24 de mayo de 2022
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El profesor Currie cierra serie de EJE 21

9 de mayo de 2021

Imagen tomada de Wikipedia

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Con una amplia semblanza de Lauchlin Currie (1902-1993), considerado uno de los economistas más importantes del mundo en el siglo pasado y cuya plena vigencia proclaman autores como Galbraith, cerramos la serie “Protagonistas de la Economía Colombiana” que ha venido publicando en forma exclusiva, durante varios meses, el diario digital EJE 21 en su edición dominical.

La serie completa, con su título original, forma parte ahora de mis Obras Escogidas en Amazon, donde se ofrece el libro respectivo en ediciones impresa y digital.

El profesor Currie, a propósito, adquirió la nacionalidad colombiana, pues vivió muchos años en nuestro país, donde falleció. Sobre eso y mucho más hablamos en el siguiente informe, a modo de despedida.

Un economista de talla mundial

¿Quién fue Lauchlin Currie? Para muchos, sobre todo para los círculos especializados de Economía a nivel internacional, fue uno de los más importantes economistas del siglo pasado en el mundo. Hay quienes lo comparan con Keynes, nada menos.

Para otros, en cambio, es un desconocido. Y aunque vivió más de cuarenta años en nuestro país, hay colombianos que ignoran de quién se trata cuando lo mencionan. Que puede ser su caso, como es obvio.

¿Quién fue? Para empezar, era oriundo de Canadá, de una fría y pobre provincia norteña: Nueva Escocia, de donde dio el salto a Londres para estudiar en la prestigiosa London School of Economics.

El cambio fue bastante brusco, al parecer. Se asustó en un comienzo, pero luego no tuvo mayores dificultades para su adaptación. Al poco tiempo de su llegada estaba familiarizado con el pensamiento económico de su época y, en particular, con los estudios de Lógica, ciencia que le enseñó a pensar.

Desde entonces tomó cierta aversión por las matemáticas. O simplemente consideraba que la Economía, a diferencia de la Física, no podía llegar a la formulación de leyes exactas, inmutables, como pretenden los econometristas. Y surgió a su vez el hombre pragmático que había en él, aunque siempre contaba con una buena teoría a disposición.

En ese entonces tuvo sus contactos iniciales con Keynes (1883-1946). Éste, futuro autor de La Teoría General, era profesor de Cambridge, escuela rival de la London, donde estudiaba Currie, quien con sus compañeros de clase se burlaban de él, naturalmente por esa rivalidad tan común entre universidades.

No obstante, lo admiraba. Dos textos de Keynes le habían impresionado: uno, sobre la Primera Guerra Mundial, que era un enjuiciamiento a los países aliados por su acuerdo con la Alemania vencida, de la cual auguraba su posterior rebelión que llevaría a la segunda confrontación planetaria, y otros, sobre Winston Churchill, a quien denunciaba como pésimo ministro de Hacienda.

Estudió mucho su obra, por lo visto. Y se preciaba, como buen lógico, de haber descubierto ahí las llamadas falacias de la economía, en especial la de composición, según la cual es un error creer que cuanto es válido para una persona, lo es para todas.

Lo cierto es que ambos se conocieron personalmente. Antes de la Segunda Guerra debieron encontrarse incluso en misiones oficiales, uno en representación de Estados Unidos, en nombre del presidente Roosevelt, y el otro por Inglaterra, relaciones que no fueron muy cordiales.

De todos modos, Keynes llegaría a ser, después de la publicación de su magna obra en 1936, el economista más grande del siglo XX, a quien se atribuye la teoría intervencionista, basada en el mayor gasto público, que permitió superar la crisis capitalista de 1929, la peor en toda la historia del sistema capitalista.

Sólo que dicha teoría, según Galbraith, fue esbozada por Currie desde antes, mucho antes, como la propia teoría de las expectativas racionales que le mereció el Premio Nobel de Economía a Robert Lucas en 1995.

Expulsado de Harvard

Tras su educación londinense, Currie cayó a la Universidad de Harvard. A la temprana edad de 27 años -¡27 años!-, era profesor de Teoría Monetaria, cuando recién estallaba la Gran Depresión con el desplome de la Bolsa de Nueva York.

Fue una crisis monstruosa, en verdad. Los bancos quebraban a diario, una inflación sin precedentes recorría a Europa, el desempleo se generalizaba y muchas personas, desesperadas, no tenían otra salida que el suicidio, cuya tasa crecía en proporción directa a la miseria.

