17 de junio de 2021
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¿Por qué tumban las estatuas?

10 de mayo de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
10 de mayo de 2021

Siguen derribando estatuas. Todavía recordamos la ola que destruyó monumentos en Estados Unidos y Europa en el mes de junio del año pasado. Todo empezó por el asesinato del afroamericano George Floyd, a manos del agente Derek Chauvin. La chispa incendió la llama del antirracismo en Estados Unidos y en el mundo. Primero cayó la estatua de Williams Carter Wickham, en Richmond (Virginia), dueño de una plantación de esclavos y considerado un héroe por algunos sectores de la población blanca. Al día siguiente, en Bristol (Inglaterra) se escuchó el grito Black Lives Matter (las Vidas Negras Importan) y una multitud derribó la estatua de Edward Colston, un traficante de esclavos del siglo XVII.

El movimiento contra estos símbolos se fue extendiendo en Estados Unidos; el blanco principal fue Cristóbal Colón, considerado el primer responsable de la esclavitud en este continente. Cuando el movimiento antirracista se fue ampliando muchos alcaldes y gobernadores empezaron a retirar monumentos. Como consecuencia se extendió el debate sobre qué hacer con las obras que representan a personajes relacionados con hechos trágicos como la esclavitud ¿Es vandalismo derribar estatuas? ¿Es un acto de justicia histórica? ¿Son solo expresiones políticas? ¿Qué pasará con las pirámides de Egipto levantadas con mano de obra esclava? ¿Qué pensar de las pirámides de Teotihuacán?

La situación en Colombia

El 16 de septiembre del año pasado un grupo de indígenas de la etnia Misak se ubicó en el Morro de Tulcán, donde estaba instalada la estatua de Sebastián de Belalcázar y le hicieron un juicio histórico, al fundador de Cali y Popayán, le atribuyeron los delitos de “genocidio, desaparición forzada, despojo y acaparamiento de tierras, que hacían parte de la confederación Pubenence”; además, porque mandó a torturar por medio de técnicas de empalamiento y ataques con perros, a los “guerreros pubenenses, los taitas Payán, Calambas y Yasguén”. La sentencia fue derribar el monumento y decapitar la estatua “del conquistador Sebastián Moyano y Cabrera, alias Sebastián de Belalcázar”.

Sobre este hecho afirmó Edwin Mauricio Capaz, coordinador del área de Derechos Humanos de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) que “el cansancio de los pueblos es evidente, hoy nuestros hermanos Misak, después de anuncios de movilización han dado un primer paso. Ante el inminente proyecto de muerte, renace la movilización por la vida”. Y el Consejo Regional Indígena del Cauca se pronunció anotando que hasta la fecha registraban 55 masacres en el país y ya están cansados de que “la muerte en los territorios se pasea en caballo, en moto, en camionetas, en helicópteros y se lleve la vida. Tumbamos la estatua porque ese hombre, montado en su caballo, es el símbolo”.

¿Por qué derriban las estatuas?

El viernes 7 de mayo en la madrugada un grupo indígenas de la comunidad Misak, derribó la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada fundador de la ciudad de Bogotá, ubicada en la plazoleta del Rosario. El hecho se realizó mientras coreaban las consignas “Viva el paro nacional. Viva el movimiento de las autoridades indígenas de Colombia”. A continuación los Misak cantaron y bailaron para celebrar la caída del conquistador.

Y los estudiantes de antropología de la Universidad del Rosario emitieron un comunicado apoyando el acontecimiento: “Celebremos la caída del símbolo del conquistador en nuestros espacios cotidianos. Manifestamos nuestro total apoyo al acto liderado por el Movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente (AISO) y el pueblo Misak”.

Pero más preocupación produjo la acción realizada al Monumento de Don Antonio Nariño en la ciudad de Pasto, desconociendo su papel en el contexto sociopolítico de su época. Al respecto manifestó la Academia Nariñense de Historia que “Actos como los vividos, ajenos a la historia y al espíritu tolerante de pastusos y nariñenses, no deben repetirse en el futuro. La Academia invita a las juventudes y a la ciudadanía en Colombia, a estudiar en cada rincón de la patria, la Historia Madre y el Pensamiento propio para valorar la vida y honra de los conciudadanos y fortalecer los verdaderos elementos de identidad cultural y pertenencia social”.

Por último, desde hace más de 30 años desapareció el estudio de la historia como un programa separado de las ciencias sociales y, por lo tanto, las nuevas generaciones empezaron a perder la memoria. Es complicado borrar los hechos históricos de un plumazo, pero es una buena coyuntura para estudiar el pasado. Seguramente así entenderemos el presente y la dimensión de los conflictos sociales que ha padecido el país.