22 de mayo de 2022
Directores
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Cuento/ Por Jaime Jurado Poncho mortal

28 de mayo de 2021
28 de mayo de 2021
Jaime Jurado

“Qué triste que tan hermoso paisaje oculte el terror que vive este pueblo” pensó Hernangildo Menjura, el profesor de ciencias sociales recién llegado a Romeral de la Sierra, mientras observaba al oriente el cañón del río Cauca y al occidente el tórrido valle del río Risaralda en el que el agua se desliza entre esbeltos cañaduzales. Alzó más la mirada hacia las altas cumbres en que se divisaba su natal Manizales y más lejos su tutelar Nevado del Ruiz. Por un momento la contemplación del panorama dulcificó sus preocupaciones, pero rápidamente la realidad que le había contado Atanael Sotomonte, el vigilante del colegio, le revivió el último diálogo con su amigo, que recordaba con total precisión a pesar de haber pasado más de un mes.

-Cómo así que te has metido en peleas con Terminator, el sicario ese que trabaja con Vladimiro Matamoros, el jefe de los matones?

-Sí, profe, pero han sido peleas a puños por problemas de juego. Siempre le gano al hombre, tanto en el juego como en la pelea. Es que nadie puede con estas manos de hierro que harían parecer de trapo a las de Mano de Piedra Durán. Nos conocemos desde niños y creo que la cosa no pasa de ahí-dijo Sotomonte-mostrando el poder de unos dedos duros como postes antes la cara del docente que retrocedió levemente al sentir la amenazadora cercanía de diez gruesos hierros que formaban un solo haz frente a sus ojos.

-Eso es lo grave, hermano, con esa gente no se juega. El tipo debe estar muy ardido porque me dicen algunas personas que lo has humillado en público. Un asesino a sueldo no va a permitir que otro le gane en nada, ni siquiera jugando. Te hablo no como profesor sino como amigo, no te descuides. Al propio sujeto se le ha oído decir que para esas manos hay una cosa que no falla que son unos gramos de plomo. Aquí todo se sabe.

-Eso lo dijo en una borrachera. El hombre me tiene miedo y además él no opera por su propia cuenta, él mata por encargo a los que le ordene Vladimiro.

-Yo tomaría eso más en serio, creo que solamente tienes dos opciones: irte de aquí o adelantarte y matarlo-dijo el profesor, sorprendido de que de sus labios hubiera salido una sugerencia tan contundente y pensando que algo así nunca lo diría en clase.

En efecto, en el aula cuando examinaba la historia colombiana insistía a sus estudiantes en la tolerancia y en la necesidad de resolver pacíficamente los conflictos. Conocía el fenómeno de la violencia desatada en el país a partir de los años cuarenta del siglo XX y tenía muy claro que en el occidente de Caldas se había sentido muy fuertemente y que incluso en la zona en que ahora trabajaba hubo coletazos de los enfrentamientos partidistas y presencia de grupos bandoleros hasta mucho después de superada esa etapa en el resto del país. Lo que lo sorprendió a su llegada, sucedida apenas un mes atrás, fue que Romeral se había convertido en una especie de centro de operaciones de un tenebroso ejército de asesinos que actuaban a la luz del día en un radio amplio de municipios del oeste de Caldas, en el vecino departamento de Risaralda y el Norte del Valle del Cauca.

Al regresar de unas largas vacaciones, a la última conversación con Sotomonte, que se repetía en su mente una y otra vez como un disco rayado, se le superpuso el relato de Hilda, la casera  de la habitación que arrendó en una amplia residencia ubicada en la zona central: “Profe, eso fue lo más horrible. Aquí matan mucha gente pero nunca había ocurrido algo así en mi negocio. Fue acá en el billar que le alquilo a Matamoros. El Terminator ese le dijo a Vladimiro que le prestara el revólver para matar a Sotico y el patrón le dijo que qué iba a ser capaz. El hombre le insistió y ahí sí le pasó el arma, la que le descargó completica al pobre Atanael. La policía apareció mucho después, apenas a hacer el levantamiento, cuando el tipo ya se había pisado. A Vladimiro ni lo interrogaron siquiera y sigue tan tranquilo como siempre porque ninguno declara y todos guardan silencio. Mejor dicho, como en el cuento, nadie vio ni oyó nada, mucho menos yo que no quiero problemas de ninguna clase.

