, y de someter a la población de Colombia a una situación parecida a la de Venezuela. Y la extrema derecha, aupada en el odio ─y el temor─ que han despertado el vandalismo, la destrucción de la economía y los bloqueos que, irónicamente han generado un aumento del costo de vida muy por encima del que se iba a producir con el aumento del IVA contenido en el proyecto de reforma tributaria que testarudamente quiso imponer Duque y que disparó las protestas, seguramente buscaría imponer un régimen más autoritario, más represivo. Trágico destino, tener que escoger entre las dos puntas de la polarización, vale decir, entre dos dictaduras extremas, la de la derecha y la de la izquierda.

Ante semejante panorama la salida es un candidato de centro, que atraiga los votos de los electores para que pueda pasar a la segunda vuelta, de modo que al final no tengamos que elegir si votamos contra Petro o lo hacemos contra el candidato uribista. Para ello se requiere compensar el poco sex-appeal que tiene la posición centrista. Se necesitan al menos tres factores: un extraordinario programa de gobierno que garantice la propiedad privada, el libre mercado, el cumplimiento de los acuerdos de paz, el respeto a las libertades de expresión y de prensa y a los derechos de los ciudadanos, que incluya los planes de recuperación económica para compensar los efectos de la pandemia y los del paro, y que garantice la solución de los inmensos problemas sociales de lo menos favorecidos; una gran campaña, que convenza a las mayorías de que ese es el camino, y un gran candidato, un estadista reconocido y respetado, que despierte la confianza de los electores en que va a ser capaz, como decían los centenaristas, de conducir la nave del estado a través de las procelosas aguas que nos quedan por cruzar. ¡Menuda tarea la que nos espera! Pero indispensable, si queremos fortalecer nuestra democracia y sacar adelante este país.