¿Cómo explicar aquello? Los economistas, guiados todavía por el liberalismo clásico que en principio evitaba la intervención del Estado, proclamaban a los cuatro vientos que la situación sería fugaz, pasajera, superada obviamente por el desarrollo mismo del modelo liberal clásico, el cual tendía hacia el pleno empleo según las sabias enseñanzas de Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823).

Currie no tragó entero, como era su característica. Tampoco lo hizo con relación a algunas teorías sobre el desarrollo, como la que proclamaba, hacia esa misma fecha, en 1928, la absoluta validez de los rendimientos decrecientes y la importancia concedida al tamaño del mercado, no a su crecimiento.

En esto se anticipó, por enésima vez, a los acontecimientos, con esa visión futurista resaltada por Galbraith (1908-2006), retomando las ideas de otro profesor de Harvard, Allyn Young (1876-1929), cuya teoría, basada en rendimientos crecientes, fue la base de las modernas economías de escala.

En tales circunstancias, era de esperarse que se lanzara contra la corriente. Lo hizo. Al ver la dimensión de la crisis y comprobar que el modelo por sí solo no resolvía sus profundas contradicciones, incluyó la variable del gasto público, como Keynes lo haría varios años después.

Era una herejía. ¿Manipular el empleo y el crecimiento, variables no sometidas a la libertad del mercado? ¡Absurdo! Cuando menos pensó, la mayor parte de sus colegas se fue en contra suya, estando a punto de excomulgarlo.

No sería la primera ocasión, ni la última. Apenas le costó el puesto en Harvard, hacia 1934, al igual que a un grupo reducido de compañeros jóvenes, quienes terminarían concibiendo y liderando el histórico New Deal que permitió superar la citada crisis capitalista y asegurar la recuperación económica, alejando por completo el fantasma del comunismo pregonado por Marx (1818-1893) y Engels (1820-1895) en su Manifiesto partidista.

No faltaba sino que Keynes, en 1936, recogiera las ideas de Currie -¡sin darle crédito!- y con su Teoría General legitimara el gasto público en la actividad económica, para que el rebelde profesor de Harvard recuperara su prestigio entre quienes lo habían combatido.

Un prestigio que lo llevaría al banco central, la poderosa Reserva Federal de Estados Unidos, y a la Casa Blanca, para ser el primer asesor económico del presidente norteamericano.

Nacimiento del New Deal

En 1934, año de su expulsión de Harvard, publicó Oferta y control de dinero en Estados Unidos, obra cargada de investigaciones empíricas, corroborando el pragmatismo que le identificaba, si bien con sólidas teorías a cuestas. Algo le mezcló de estadística, para complacer a los matemáticos.

Los satisfizo, con seguridad. No obstante, Henry Simons (1899-1946), el gurú de la Universidad de Chicago, hizo el siguiente comentario: “No sé para qué usa las estadísticas”, agregando en tono doctoral: “Sus ideas son tan claras que si las estadísticas no las comprueban es porque las estadísticas fallan”.

Era un enorme reconocimiento académico, sin duda. Como lo fue el de otro profesor de Chicago, Jacob Viner (1892-1970), cuando afirmaba, en pugilato similar al ya mencionado de las universidades en Londres: “Currie es demasiado bueno para estar en Harvard”.

Tan bueno -cabe agregar- que el propio Viner, a quien el secretario del Tesoro le pidió nombres de jóvenes inteligentes para llevar a Washington, no lo pensó dos veces para recomendarlo.

Fue así como llegó al centro del poder gubernamental de la primera potencia capitalista del planeta. Y gracias a un banquero nombrado presidente de la Reserva Federal luego de haber tenido éxito en medio de la hecatombe, pasó a ser investigador, aprovechando sus conocimientos en Teoría Monetaria.

Con Viner y los demás expertos de la institución, redactó la primera ley bancaria que sentó las bases del banco central como entidad independiente y autónoma, las mismas que fueron acogidas en Colombia por la Asamblea Constituyente de 1991, cuando se promulgó la nueva Carta magna que rige a nuestro país.

Estando en esas, en 1937 se reunió con el presidente Roosevelt. Le expuso sus ideas, que coincidían con las de Keynes (al fin y al cabo eran suyas), y, para su sorpresa, lo convenció sobre la necesidad de aplicarlas. Así lo cuenta Galbraith en algún texto.