Pasó un mes y el homicidio no fue sino uno más de los que ocurrían a menudo y quedaban en la oscuridad total. Pero algo había cambiado en la vida pueblerina. No podía definirse pero el ambiente era distinto. El tiempo parecía haberse detenido en el vaho de un aire pesado y sofocante. Tal vez el aura de respetabilidad que le daba a Vladimiro el disfrute de una larga impunidad se había perdido a causa de la simpatía que la gente le tenía al finado. O podía ser porque en la misa de cuerpo presente previa al sepelio, el sacerdote, si bien no dijo nombres propio sí lanzó una expresión que todos entendieron: «el que a hierro mata, a hierro muere”. Quizá su mirada ya no infundía el mismo miedo. El capo mayor se destacaba por la firmeza de la mirada de su ojo izquierdo, fija, penetrante e intimidante que compensaba el apagamiento del derecho, convertido en una bola blanquecina que ahora solo inspiraba asco.

Un nuevo fin de mes y el hombre deja su billar que era la tapadera para su otra actividad y como ha sido su costumbre, quiere pasar una semana en el bar de enfrente, sentado solo, bebiendo ron, recibiendo los reportes de sus subordinados y pagándoles los que les corresponde, con muy pequeñas pausas para ir al baño, comer un poco y tomar un corto descanso de cinco horas a partir de las doce de la noche. Al segundo día recibe una corta visita de su casera y sin disimular su preocupación le dice:

-Hilda, ¡qué cosa tan rara! soñé que estando acá se aparece en la puerta un tipo extraño que lleva un gran poncho blanco y lentamente saca de debajo de él un revólver con el que me dispara en el ojo izquierdo. Ahí terminaba todo y me desperté asustado.

-No le pares bolas a eso, ¿quién se va a meter contigo si ni la policía se atreve? Es que te da miedo quedarte ciego? Fíjate que solo con un ojo que funciona eres el duro y todos te tienen terror. Además, tú eres más rápido con el arma que cualquiera. Si el hombre se demoró en sacar el revólver tienes oportunidad de darle varias veces. Uno sueña muchas bobadas.

-No es miedo a la muerte, estoy preparado para irme en cualquier momento. Es que siento que la gente me mira de otra manera, ya no es como antes, lo veo en sus ojos. No sostienen mi mirada, pero ya no la evitan; es como si mi ojo izquierdo hubiera perdido su poder. Un matón que no infunda miedo está jodido. Siento que ya como jefe de sicarios no valgo un culo y que al pueblo ya le vale un culo que yo sea jefe de sicarios. Si fuera un sueño donde me quiebran no le vería nada raro pero que precisamente sea dándome en el único ojo que me sirve es lo que me tiene cabriado-dijo Vladimiro levantando la vista hacia un punto indefinido como si buscara respuesta a su inquietud.

-¿No será que ya no le tienes gusto a esta vida y quieres un cambio? Debería irte siquiera por un tiempo.

-No, yo no me imagino en ninguna otra parte ni haciendo otra cosa. La vida que llevo es la única que me cuadra. Lo que sí me preocupa es que le estoy perdiendo el gusto a matar, eso es más grave y puede afectar el oficio. Y no es porque me parezca malo, nunca lo ha sido para mí. Es porque ya no me siento poderoso y la mirada se debilitó, creo que esa debilidad la sintió el del poncho y por eso se dio el lujo de demorarse en disparar-dijo Vladimiro como última palabra.

