14 de mayo de 2021
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Miguel Urrutia Montoya, un historiador económico

2 de mayo de 2021

Por Jorge Emilio Sierra Montoya 

Muchos recordamos todavía a Miguel Urrutia como gerente del Banco de la República, cargo que ocupó durante más de diez años, entre 1993 y 2005, y que basta, por sí solo, para haberlo metido de lleno en la historia económica del país y, por ende, en esta serie sobre protagonistas de la economía colombiana, cuyo libro respectivo acaba de aparecer en Amazon, como nuevo volumen de mis Obras Escogidas.

Pero, en los círculos académicos, sobre todo entre los especialistas en la llamada “ciencia lúgubre”, su nombre es también de obligada referencia por sus investigaciones en un campo que cada día es menos común entre nosotros: la historia económica nacional, área en la que es reconocido como autoridad indiscutible.

Así consta en múltiples publicaciones no sólo suyas sino de otros autores, quienes suelen admirar su vasta formación intelectual, humanista, que suele diferenciarlo de la mayor parte de sus colegas, familiarizados en cambio, durante los últimos años, con la econometría y cosas por el estilo.

Veamos por qué lo decimos en esta entrevista realizada en 1995, cuando él estaba al frente del banco central.

La distribución del ingreso

“Soy un historiador económico”, confiesa Miguel Urrutia. Pero, explica que su énfasis al respecto es en temas sociales, particularmente sobre desarrollo, distribución de ingreso y hasta sindicalismo.

¿Y es que él acaso -preguntará usted, sorprendido- se interesa por cuestiones sindicales, cualesquiera sean? Así es. Su primer libro publicado fue Historia del sindicalismo en Colombia. La historia, pues, ha sido su mayor preocupación intelectual, según lo ratificaron varias obras que llegaron después.

Por ejemplo, La distribución del ingreso en Colombia, escrita con Albert Berry, la cual contiene un epígrafe de Borges, digno de recordar: “Si los justos quisieran crear un mundo, podrían hacerlo”.

Algo tiene, entonces, de poeta. O, mejor, de soñador, lejos de la imagen fría del economista moderno, formado en las recias disciplinas matemáticas y familiarizado con aquella jerga especializada que el común de los mortales solemos rechazar.

Quizás por ello, por su formación humanista que se enorgullece de tener, se metió con el complejo asunto de la distribución del ingreso, siguiendo la pista de su evolución (en series históricas, claro) para descubrir las causas estructurales de fenómenos como la pobreza, el subdesarrollo o la aún incipiente industrialización del país.

Ahora bien, ¿cuáles fueron los resultados de dicha investigación, que se remontó hasta los años treinta del siglo pasado y se extendió hasta comienzos de los ochenta, no sin actualizar los datos cada cierto período, desde su publicación en 1973?

Ante todo, que es preferible medir la concentración del ingreso que la concentración de la propiedad porque, entre otros motivos, el ingreso determina más el bienestar de las gentes. “Tenga usted muchas propiedades y no tenga dinero en efectivo, a ver qué pasa”, explica en forma sencilla, didáctica, de profesor universitario.

“De 1990 para acá -dice- la distribución no ha mejorado. Pero, tampoco es evidente que haya mejorado, o sea, que haya más concentración del ingreso”.

Un vicio colombiano

A su turno, el libro 50 años de desarrollo económico colombiano, de fines de los años setenta, confirmó a plenitud su vocación y ejercicio profesional en historia económica, donde no es que fuera una excepción.

“¡No!”, señala con su típico acento bogotano, digno de las mejores familias.

Y anota, a continuación, que los economistas colombianos se distinguen, frente al resto de sus colegas de América Latina, por su afición a la historia, con muestras a granel: Guillermo Perry (1945-2019), José Antonio Ocampo, Juan Camilo Restrepo, Salomón Kalmanovitz y Roberto Junguito (1943-2020), entre otros.

“Al parecer, es un vicio colombiano”, observa con algo de humor.

Y tampoco se trata -aclara- de un rasgo exclusivo de los economistas que han coqueteado con la izquierda o militan allí a la sombra del materialismo histórico. Al contrario, Urrutia -que es conservador de pura cepa, en términos tanto políticos como económicos- nunca se interesó por el marxismo, a pesar del sarampión que atacó en tal sentido, durante la década de los sesenta, a los miembros de su generación.

Pertenece, sí, a la tendencia que de tiempo atrás desembocó en el culto a la historia, a las raíces últimas de los distintos hechos sociales que ahora presenciamos.

Por ello, no duda en compartir la tesis de que la Economía, por ser una ciencia social, está en vías de trascender el plano matemático y acercarse a la política, la sociología y áreas afines, a pesar de cuanto digan los econometristas.

“Es que la historia pesa mucho y determina muchos comportamientos”, expresa con ese tono al que se acostumbraron sus alumnos de Historia Económica en las universidades Nacional y de los Andes, en Bogotá, o de la Organización de las Naciones Unidas -ONU-, en Tokio, donde fue vicerrector.

