24 de junio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Música y dolor

15 de mayo de 2021
Fotomontaje de Erik De Giles

Por Eleonora Sachs

Se fue a dormir un día más con los ojos cansados de tanto llorar porque aquella tierra suya era un desgarro intermitente y doloroso que le arrebataba la vida de a poquitos —le asombraba que siguiera existiendo aquel país en los mapas— y recordó entonces el hermoso poema de su querida y admirada Maya Angelou: Y aún así me levanto. Porque así es Colombia. Día a día, año tras año, continúa levantándose para inundar con sus voces, con su música, con sus penas las calles de todo el país, porque su historia bien podría llamarse también La historia interminable, una historia de Música y dolor.

Cerró los ojos y evocó su infancia en Cali, con los abuelos al completo, las tías, las tías abuelas, con todos los primos, los tíos, las tías, las primas hermanas y las segundas, y hasta los parientes en tercer y cuarto grado, porque entonces aquellas reuniones eran siempre posibles. Recordó los sonidos de los cubiertos y el olor dulzón del plátano maduro, el plátano macho—que no es el canario ni la conocida bananaque se doraba al horno con queso y bocadillo —especie de jalea de guayaba— y a continuación una voz: La mesa está servida. Todo aquel ritual comenzaba con un trasiego de bandejas. Cuando ya se acercaba el postre, un golpeteo menudo pero constante en la puerta metálica del garaje interrumpía aquel disfrute. Gamines —niñas y niños de la calle— se agolpaban en la puerta con sus tarros de galletas oxidados esperando las sobras. Siempre curiosa, acompañaba a la chica del servicio para ser testigo de una repartición equitativa y volvía a sentarse a la mesa mientras los adultos —tras un muy breve silencio— continuaban discutiendo las majestuosas medidas de las reinas  de la feria, el extraordinario cartel de toros y toreros de la jornada, la caseta más guapachosa —la más divertida— para hacer remate vespertino de la fiesta, a ritmo de salsa o de pasodoble, sin que faltase, por supuesto, el guaro—el aguardiente—en cantidades generosas.

El tiempo pasó y llegó el momento de la Universidad. Algo comenzaba a moverse ya en su mundo. Le cautivó el discurso enardecido de aquella líder, estudiante de Sociología de la Javeriana, Rocío Londoño. Los estudiantes comenzaron a salir a las calles y ella supo que tenía que hacerlo también. Por primera vez un tanque militar entró a la Universidad Nacional. Regresó tarde y excitada a su residencia universitaria, que al día siguiente anunció el cierre definitivo. También fueron clausuradas las Facultades de Sociología y Trabajo Social de su universidad de Jesuitas.

Elecciones no muy claras. El robo de la espada de Bolívar y el anuncio de una nueva guerrilla, esta vez urbana. El secuestro se convirtió en lo más temido. Luego llegó el narcotráfico, los atentados, el sicariato, Ejército y  guerrillas y también paramilitares —cóctel mortífero—. Campesinos desplazados con su economía del rebusque inundaron las avenidas de las grandes ciudades. Y una parte de Colombia volvió a llorar. Pero la música siguió sonando porque las fiestas debían continuar.

Llegó el amor, vibró de emoción y emigró. La toma del Palacio de Justicia por la guerrilla, por el Ejército, jueces notables, secretarias y funcionarios varios fueron consumidos por las llamas, varios desaparecidos. Magnicidios, asesinatos de líderes sindicales indígenas y campesinos, también de estudiantes, la tragedia de Armero…Silencio y luto por las víctimas. Impensable suspender los reinados, las ferias, las corridas, los festivales y mucho menos el aguardiente para celebrar las fiestas, para ahogar las penas o para sofocar el llanto.

Hoy la pandemia y el empobrecimiento progresivo y generalizado de toda la clase media más el anuncio de una reforma tributaria disfrazada de buenas intenciones colmó la paciencia del colombiano que esta vez gritó con una sola voz.

La emocionaron dos vídeos que se hicieron virales en estos días. Ambos con público enmascarillado. El de la Orquesta Filarmónica de Bogotá en el Park Way de la gran capital, interpretando Fanfarria para un hombre corriente de Aaron Copland clamando por la No violencia en todo el país. Y en otra región, la Banda Juvenil de la Sinfónica de Medellín, bajo la batuta de la estudiante de música de la Universidad de Antioquia, Susana Gómez, en la plaza principal de Medellín con la canción himno del grupo chileno Quilapayún, El Pueblo Unido jamás será vencido.

En 1833 comenzaron los primeros levantamientos campesinos reclamando la propiedad de sus tierras. Pero entonces como era un asunto de algunos pocos también se guardó silencio. ¿Despertamos todos tarde?— se cuestionó tras un nostálgico suspiró—. Encendió la radio y El lamento de Dido, de Henry Purcell, retumbó en su cuarto ese día muy temprano.