Fue entonces cuando asumió como asesor económico de la Casa Blanca, cargo sin antecedentes históricos. Y acompañó a Roosevelt, el legendario Franklin Delano Roosevelt (1882-1945), hasta su muerte, a lo largo de sus continuos mandatos.

Y acaso por el carácter independiente pero también leal de Currie, Roosevelt le confió difíciles misiones diplomáticas y políticas, en plena guerra mundial, desde los aliados europeos hasta los comunistas chinos.

Lejos, muy lejos, estaba de imaginar que aquello le traería tantos problemas con su gobierno, al que dignamente representaba. Hasta lo llegaron a acusar de traición a la patria.

¿Espía de los soviéticos?

Todo sucedió tras el fin de la guerra. Desde el Congreso norteamericano, bajo la orientación del tristemente recordado John Edgar Hoover (1895-1972), director del FBI, y el padre del macartismo, senador Joseph McCarthy (1908-1957), más el apoyo de informantes como Ronald Reagan (1911-2004) y Richard Nixon (1913-1994), se desató la más terrible persecución contra reales o posibles espías del comunismo soviético.

Roosevelt también fue acusado, naturalmente sin poderse defender desde la tumba, y sus inmediatos colaboradores fueron llamados a declarar por idénticos motivos. ¡A Currie lo responsabilizaron de “haber perdido” a China, como si la revolución maoísta hubiera sido obra suya!

Lo sometieron a intensos interrogatorios, igual que a muchos otros. Los soportó con paciencia, con resignación, con espíritu patriótico y la conciencia limpia.

En cambio, algunos de sus compañeros de infortunio fueron incapaces de resistirlo. Llegaron incluso al suicidio o simplemente a la muerte involuntaria, provocada por la presión de sus voraces e insaciables acusadores.

No le reconocían, de ninguna manera, sus contribuciones a la ciencia económica, su revolución keynesiana sin Keynes, sus gestiones políticas, ni mucho menos su reciente contribución a la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, fruto de los acuerdos de Bretton Woods, organizados por Harry Dexter White (1892-1948) con su colaboración.

No les interesaba -¡cómo les iba a interesar!- su afán por crear condiciones económicas favorables a la recuperación de Europa y por ayudar a los países pobres del Tercer Mundo en aras de impedir que la miseria fuera terreno abonado para los conflictos bélicos.

Querían, sí, hundir al indefenso profesor, perseguirlo, castigarlo por supuestos delitos cometidos contra la democracia americana y hacerle la vida imposible en su patria, a la que había dedicado sus desvelos.

No tenía otra salida que emigrar. Y lo hizo. En 1949, durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez (1946-1950), partió hacia Colombia.

A pesar de esto, sus enemigos no cejaron en su empeño. Dos o tres veces más tuvo que presentarse ante la Comisión Investigadora del Congreso y, pocos años antes de su muerte, archivos descubiertos en la Unión Soviética lo implicaban en asuntos de espionaje.

Currie en Colombia

A mediados del siglo pasado, en Colombia corrían tiempos difíciles, agitados sangrientos.

Recién había pasado, en 1948, El Bogotazo, cuando fue asesinado el caudillo Jorge Eliécer Gaitán (1898-1948) en Bogotá. La violencia partidista se extendía a lo largo y ancho del territorio nacional, y mientras los liberales enardecían a las multitudes contra el inminente ascenso de Laureano Gómez al poder en 1950, los conservadores advertían sobre el posible fraude electoral dizque por un millón de cédulas falsas en manos de sus rivales.

Sobre el atraso del país, ni se diga. No había una sola carretera pavimentada (si mucho, alguna de la zona bananera al norte, construida por los gringos); en los ferrocarriles, habitual medio de transporte, ni las carrileras estaban bien encarriladas, y en los aeropuertos se imponía el monopolio de Avianca, situación absurda que, según Currie, debía modificarse con prontitud.

Al mismísimo profesor le tocó presenciar ese atraso hacia el sur, en Nariño, donde sus gentes aún vivían (o sobrevivían) en tiempos de la Colonia, puesto que los pobres campesinos hacían las veces de mulas de carga.

Quizás por esto, por todo esto, Currie fue hechizado desde un comienzo, desde su llegada a Colombia en el mandato de Ospina Pérez, artífice del acuerdo con el Banco Mundial para poner en marcha el programa que llevaría su nombre: la Misión Currie. Y aquí se puso a trabajar “a toda máquina”.

