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Por Darío Jaramillo Teoría de la gravedad (Libros del Asteroide) de Leila Guerriero.-

2 de mayo de 2021
2 de mayo de 2021

Redactor:
Darío Jaramillo Agudelo

Habitualmente, no tengo acceso a las columnas de Leila Guerriero en El País y por eso mismo hasta ahora había leído muy pocas y, con tan poco, llegué a Teoría de la gravedad con la demasiado simple idea de que se trataba de muy breves textos en primera persona. Ahora, ya leída, mejor, devorada, tengo palabras más precisas para definirlos. Son poemas. Son poemas íntimos, confesiones. Nunca tanta intensidad en la escritura de Leila Guerriero, nunca tanta conciencia de las palabras, de ca-da-pa-la-bra, que aparecen tan rebosantes de fuerza, de significado, de despiadada búsqueda de sí misma en el fondo de cada sílaba, de cada recuerdo, de cada escena. Monólogos, voz de confidencia que no son sólo letras que se leen: uno oye, siente un aliento, el ritmo de la voz que habla más allá del aparente silencio de la página impresa. Leo este libro como se lee un libro de poemas; miro un texto; ese texto me devuelve a uno anterior; al releer el anterior, descubro otra cosa que me rebota en otro; avanzo (¿avanzo?) muy decidido a que no se me acabe; dejo el libro un rato porque el siguiente texto me obliga a estacionarme en él. Y así. Como un libro de poemas.
El personaje, nunca tan mal llamado ‘personaje’, es una Leila que cuenta su vida, su infancia, sus dudas, sus visiones íntimas; una Leila, sí, pero también esa persona es el propio lector que se encuentra a sí mismo cuando el monólogo del libro está revelando la intimidad de quien habla, llámese Leila, llámese yo, cualquier yo, el pobre y despojado yo del lector.

El pacto.- Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos o flotando feliz entre la euforia de los vivos, idéntica a mí, la muy sincera, la muy falsa, la esquiva, la insensible, la mísera, la idiota, la astuta, la excesiva, la austera, la retrógrada, la feminista, la jurásica, la iracunda, la violenta, la agresiva, la suave, la tan suave, aquí yo, yo, yo, la egocéntrica, la narcisa, la modesta, la muy humilde, la tan humilde, la soberbia, la confundida, la preclara, la confusa, la confesa, la caníbal, la cobarde, la cursi, la que habla de sí, la que no habla de sí, la que sólo habla de sí, la impávida, la fría, la muy cálida, la kitsch, la ruda, la bruta, la brutal, la que vive en sosiego, la desasosegada, la que te tiene harto, la que no sabe lo que dice, la que no dice lo que sabe, la que lo cuenta todo, la que no cuenta nada, la que lo cuenta todo pero no cuenta nada, la que no sabe escribir, la que escribe como puede, la que no escribe en absoluto, la que no piensa, la que no sabe pensar, la enredada, la vacua, la precisa, la justa, la tan justa, la honesta, la muy insoportable, la rastrera, la infame, la insumisa, la blasfema, la que pide y no da, la que da pero no quiere, la que lo quiere todo, la que nunca da explicaciones. “Mi propósito –dice Balder, uno de los personajes de El amor brujo, del escritor argentino Roberto Arlt– es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora”. “Poco a poco tendré que ir saqueando mi propia vida para ofrecerla al mejor postor”, escribe Andrés Felipe Solano en Corea, apuntes desde la cuerda floja. Vengo aquí. Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, le prendería fuego.
Así comienza. Devastadora. Y la extensión de cada texto es más o menos la de éste, algo más de trescientas palabras, poco más de mil cuatrocientos cincuenta caracteres. Además, sin ser inexorablemente fiel al esquema, hay procedimientos recurrentes: por ejemplo, comenzar el texto con una pregunta. O el uso reiterado de ciertas figuras retóricas. Ah, las figuras retóricas: tienen nombres tan feos –como de enfermedad, como de insecto–, que es mejor no hablar de ellas so pena de tener que escribir palabras como “aféresis, alegoría, aliteración, alusión, anacoluto, anadiplosis, anáfora, analepsis, anástrofe, animalización, annominatio, antanaclasis, antífrasis, antítesis, antonomasia, apócope, aposiopesis, apóstrofe, argumentum, asíndeton, asonancia…”. Cualquiera le pierde el gusto al tema simplemente por usar semejante terminología. Así que iba a decir que en estos textos Leila Guerriero recurre con frecuencia a “repetir la misma palabra en el inicio de distintas frases”: “debería, por ejemplo, empezar por viajar más, por viajar menos, por no viajar en absoluto. Debería hacer las paces con mi padre, debería depender menos de mi padre, debería ver a mi padre más seguido. Debería salir de esta casa en la que paso tanto tiempo sola, debería quedarme en casa y no salir a aturdirme con gente que no me importa en absoluto. Debería…” y así sigue con más frases que comienzan con ‘debería’. O: “antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes…”. Y hay varios más (“supongo que, supongo que”, o “esa soy yo, esa soy yo…” y no agoto los ejemplos) de una imagen retórica llamada ‘anáfora’, pero no se lo cuenten a nadie. Uno de los efectos de la anáfora es conferirle al texto la gracia de parecer hablado, no solamente escrito. Y Guerriero lo logra a plenitud.