La mujer se retira sin decir nada más, convencida de que era una preocupación vana y de que todo volverá a la normalidad. Vladimiro es su dios, señor de vidas y haciendas cuya voluntad es ley, el guardián de un orden que nadie cambiará porque así son las cosas en una sociedad en que todo es igual a pesar del paso de los años. Muy lamentable lo del celador pero fue un error que le puede pasar a cualquiera. Rumia esos pensamientos mientras regresa a casa y recuerda que en su ya larga vida no ha conocido más que violencias interminables, comenzando por la que la desarraigó de un pueblo cercano cuando su padre fue asesinado en los lejanos años 50 y por motivos que no logra entender, Vladimiro se lo recuerda. Lo admira y le teme, pero a la vez algo en su ser lo repudia pero prefiere no escudriñar mucho en esos sentimientos tan confusos.

Con todo, pasados seis días cree que solo al terminar la semana de retiro del hombre, cuando este regrese al billar, se garantizará la anhelada continuidad. No porque piense que alguien atente contra él, eso está descartado, sino porque nota que sigue intranquilo, sumido en la modorra de un calor considerablemente más fuerte que el aire templado que caracterizaba a la villa.

A la hora de la siesta, cuando el villorrio se ha recogido en sí mismo y solamente está abierto el negocio en el que el jefe de jefes consume lentamente otra botella de licor, de un momento a otro deja de correr la brisa que refrescaba un poco el ambiente. No se mueve una hoja y el aire es tan pesado que se siente como una carga sobre los hombros. Las puertas y ventanas se cierran y en las calles solamente merodea un perro solitario.

En la claridad del medio día, en la mente de Matamoros retumban las palabras del religioso y sin dejar de mirar hacia la puerta en la que guarda vigilancia El Zorro, su fiel escudero y guardaespaldas. Siente arder su cabeza y se dice: “creo que lo sacó de La Biblia o algo así, pero valiente güevonada, eso lo sabe hasta un niño, descubrió el agua tibia el curita ese. Pal fierro es que estoy listo desde que me conozco. Vamos a ver muy pronto quien es el próximo en ser despachado con hierro”.

De repente, en la transparencia reverberante ya no se ve la silueta del cancerbero que cada tanto pasaba de un lado a otro bajo el dintel. En fracción de segundos ha desaparecido y en su lugar se posa una larga sombra negra que le da un siniestro toque de penumbra al recinto. De repente se inicia una lluvia torrencial acompañada de fuerte tormenta eléctrica. Una breve eternidad de segundos paraliza a Vladimiro, quiere mover su mano para dispararle a la sombra y adelantarse al arma que va emergiendo lentamente de debajo de un gran poncho blanco. Siente que todo tambalea a su alrededor y que su mundo se derrumba pero su cuerpo sigue atado a la silla y sus pulmones se sofocan sin poder aspirar un poco del aire de plomo que lo rodea.

El ojo izquierdo quiere salirse de su órbita pero no alcanza a ver las balas que lo atraviesan con precisión mortal. El sonido de la descarga de seis disparos se ahoga en el sordo estruendo de una seguidilla de rayos que ilumina el cielo con una constelación de colores como aurora boreal en pleno trópico.

Desde Manizales, Hernangildo, ahora jubilado, siente al medio día un extraño deseo de mirar hacia Romeral. Una corazonada le dice que algo está por suceder en el pueblo que fue su último destino laboral. Aunque su rutina es ir por la tarde a ver morir el día en los bordes de la cordillera occidental imaginando y casi viendo allende las montañas el olor yodado de las aguas marinas al beso del sol poniente. Sube a Chipre, la colina iluminada, “fábrica de atardeceres” que es mirador de un hermoso panorama y observa fascinado en lontananza el lugar que apenas se distingue, que puede ubicar por estar un poco más abajo que una gran estatua de Cristo levantada en un pueblo vecino. Le parece ver con nitidez la plaza central y el negocio de billares del capo y que fue su propio refugio durante un tiempo. Observa la tormenta de nubes electrizadas que se desplazan en amplio espectro chocando unas con otras como si lucharan por el predominio en el aire y al ver el resplandor de centellas que dejan ver un cielo que por momentos se viste de un intenso rojo sangre, brilla en su mente un pensamiento:

“Ya que no hay justicia en la tierra, ni creo que la haya en el otro mundo porque no existe, qué bueno que uno de esos rayos fulminara al maldito Vladimiro”.