Trajo a expertos en salud, agua potable, educación, con un enfoque social del desarrollo que no coincidía con las políticas vigentes de la institución por él representada; para los temas cambiarios consiguió asesores del Fondo Monetario, y cuando menos pensó había terminado su tarea a pesar de las dificultades, de los obstáculos, de la oposición de muchos sectores.

¿Su principal hallazgo? Que Colombia no era un país sino cuatro, en grandes regiones: Costa Atlántica, Antioquia y Caldas, Santanderes y resto del territorio, separados por barreras geográficas y culturales.

Había que unir esas regiones, conformando un mercado interno, doméstico; en tal sentido, desarrollar la infraestructura vial, de transporte, con cuantiosas inversiones; crear industrias que atendieran un mercado más amplio, por encima de sus fronteras locales o nacionales, y, por tanto, fortalecer las exportaciones a través de una mayor devaluación, tarea indispensable también para equilibrar la balanza de pagos.

Terminados sus estudios, al comenzar el mandato de Laureano Gómez en 1950, se creó un comité del que Currie era asesor permanente, para evaluarlos y ejecutarlos, sentándose así las bases de la planificación en Colombia.

Pero, ¿hubo realmente opositores? ¡Claro! Dicho comité se enfrentó en forma abierta y decidida a la construcción de Acerías Paz del Río, empresa considerada por sus defensores como un propósito nacional que permitiría, además, la redención de pueblo boyacense.

Currie cuestionaba el costo excesivo de la obra, como de doscientos millones de dólares, suma que en su opinión debía destinarse a otras cosas; negaba que la empresa pudiera ser rentable o viable, frente a la competencia con los venezolanos, y de alguna manera anticipó sus posteriores problemas financieros.

Así, entre recios debates que igualmente lo macartizaban entre nosotros, Currie asistió al ascenso, en 1953, del general Gustavo Rojas Pinilla, uno de esos militares que no gozaba de sus preferencias en virtud del recio espíritu demócrata que tanto destacaban sus fieles seguidores.

Fue cuando decidió irse a cultivar flores y atender su finca ganadera en Albán (Cundinamarca), período en el cual contrajo matrimonio con una colombiana: Elvira Wiesner (tía de Eduardo Wiesner, otro prestigioso economista, ministro de Hacienda entre 1981 y 1982).

La Operación Colombia

Transcurridos el golpe de Estado que tumbó a Rojas Pinilla en 1957 y el corto período de la Junta Militar que le abrió paso, en 1858, al Frente Nacional, ascendió al poder Alberto Lleras Camargo (1958-1962), quien no dudó, junto con Virgilio Barco (1921-1997), en rescatar a Currie, dedicado a las faenas agrícolas.

Le encomendaron varios trabajos, como la prolongación de su Misión y el hallazgo al que aludimos arriba: un país de regiones, cada una de las cuales era preciso desarrollar e integrar a las demás para conformar un auténtico Estado nacional.

Realizó estudios sobre el ferrocarril del Magdalena y el río del mismo nombre, sobre el enorme potencial de la región bañada por nuestra principal arteria fluvial, preocupado por el incipiente deterioro ambiental que pretendió combatir con la fundación de la Corporación del Valle del Magdalena, cuyo primer gerente fue Henry Eder.

Estuvo, además, por Manizales, por el Viejo Caldas…, y allí, entre cafetales, concibió la que sería una de las ideas-fuerza de su teoría económica. En efecto, como la producción del grano podía hacerse con menos trabajadores, el personal sobrante se iría a las ciudades, las mismas que era urgente, perentorio, desarrollar, si queríamos darles empleo, la debida atención hospitalaria y adecuados servicios públicos, fuera de evitar la miseria con sus terribles consecuencias (la inseguridad, entre otras).

En definitiva, previó el posterior proceso de urbanización, cuyo auge superó todos los cálculos.

De ahí que al ofrecer el presidente Lleras Camargo ser su representante en el Consejo de Planeación, insistió en su vieja tesis del Plan de Desarrollo, orientado en gran medida a luchar contra la pobreza. Fue el nacimiento de la Operación Colombia, que registran los libros de historia económica.

¿En qué consistía? Muy simple: de nuevo, en claro enfrentamiento con el Banco Mundial, negó que la pobreza fuera consecuencia lógica e inevitable del subdesarrollo, para cuya superación tampoco era indispensable el capital proveniente de capitales externos (con los cuales, por cierto, se embarcó América Latina hasta la estruendosa crisis de la deuda en los posteriores años ochenta).