Pero voy por mal camino tratando de enunciar los recursos retóricos que aplica la autora a esta Teoría de la gravedad. De todos modos, lo afirmo para los del oficio: Leila Guerriero escribe requetebién. Lo principal está en esta casi autobiografía de la que se disfraza el poema. Y en las Leilas que aparecen. Por ejemplo una de 1986: “yo había llegado hacía poco a Buenos Aires, que no era una ciudad sino un milagro peligroso, burbujeante de electricidad como un campo de promesas desiguales. Vivía sola y en las noches de verano me gustaba dormirme en el piso, la ventana abierta, mirando películas malas que pasaban por el canal 13 después de medianoche. No tenía lavarropas, mi heladera funcionaba mal, nunca me cansaba de andar por la calle, de ver cine (…). Hablaba con los borrachos y con los mendigos. Iba a tugurios húmedos con una garganta donde travestis de piel muy blanca declamaban poesía cual demonios blasfemos. Pero a veces, no pocas, los días eran un lento viaje hacia la noche, una hora tras otra, todas llenas de vacío. Sobrevivía agónica, rodeada de un silencio hinchado, cancerígeno, sin afecto ni paz. Veía desde mi balcón los departamentos de los edificios de enfrente, las lámparas encendidas, las familias conversando en torno a la mesa de la cena, mientras yo abría una lata de sardinas. En esos días todo transcurría dentro de mí, en una noche cenicienta y sin consuelo. Todo estaba por suceder y nada parecía posible…”.

Antes también ha hablado de sus diecinueve: “nunca fue peor que entonces. Sabía lo que quería hacer –escribir, escribir–, pero no cómo se hacía para vivir de eso. El tiempo transcurría con una asfixia extraña, a empellones de furia y desazón (…). El mundo era un lugar repleto de cosas que anhelaba con ferocidad, y todas estaban demasiado lejos, eran demasiado inalcanzables. Vivía encerrada dentro de mí como un animal, oculta y silente, aunque a los ojos de todos pareciera un demonio remitido desde su origen, un íncubo peligroso. Llenaba hojas y hojas de cuentos, de poemas –de quién sabe qué– en mi Lettera portátil. Escribía de tarde, de noche, de madrugada. Sobre una mesa de pino sin lustrar. Mirando un paisaje de cemento desde un piso alto al que no llegaba nada que no fuera la atronadora indiferencia del mundo. Todo parecía vedado para siempre. Nunca fue peor que entonces. Tenía diecinueve años. El tiempo pasa. Por suerte y menos mal”.