Al Ministerio de Minas

Pero antes de llegar a Japón para ocupar una posición que de veras enorgullece a sus compatriotas, mucha fue el agua que pasó bajo el puente.

En cuestiones académicas, para empezar. Y sorpréndase usted: todos sus títulos universitarios, desde el pregrado en Economía hasta el Master y Doctorado o Ph.D., los obtuvo en Estados Unidos, en las prestigiosas universidades de Harvard, en Boston, y de California, en Berkeley.

Pero, ¿cómo pasó esto? Muy simple: su padre, Francisco Urrutia Holguín (1910-1981), fue embajador de Colombia en Washington, como lo fue también en la ONU -“Allí tenía el segundo cargo más importante de la organización”, subraya- y en Bélgica, Argentina y Venezuela.

Al concluir sus estudios superiores, fue director del Centro de Estudios Económicos -Cede-, en los Andes, para reemplazar a su inmediato antecesor en el Banco de la República, Francisco Ortega Acosta (1938-1994), y de ahí pasó a la secretaría general del Ministerio de Hacienda en 1967, cuando esa cartera estaba ocupada por Abdón Espinosa Valderrama (1921-2018), a la temprana edad de 28 años.

Se volvió llerista, como era de esperarse. “Sin haber sido nunca cepalino”, asegura con un ligero tono de neoliberal.

Participó en la Misión Musgrave, de la que fue su coordinador, en compañía de Guillermo Perry, Enrique Low Murtra (1939-1991) y Antonio Urdinola, entre otros.

“Tal experiencia -recuerda- nos enseñó Economía Fiscal, haciendo escuela”.

Por último, entró a la Junta Monetaria como asesor; dio el salto a Planeación Nacional, como director, y cuando menos pensó ya estaba al frente del Ministerio de Minas en 1977, durante el mandato de Alfonso López Michelsen (1974-1978).

El viaje hacia Japón venía en camino.

Rumbo al Japón

Fue en el mandato de Belisario Betancur (1982-1986). Urrutia lo tomó como un chiste. No era para menos: el propio rector de la Universidad de la ONU, en Tokio, le ofreció el puesto de vicerrector de Estudios de Desarrollo. Su esposa -¡siempre tan convincente!- se encargó de que lo aceptara, aduciendo que a fin de cuentas él siempre se había interesado por Japón.

No era una falsa disculpa para conocer el Lejano Oriente. Al contrario, su tesis de grado en Harvard fue sobre la política agraria en Japón, al tiempo que en la Universidad de California, en Berkeley, estudió Historia Económica Japonesa, lo que no deja de parecerle “rarísimo”.

¿Por qué ese extraño interés en un país que sólo en los últimos años concentra la atención del mundo entero, en el cual ya es una de las mayores potencias económicas? Al parecer, influyeron su citada fiebre por la historia económica, su espíritu universal -digno del hijo de un diplomático- y su afán por descubrir las causas del desarrollo acelerado allí donde se ha conseguido.

Aprender a copiar, mejor dicho. Como hicieron los nipones -enseña- desde el siglo XIX, cuando enviaron misiones a Europa y Estados Unidos para aprender organización marina de los ingleses, régimen policial en Prusia, régimen de sociedades en Norteamérica…

¿Podemos, entonces, aprender de los japoneses? ¿Él, por ejemplo, qué les copió? Muy poco, declara. Y esboza cierta actitud de desengaño por lo casi imposible que es para nosotros integrarnos a su cultura, a la que nunca pudo adaptarse.

“Ni siquiera al final entendía más japonés que cuando llegué”, admite.

No obstante, avanzó en sus estudios sobre Japón, alcanzó a escribir y publicar un libro sobre planificación (en coautoría con una economista de ese país), y es muy probable que recibiera con entusiasmo su designación en el Banco Interamericano de Desarrollo -BID- como economista principal.

Volvía a Washington, la ciudad donde su padre, Francisco Urrutia Holguín, fuera embajador (1955-1957). Era el eterno retorno de que hablaba Nietzsche.

Una firma con peso

Y ahora estaba aquí, de nuevo en Bogotá, su ciudad natal. Lo llamaron para dirigir a Fedesarrollo (1989-1991) en reemplazo de Guillermo Perry, asumiendo en 1993, durante el gobierno de César Gaviria, la gerencia del Banco de la República, del cual ya había sido subgerente técnico.

De ahí que el dinero que usted tiene en su bolsillo (al menos el impreso hasta 2005, cuando él se retiró del cargo para dedicarse a la docencia universitaria), vaya con su firma, la de Miguel Urrutia, cuyo retrato forma parte de la selecta galería de quienes fueron jefes supremos de nuestro banco central.

Él ya forma parte, sin duda, de la historia económica de Colombia, a la que tanto ha investigado…