Aseguraba, en cambio, que si somos pobres es por falta de ahorro, siendo necesario hacerlo atractivo con una rentabilidad superior a la inflación (es decir, la Unidad de poder adquisitivo constante -Upac-, apenas esbozada en aquel entonces).

Y como su mirada estaba puesta en el desarrollo urbanístico, planteó el estímulo a sectores como la construcción, por su carácter especial de ser masivo generador de empleo y atender así a la demanda de vivienda por parte de la creciente población urbana, cuyos desempleados provenían en alto grado del campo.

No le escucharon. Las voces cepalinas, dirigidas por Édgar Gutiérrez Castro (1933-2018), terminaron imponiéndose, dando origen a otro plan de desarrollo.

Pasó entonces a dirigir el Centro de Investigaciones de la Universidad Nacional en Bogotá, donde fue profesor de economistas como César González Muñoz (1949-2016), Antonio Hernández Gamarra y Homero Cuevas (1947-2012), y, cansado de librar batallas perdidas y ser derrotado por los cepalinos, aceptó invitaciones para dictar conferencias en Canadá, Europa y Estados Unidos, en una de cuyas prestigiosas universidades -la de Michigan, para ser exactos- estaban reeditando sus libros.

Fue allí precisamente donde un profesor, al saber que su decano estaba reunido en su oficina con Currie, comentó, sorprendido: “¡Imposible! Currie está refugiado en un país suramericano, por comunista…”.

Padre del sistema Upac

Por enésima vez, Currie fue atraído con el señuelo de hacer un plan de desarrollo. Lo bautizó Las cuatro estrategias, en el cual perfeccionó sus ideas sobre el Upac, el estímulo al ahorro y la construcción, la masiva generación de empleo y hasta su ambicioso proyecto de ciudades dentro de las ciudades, como El Salitre en Bogotá.

El país entero se dividió. Algunos rechazaban la upaquización de la economía, presentada al parecer en otras naciones latinoamericanas; hubo quienes recomendaron el sistema Upac para atender sectores diferentes a la construcción, y a ésta muchos la consideraban un oficio “sin clase”, a diferencia, por ejemplo, de empresas como Paz del Río o el Canal Interoceánico.

Tanta fue la disputa que llegó hasta el consejo de ministros en el mandato de Misael Pastrana Borrero (1970-1974), quien, recordando a Charles de Gaulle (1890-1970), decidió dar pleno apoyo a tales propuestas, contra viento y marea.

“Como son doce votos y el mío -dijo a los miembros de su gabinete-, y el mío es a favor del Plan, ¡queda aprobado!”.

Formó un comité de notables, integrado por Samuel Hoyos Arango (1940-2020) y Aníbal López Trujillo (1935-2008), entre otros; el plan salió por decreto, sin correrse el grave riesgo de presentarlo al Congreso, y comenzó a ejecutarse, inicialmente con el programa de ciudades en las ciudades.

Había que tener -según Currie- ciudades autosuficientes, como Ciudad Salitre; con zona industrial, para dar empleo; con áreas residenciales cercanas a los sitios de trabajo para evitar mayores costos de transporte (incluso los del tiempo de movilización) a los empleados; con centros educativos, como la Ciudad Universitaria, y con una amplia área para la administración como el CAN.

El experimento se llevó a Medellín, por Rionegro; a Cali, por la Base Aérea; a Barranquilla, por los lados de la Zona Franca, y a Bucaramanga, en la Ciudadela Real de Minas, donde estaba el antiguo aeropuerto.

Como se ve, cubría las cuatro regiones que identificó en sus investigaciones hechas poco después de su llegada a Colombia.

Homenaje póstumo

En los últimos años de su vida, volvió a su finca de Albán, donde se dedicó a sembrar lirios; escribió mucho, muchísimo; enseñó en la Universidad de los Andes, para no dejar su condición de maestro con admirados discípulos, y una semana antes de fallecer en 1993, a los 91 años de edad, aún manejaba su automóvil en las congestionadas calles de Bogotá, pensando quizás que su presagio del desarrollo urbanístico, igual que tantos otros, se había cumplido.

Sus teorías sobre desarrollo económico ahora están de moda en los más encumbrados círculos académicos de Europa y Norteamérica, donde es reconocido como antecesor de Keynes.

La Universidad Jorge Tadeo Lozano publicó una revista en su honor. Es el mínimo homenaje que se merece en un país al que dedicó su vida, su obra y su genio.

(*) Autor del libro “Protagonistas de la Economía Colombiana” (Amazon, 2021)