24 de junio de 2021
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Las imposturas de la historia

14 de mayo de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
14 de mayo de 2021

La espera de los armenios victimas del Imperio Otomano, del final de la Primera Guerra Mundial, ha sido secular y sigue sin terminar. Joe Biden se ha sumado a los países que le tributan a ese pueblo la compensación de señalar quienes fueron sus victimarios. Ese es el significado de la declaración reciente de EE.UU., de llamar por su nombre, el de GENOCIDIO, el atroz asesinato de un millón, millón y medio de nasenianos, expresión con la que se alude al prefijo patronímico IAN, sin carga peyorativa.

Es justo el reclamo histórico de la memoria de un pueblo, que no prescribe. De sus víctimas directas no quedan sino pocos hijos ancianos, nietos, bisnietos. Y la condena recae sobre el Estado, por la actuación del Gobierno en cabeza de los tres pashas, Tallat, Enver y Cemal, los jóvenes coroneles.

El Gobierno turco lleva igual tiempo encubriendo su responsabilidad, imponiendo su verdad oficial, y el silencio y la negación de un exterminio organizado y sistemático, expresión de limpieza racial, y de paso religiosa. Quien mencione genocidio, ofende el carácter del pueblo turco, reza el Código Penal.

La historia oficial de que se escuda en que, así como murieron armenios también musulmanes turcos, no se compadece con la sincronía, dimensión y organización del genocidio. La tragedia empezó con la decapitación de la intelectualidad de todo armenio importante. Fueron arrestados y muchos asesinados. Luego, la eliminación paulatina de los armenios enrolados en el ejército turco. Luego la confiscación de sus bienes.

Persuade de la crueldad infligida, del sufrimiento de las víctimas, el vigoroso testimonio del Libro de los Susurros, de Varujan Vosganian, que a modo de la mejor crónica recoge lo que, a medias voces, al oído, se contaban los refugiados armenios en el cementerio de Bucarest, único sitio en el que se podían reunir, fingiendo ceremonias religiosas, para burlar la estricta vigilancia rumana. La humanidad se avergonzará de este pasaje:

Todo armenio, toda la familia, debió abandonar sus casas antes del amanecer, simultáneamente en más de doscientas aldeas distribuidas por la meseta de Anatolia, y concentrarse en la plaza; los apilaron en convoyes y fueron entregados a la más ruin de las escoltas, presidiarios a quienes se les ofrecía perdón y libertad, a cambio de los condujeran en interminables jornadas al desierto del Siria. Para el camino, ningún alimento, ninguna asistencia. Eran caravanas pensadas para una agonía lenta y trashumante. Los cautivos quedaban a merced del pillaje y de las violaciones de los soldados, o de los de beduinos o kurdos atacantes; fueron expoliados los restos de sus pertenencias; vender a las mujeres y a los niños se ofrecía como forma de salvación; famélicos, desarrapados, tuvieron que enfrentar la nieve, el fango, altas temperaturas. De cuando en cuando, le arrojaban mendrugos; a los que les quedaba algo de aliento salían a cazar perros o cuervos, de lo que revoloteaban sobre los cadáveres; el tifus, la disentería, los diezmó y causaba espanto de contagio por las poblaciones a las que se acercaban; todo aquel que saliera de sus estrechas zonas era baleado sin compasión.

No podemos avanzar un proceso civilizatorio –  falta esta palabra en nuestro diccionario –sino rescatando  los mejores atributos de nuestra condición humana, el de confraternizar, participar y comprender el dolor ajeno; levantar a la víctima del campo de la batalla del conflicto, reconocerla en su sufrimiento, sin considerar que los padecimientos le han menguado su dignidad, oírla, no silenciarla, ofrecerle la oportunidad de saber la verdad, espacio para proclamarla, y que así la sociedad la recuerde. Es una verdad a medias si no descorre el velo de quienes fueron los victimarios.

El siglo pasado el poder de influencia de los judíos le dio impulso al proceso de reconocimiento de las víctimas. La negación del Holocausto fue instituida como delito en algunos países, y la Comisión de Justicia Europea insta a los que no la han tipificado como delito, lo hagan. Las víctimas de Stalin, – régimen que falsificó a gran escala la historia-, por hambrunas impuestas, por deportaciones masivas, por los gulags, por las desapariciones, y que fueron mayores que las de los judíos, siguen silenciadas. Los armenios perseveran.

Entre nosotros ha habido un gran avance institucional. La ley se ha encargado de abrir espacios institucionales para que las víctimas puedan saber la verdad. El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) fue creado hace diez años, para recoger documentos, testimonios, evidencias del conflicto, que les permitan a las víctimas saber la verdad. Es una institución pública creada, paradójicamente, con el fin de combatir la verdad oficial, aquella versión que reduce el conflicto social y armado, el que hemos padecido por varias décadas- a un combate del Estado contra la subversión.

El CNMH en meritoria etapa, hizo su labor.  Construyó memorias de las víctimas, las ha publicado, Basta ya, es una obra memorable; montó la exposición Voces para Transformar a Colombia, avanza con El Museo.  Nuestro conflicto es complejo, y las víctimas fueron los campesinos a quienes les arrebataban hijos y tierras, lo fueron las mujeres y los jóvenes reclutados, lo fueron los ciudadanos secuestrados, empresarios extorsionados, militares y policías humillados. A todas ellas el CNMH les ha abierto espacio y con su equipo, en alianza con Universidades, los ha escuchado. Y para que la sociedad cumpla con el deber de recordar ese sufrimiento, ha construido una memoria plasmada en publicaciones, exposiciones y museo.

Pero este Gobierno, sin pudor, ha querido parar el proceso; si tuviera las manos libres, daría marcha atrás. Contra la prohibición expresa de la ley, de que ninguna institución pública debe propender a una historia oficial sobre nuestra Violencia, ha querido que el mismo CNMH, traicionado su misión, la elabore. Es insultante, es una deshonestidad intelectual, estar a cargo de la institución que procura revelar las verdades sobre nuestro conflicto armado, siendo un negacionista, como lo es el actual director, cuyo nombre no importa, fue el tercer candidato del mismo perfil. En su lugar, el propósito oculto, es el de que prevalezca un relato de gloria y el heroísmo de nuestro ejército, de reprobación moral a la víctima, y un tapen – tapen la degradación del conflicto, las violaciones del derecho humanitario por cualquiera de los actores, la connivencia del Estado con el paramilitarismo, y la aterradora manifestación de desprecio por la vida humana, los Falsos Positivos.

Y, pagado el precio del desprestigio por el absurdo nombramiento, el Gobierno no se arredra. La nueva dirección del CNMHS ha pretendido revisar textos, y suprimir expresiones de las víctimas; detenido líneas de investigación, en particular la del fenómeno paramilitares. El CNMH ha perdido dignidad y con ella el derecho a mantener la afiliación a redes internacionales de Sitios de Memoria. De no ser eso cierto estarían de por demás, la medida cautelar que le ha impuesto la JEP, al director del Centro Histórico, de prohibirle toda sustracción, modificación o eliminación de la metodología o contenido de la exposición Voces para Transformar a Colombia.