14 de mayo de 2021
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Es la política, estúpidos

3 de mayo de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
3 de mayo de 2021

«Es la política, estúpido». Cito la frase entre comillas – la original es «es la economía, estúpido»- porque me parece más acorde con lo que está sucediendo en el momento de ahora. Veamos. Al pobre gobernante de turno, en Colombia y en cualquier lugar del mundo, le tocó bailar con la fea. El tal coronavirus no estaba presupuestado. En año y medio más o menos desde que apareció, nos puso patas arriba. Hizo la gran revolución en todos los aspectos de la vida. Volvió trizas las economías, desorientó la educación, sembró la desconfianza en la ciencia, aumentó la angustia y las citas con los siquiatras, nos volvió mejores como por dos meses, enloqueció a los matrimonios con más de dos hijos y un solo computador y cientos y cientos de consecuencias más, que, si las enunciamos, nos cogería el fin de la pandemia, por ahí en el 2025.

Es la política, estúpido, hacia donde se debe mirar. Pero la política entendida como la forma más expedita para evitar las confrontaciones o para que, si las hay, no se presenten grietas insanables en el futuro próximo. Y pruebas al canto. La improvisación política, la inmadurez, la falta de tacto, se hizo rampante en la situación por la que atravesamos, la más delicada y grave en lo corrido del siglo veintiuno y que tiene todas las características de que continuará, hasta que la política se imponga, es decir, el diálogo, las conversaciones, el tino, la tranquilidad, para buscar soluciones sin imponerlas ni con el poder del Estado ni con los argumentos de las barricadas, que a nada conducen.

Quienes con tozudez digna de mejores causas creen que con teas, guijarros, terror o muerte, se logran obtener los objetivos que deben buscarse a través del análisis social, de las causas de las reacciones de los ciudadanos, de diagnósticos de los expertos, de ceder ante las razonables exposiciones de los que están al otro lado, no hacen más que ofrecer terrenos abonados para que quienes ostentan las armas , con legitimidad o criminalmente, sean quienes inclinen y dirijan la marcha del conglomerado, en inmensa superioridad gente desprevenida, trabajadora, pasional y sugestionable si se quiere, que expresa a punta de gritos y consignas su lamentable situación, de hambre, desocupación y desigualdad.

Estos gritos, estas actitudes desenfrenadas, que ojalá conmuevan las entrañas de un establecimiento, cuyos constructores empiezan a temblar de miedo ante los desbordamientos de las masas, si no se cauterizan en el término de la distancia, van a ocasionar odios viscerales, heridas incurables, aumento de las brechas en el tejido social. O se buscan consensos o todos vamos a ser ciegos, «de los ojos y del celebro también», como cantaban unos indígenas del Ingrumá, enguarapados y perdidos, en una celebración melancólica y desesperanzada, como las de todas las de su estirpe, en la que participé apesadumbrado. O como en la aterradora pandemia que narra Saramago en su Ensayo sobre la Ceguera, que puede volver a aparecer en cualquier instante, al paso que vamos. Infierno físico. La ceguera mental, la del cerebro, es peor.

Pero no se vaya por las ramas, señor. Para el momento de ahora, el grito es el del consenso, fruto de la inteligente y visionaria lectura de lo que nos pasó y de lo que nos está pasando. Tumbando estatuas, presidentes y ministros, no vamos a ninguna parte. A las estatuas, hay que dejarlas en su inmovilidad marmórea, que no hace daño. Habría que encargarle su destrucción a las apolilladas pero admiradas academias y no a los calenturientos zagales, que apenas tienen tiempo de investigar, sí es que lo hacen, cuál es su papel existencial en este mundo agresor al que se enfrentan. Los otros, se caen solos. O se reemplazan a través de los mecanismos establecidos en el pacto social.

Porque casi siempre, los remedios y hasta los paliativos son peores que la enfermedad. Más aún cuando se oyen ruidos de botas y bayonetas, a los que le hacen eco excluyentes prójimos que creen que al árbol social hay que cercenarlo en sus raíces para que crezca sin plagas ni malezas, como bonsais manipulables. Como a las gentes de bien. Como ellos creen o se imaginan que son los bonsais y las gentes de bien. Ya se ha ensayado el proyecto. Los resultados: dos guerras mundiales, monstruosas, terribles, desoladoras. Signos de la ignominia universal.

Entonces vamos a la política. A las mesas de conversación. A los acuerdos. Al abandono, así sea pasajero, en tregua, de los odios y de las acciones intrépidas, como son los paros indefinidos, militarizaciones intimidatorias, incitaciones a los incendios y a las barricadas, uso abusivo de las armas por quienes se les ha entregado para proteger y no para agredir. Es la hora de la política, estúpidos. Lo demás, da espera. La economía, hay que ponerla al servicio del hombre, estúpidos En el camino se arreglan las cargas. En esas andamos desde que nos descubrieron. Hace 529 años.

Y, por último, no se crea que a las víctimas las hayamos ignorado. Las de estas jornadas. Y de las noches que llegan. Cinco, diez muertes, una. No son números fríos. Son seres humanos, tirados agonizantes en aceras y avenidas. En los nombres del Capitán de la Policía Jesús Alberto Solano asesinado en Soacha, y del joven Nicolás Guerrero, en Cali, concretamos nuestra voz de dolor. Más muertes inútiles. Más dolor agregado a nuestro destino fratricida.