En otro texto (poema, dije, porque lo releo con más deleite ahora, cuando lo transcribo) retrocede algo más: “un atardecer de cuando yo empezaba a ser adolescente y estaba en mi dormitorio apenada por, supongo, algún novio, mi padre entró, se sentó a mi lado y me dijo que todo lo que tenía que hacer para dejar de estar triste era pensar, una por una, en todas las escenas que me habían provocado esa tristeza. Que repasara el dolor, una y otra vez, hasta gastarlo: ‘hasta que, cuando pienses en eso, ya no te produzca nada’, dijo. Después se levantó y se fue”.

Sí, habla de su padre y apenas cito muestras: “mi padre me enseñó a pescar, a hacer el fuego, a leer, a limpiar pinceles con aguarrás, a escuchar a Beethoven. Me dijo así se mata a un pez cuando se lo saca del agua, así se pela un pato, así se sobrevive a la pérdida, así a un hombre peligroso, así se juega con fuego”.

Y de su madre, también muestras; la recuerda “con veintidós años… riendo en una plaza, riendo rodeada de palomas”. La recuerda también “internada en un hospital, agonizando”. Y se refiere a su canto: “cantaba muy bien. No lo hacía a menudo. Sólo a veces, mientras lavaba la ropa, o cuando íbamos a hacer compras en el auto, o cuando salíamos de vacaciones. Cantaba con una voz limpia, satinada y heroica. Una voz ambarina, desnuda, severa, enorme, un canto como un trozo de hueso”. Antes ha dicho: “mi madre me enseñó a leer poesía, a estudiar, a levantar el ruedo, a tener la paciencia de la prolijidad, a cocinar, a decir buen día, perdón y gracias, a montar una casa, a vivir sola, a estar sola, a conducir…”.

Habla de sus viajes, del “hombre con quien vivo hace veinte años”, de su deslumbramiento juvenil con los diarios de Pavese (“nunca más deberás tomar en serio las cosas que no dependen sólo de ti. Como el amor, la amistad y la gloria”). Habla de dos escritores argentinos, Hebe Uhart y Ricardo Piglia, y habla mucho y muy bien sobre el oficio de escribir. De repente, en una sucesión de textos, que se titulan Instrucción y que van numerados, se desdobla en otros que conoce o imagina.

Lo mejor para rematar esta reseña es transcribir otro texto, otro poema, de este libro:

Equivocada.- “¿Cuál es tu momento feliz”, preguntaba mi padre. “No sé”, decía yo. “Hay que tener un momento feliz –decía mi padre– para cuando la infelicidad sea mucha”. Ustedes no pueden saber cómo era aquello. Éramos varios. Íbamos a fiestas de tres días y amanecíamos a la luz de las fogatas, calentándonos los dedos con la brasa del último cigarro. Entrábamos como un viento oscuro a sitios que se llamaban Nave Jungla o Bajo Tierra, y nos abarrotábamos en sótanos en los que tocaban nuestras bandas favoritas, y cantábamos a gritos canciones que drenaban el hielo negro que guardaba nuestro corazón. Yo vivía en un departamento con una planta de jazmines y a veces, cuando me asomaba al balcón, pensaba: “Este es mi momento feliz: esta ciudad y este tremendo cielo”. Entonces, hace unos días, estuve en mi pueblo natal y, en la televisión, vi cantar a Ricardo Mollo. Mollo es argentino, tiene una de esas voces raras, un magma de emoción salvaje y crudo. Esa noche cantaba algo que me costó identificar. “Corazón de pluma, para qué pierdes el tiempo”, decía la canción. “De andar y andar buscando verdades para encontrar siempre otra pregunta”. Y yo me preguntaba: “¿Qué es eso, que conozco tanto?”. Mollo cantaba como un iluminado, como un hombre único y solo. Y entonces me vi. En esa misma casa, a los diez años, acomodando jazmines sobre la mesa, caminando descalza por el piso de madera, el calor, la luz, la hora de la siesta. Y Serrat, en el tocadiscos, cantando esa canción mientras mi madre lavaba la ropa. El olor del jabón y de las flores. La casa navegando como un barco hacia el verano. Y yo, en medio de todo, feliz de una manera perfecta y peligrosa. Con la única clase de felicidad que iba a salvarme. Con la clase de felicidad que iba a matarme cuando me faltara.