22 de mayo de 2022
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Palabras muertas.

30 de mayo de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
30 de mayo de 2021

En tiempo atrás intitulé esta columna A Vuelapluma. Quería cubrir varios temas, disímiles entre sí, sin mucho pulimento, al desgaire, y sin pretensión alguna más allá de que fuera de fácil lectura, sin muchas vueltas ni sin recovecos ideológicos o proselitistas. Hoy he querido como recobrar ese estilo, pero mientras llegan las ideas a las yemas de los dedos, se me arma un lío de la madona, un enredo de anzuelos, unos ovillos que tienen principio pero que como que no tienen fin.

Trataba de ordenar el discurso, pero imposible. Sin embargo, surgió el tema de los diálogos. Y sí. Decidí dedicar el artículo a exaltar el sentido y la importancia del diálogo, recordarla, realizar su defensa vehemente, así fuera a las volandas. El inspirador, el Dr. Álvaro Uribe Vélez, y su coqueteo para reiniciarlo nada menos que con el asolador Ejército de Liberación Nacional, sin que aún tenga claridad sobre si lo propuso a nombre propio o a nombre del gobierno que preside Iván Duque Márquez, que desde luego cuenta con mi entusiasta adhesión y renacida esperanza. El diálogo de Uribe con el Ejército de Liberación Nacional, no sobra advertirlo.

La razón es potísima. Es que como pertenezco a la generación del Frente Nacional, casi que desde la salida de mi pubertad observé que las conversaciones entre los jefes sectarios del liberalismo y del conservatismo, incendiarios durante veintisiete años si no más, de ciudades y campos colombianos, a nombre de los trapos rojos y azules, en los que envolvieron como mortajas miles y miles de cadáveres, dieron resultado y pudimos restañar heridas y destrabar odios heredados.

Luego todos los presidentes, hasta la fecha, sin excepción alguna y a su manera, buscaron mesas de encuentro y conversaciones con los insurrectos, con logros y fracasos conocidos, hasta llegar al proceso de paz de La Habana. Que alcanzó el cese al fuego con la mayoría de la guerrilla más anacrónica y vetusta del mundo, encuentros y realizaciones que exalté entusiasta, con la única credencial de ser un periodista de opinión, que ha creído y cree en las instituciones pactadas en nuestra Constitución, por muy desvencijadas y olorosas a anturio que se encuentren, y en esta democracia que agoniza y pide a gritos a un milagrero que la resucite y la rejuvenezca.

Ah… no puedo olvidar contarles, que me derramé en aplausos cuando el Dr. Uribe Vélez inició y adelantó el proceso de la desmovilización de los paramilitares, los más visibles extraditados a los Estados Unidos, pero cuya incontable mayoría anda por ahí suelta, la de las cuadrillas, sin juicios e impunes y con una jurisdicción dizque de Justicia y Paz, de creación legal en 2005, paquidérmica e inoficiosa. Y de la que nadie habla o no quiere hablar.

Entonces, con estos antecedentes y sin más apelaciones al pasado, me dije: cómo es que no levanto la voz, para implorar un diálogo rápido y eficaz, que nos permita mirarnos los unos a los otros, con comprensión y tolerancia, en estos episodios de ahora, de hoy, quizás los más trágicos y cruciales de nuestra historia contemporánea. Y aquí voy a vuelapluma con lo de los diálogos.

En las horas de la mañana de este domingo, el gobierno y los del paro general, pretenden comenzar sus interlocuciones tendientes a la construcción de un acuerdo que desate el nudo de los enfrentamientos entre el establecimiento y los protestantes, bajo la muy autorizada mediación de la Iglesia Católica y de las Naciones Unidas. Sería imperdonable que, por razones semánticas, ideológicas, políticas, no se consolidara la entente. Si fue posible con los alzados en armas de los últimos setenta y cinco años, con quienes pretendieron la refundación del Estado por la vía de los fusiles y las bombas, no veo cómo no se pueda lograr con los representantes de los maestros, de los sindicatos, de los universitarios, de los ninis y de otras expresiones contestatarias. Cuyos delegados, eso sí, deben aterrizar sus aspiraciones, frutos del acaloramiento y de los sentimientos desbordados, más que del pragmatismo que imponen las circunstancias.

Diálogo es la consigna, antes de que la anarquía o los desbordamientos ilimitados, como plantas trepadoras, invadan las columnas de la identidad nacional. Creo que no es irrealizable la exigencia. Los bomberos somos más que los modernos discípulos neronianos. Y los tibios y «progres» como yo – no me da pena confesarlo- misioneros del diálogo, que a estas alturas del almanaque no quisieran dejarle a sus hijos y a sus descendientes, como herencia, un país caótico y en disolución.

Esta columna que acabo de escribir a vuelapluma, es posible que no diga nada, que carezca de originalidad, que sea otra voz que pida diálogo, como raimundo y todo el mundo, que sea una especie de delirio; más les garantizo, eso sí, que fue escrita con dolor. Iba a expresar que con dolor de patria. Pero esta palabra, patria, se me volvió resbaladiza, gelatinosa, por el empleo abusivo y anodino que se le ha dado. Casi que no se deja concretar. Como la palabra VIDA, que siempre la había escrito con mayúsculas por su sentido sacramental. La vida es sagrada. Qué sagrada va a ser. Es otra palabra, vacía, hueca, sin contenido. Los del Partido de la VIDA, estamos en vía de extinción. Patria y vida son palabras que no volveré a emplear, hasta que recobren su prístino significado, su contenido, su existencialidad.. Son palabras muertas. Punto final.