24 de junio de 2021
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El valor de la Fe.

9 de mayo de 2021
Por Eduardo Aristizábal P.
Por Eduardo Aristizábal P.
9 de mayo de 2021

En el orden de las virtudes teologales aparece primero la fe y es lógico; sin fe es prácticamente imposible   pensar en esperanza y caridad.

Alejándonos de cualquier criterio filosófico y con animo eminentemente didáctico, me atrevo a comparar la fe, con el amor. El amor, no lo vemos, la fe tampoco. Al amor no lo podemos tocar, a la fe tampoco, pero ¿ quién no cree en el amor, quien no ha sentido el amor ? La fe tampoco la vemos, ni la podemos tocar, pero si la sentimos.

Pero antes de seguir, recordemos que fe, es la creencia y esperanza personal en la existencia de un ser superior. Para los católicos, es Dios.

En la Carta a los hebreos, dice que: “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”. (Heb 11,1).

Respetando el criterio de aquellos que piensan que la fe no es una categoría única, nosotros pensamos todo lo contrario o hay fe o no hay. Y la verdadera fe es una fuerza superlativa, que se siente, no simplemente que se anuncia, o que se predica. Que se ilustre, que se cultive, se oriente, habitualmente en los primeros años, es otra cosa, buscando que sea  absoluta.

Esta semana mi hijo Felipe me dio una excelente lección sobre el tema; me dijo que la verdadera fe era aquella que se sentía cuando se presentaba la adversidad y no renunciábamos a ella, por que la fe en la bonanza es una creencia casi de moda; se puede cultivar, pero como no se prueba, tenemos el derecho a la duda.

La fe es imprescindible para llegar a Dios, porque nadie ama aquello que cree que no existe.  “Quien quiera que se aproxime a Dios debe de comenzar por creer”. (Heb 11,6). El valor de la fe en esta vida, es irremplazable. Sin fe nadie puede amar a Dios, y sin amar a Dios es imposible superar la prueba de amor. La fe es la primera piedra, el fundamento, el primer paso que hemos de dar.

Si profundizamos, concluimos que además del mundo material que vemos y tocamos, existe un mundo invisible y espiritual, porque también además de cuerpo tenemos alma.

“ Solo con la razón no podemos alcanzar la fe, porque ella se encuentra más allá de la razón, donde la razón termina es donde empieza la fe. Ni la razón está en contra de la fe, ni esta está contra la razón, son los que no acaban de razonar debidamente, los que están en contra de la fe.  Donde la razón termina comienza la fe, por ello la razón abre las puertas de la fe, y a través de la razón, se puede y se debe de acceder a la fe.” Juan del Carmelo

Slawomir Biela, escribe: “Dios no quiere que el orgullo de propietario de la fe constituya nuestro apoyo, sino que aprendamos a apoyarnos en la fe misma, que es sin duda un don suyo, es una gracia concedida gratuitamente que nunca podrá llegar a ser propiedad nuestra. Aunque supuestamente lo sabemos bien, continuamente pisoteamos como puercos las perlas de la fe, considerándonos sus dueños y propietarios”.

Dios da el don de la fe a quien se lo solicita, a quien asiste a Él, respetuosamente para encontrarla.  No se la da al soberbio.

San Agustín dice que si una persona está interesada en buscar la fe, ese es el primer signo que ya tiene fe y la quiere fortalecer.

 “No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya”. “Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes”. San Agustín.

Para Tomás Mertón: “Es absolutamente imposible para nuestras mentes, tener en este mundo una percepción amplia y clara de las cosas de Dios, de cómo son realmente en sí mismas. La “experiencia” contemplativa de las cosas divinas se alcanza en la oscuridad de la “fe pura”, en la certeza de que eso no vacila, aunque no pueda aportar ninguna evidencia humana clara en su favor. Esto no puede comprenderse a menos que no recordemos una verdad absolutamente fundamental: Que la eficacia de la meditación, no se logra razonando sino por la fe. Se puede decir sin temor a errar: Que nuestra meditación es tan buena como nuestra fe”. “Solo la fe profunda puede aportar autentica luz espiritual en nuestra vida de oración”.

La oración está íntimamente ligada a la fe y podemos afirmar que somos lo que oramos y la oración es la que fortalece nuestra fe y nos ayuda a superar la peor tragedia. Me consta.

Concluímos, recordando de nuevo a Juan del Carmelo:” El grado de nuestra fe es el grado de nuestra oración; la fuerza de nuestra esperanza es la fuerza de nuestra oración; el calor de nuestra caridad es el calor de nuestra oración. Ni más ni menos. ”